El precio de la memoria en el ciclo de inversión de la IA: ni la crisis económica ni la innovación bastarán para abaratarla

La DRAM de consumo se ha convertido en un subproducto de la inversión en centros de datos. Su abaratamiento dependerá de la maduración de nueva capacidad de fabricación y de la sostenibilidad financiera y física de esa inversión.

Elíes Furió Blasco, Université de  Lyon 

Entre el primer trimestre de 2023 y el primer trimestre de 2026, los ingresos trimestrales de la industria mundial de memoria DRAM pasaron de 9.663 millones de dólares a 97.000 millones, según las series de TrendForce. La comparación parte del mínimo cíclico de 2023, pero ningún episodio anterior de la historia del sector registra una multiplicación por diez en tres años. El consumidor lo percibe en productos concretos: la versión de 128 GB del Framework Desktop, un ordenador compacto pensado para ejecutar modelos de lenguaje en local, costaba 1.999 dólares en febrero de 2025 y 3.449 dólares en julio de 2026.

Ante la pregunta de cuándo bajarán esos precios, circulan dos respuestas. Una espera que una crisis económica general contraiga la demanda; la otra confía en que la innovación tecnológica vuelva a abaratar la producción, como ha hecho durante cinco décadas. Ambas descansan en supuestos que el ciclo actual de precios de la memoria ha dejado de cumplir. La primera supone que el consumidor final es el comprador que determina el precio. La segunda, que el escalado de los procesos de fabricación conserva su ritmo histórico.

Un choque de reasignación, no de escasez física

En el primer trimestre de 2026, los precios de contrato de la DRAM convencional aumentaron entre un 93% y un 98% respecto al trimestre anterior. La propia TrendForce había previsto en enero subidas del 55–60%: el error de previsión rondó los cuarenta puntos. Desde entonces, las subidas se han moderado sin invertirse: la consultora anticipaba un 13–18% para el tercer trimestre y, según fuentes secundarias, elevó al 3–8% su previsión para la DRAM de ordenadores personales en el cuarto trimestre. Su actualización de agosto describe un bloqueo entre compradores y vendedores y anticipa que la oferta destinada a ordenadores personales se reducirá, desplazada por la demanda de servidores.

El origen del choque no es una caída de la producción, sino un cambio en su destino de la misma. Los fabricantes han dedicado la capacidad nueva y los nodos avanzados a memoria de alto ancho de banda (HBM) y a módulos para servidores, sin construir capacidad adicional para memoria convencional. En palabras de Silicon Analysts, se ha producido una migración interna de la composición de productos. Los grandes proveedores de servicios en la nube (hiperescaladores) estadounidenses se aseguraron capacidad por adelantado, y el resto de compradores tienen que aceptar precios más altos.

La estructura del mercado facilita esa estrategia. Según datos de Counterpoint Research recogidos por la prensa financiera, en el segundo trimestre de 2026 Samsung controlaba el 39% del mercado, SK Hynix el 26% y Micron el 25%; las cuotas por ingresos que TrendForce estima para el primer trimestre son coherentes con esas cifras. Los márgenes lo reflejan: SK Hynix opera en memoria convencional con un margen operativo estimado próximo al 80%, el más alto de su historia, y Micron ha previsto un margen bruto cercano al 86% para el último trimestre de su ejercicio fiscal. Para el consumidor, TrendForce estimaba, en noviembre de 2025, que la memoria pasaría a representar más del 20% del coste de fabricación de un portátil y que su precio podría subir entre un 5% y un 15%.

Quién fija el precio de la memoria de consumo

Kalecki (1954) explicaba el precio de las industrias oligopolísticas como un margen sobre los costes directos, cuyo tamaño depende del «grado de monopolio». La memoria añade una particularidad: su grado de monopolio no es estable. En las fases bajistas del ciclo sectorial, tres fabricantes que controlan el 90% del mercado compiten como si fueran cientos y venden a precios cercanos al coste; en cambio, cuando la oferta está restringida en relación con las demandas, la misma estructura sostiene márgenes extraordinarios. Con el coste por bit prácticamente estancado, la duplicación del precio, en 2026 se ha traducido casi íntegramente en margen.

El mecanismo que conecta los centros de datos con el portátil de un particular es el coste de oportunidad de la oblea (wafer) de silicio. Cada oblea puede convertirse en memoria convencional o en HBM, y el fabricante la destina al producto que más ingresos netos le deja. Mientras la HBM sea más rentable, el precio de la memoria convencional tiene que subir hasta igualar esa rentabilidad alternativa. El consumidor ha dejado de ser el comprador marginal en la determinación de precios: el precio que paga lo fija la demanda de los centros de datos.

El precio de la memoria de consumo lo fija la rentabilidad alternativa de la oblea en los centros de datos, no la demanda de consumo.

El mecanismo tiene un límite interno, porque a medida que sube el precio de la memoria convencional se reduce la ventaja de la HBM. Los datos de 2026 lo muestran. Según TrendForce, el precio medio de SK Hynix, el fabricante más volcado en HBM, creció menos que el de sus rivales porque los precios de contrato de la HBM bajaron en 2026, mientras Samsung, con más peso de la memoria convencional, registró la mayor subida. Las estimaciones divulgativas que atribuyen a la HBM márgenes entre tres y cinco veces superiores reflejan probablemente la situación de 2024–2025, no la actual.

Una explicación del mecanismo

Cuando se dice que el mecanismo tiene un límite interno, se está queriendo significar que el mecanismo se frena a medida que actúa. El razonamiento tiene cuatro pasos.

  1. El punto de partida. Cada oblea puede destinarse a HBM o a memoria convencional, y el fabricante elige el uso que más ingresos netos le deja. En 2024–2025 la HBM era mucho más rentable por oblea, así que los fabricantes le fueron destinando cada vez más.
  2. El efecto. Al desviar obleas hacia la HBM, disminuye la oferta de memoria convencional y su precio sube. Este es el mecanismo que explica el encarecimiento de la memoria de consumo.
  3. El límite. Esa misma subida hace que cada oblea dedicada a memoria convencional rinda más, y la diferencia de rentabilidad entre ambos usos se estrecha. Cuando se iguala, el fabricante deja de tener motivo para seguir desviando obleas. El mecanismo no empuja el precio al alza sin fin: lo lleva hasta el nivel en que ambos usos rinden lo mismo.
  4. Un ejemplo con cifras puramente ilustrativas, no reales: una oblea convertida en HBM genera 30.000 dólares, y convertida en DDR5, 10.000. El fabricante desvía obleas a HBM. Si la DDR5 escasea y su precio se triplica, esa oblea pasa a generar también 30.000, y el incentivo desaparece. Si además el precio de la HBM baja, la igualdad se alcanza antes.
  5. La evidencia. Es lo que sugieren los datos de 2026. Los precios de contrato de la HBM bajaron mientras los de la memoria convencional se duplicaban. Samsung, con más peso de la memoria convencional, registró la mayor subida de precio medio de los tres grandes fabricantes. SK Hynix, el más volcado en HBM, creció menos.

No obstante, el límite no actúa de inmediato, en el corto plazo. La HBM se vende con contratos plurianuales, y parte de su capacidad de apilado y encapsulado no puede reconvertirse fácilmente, así que la reasignación en sentido inverso llega con retraso. Asimismo, el límite solo afecta a este mecanismo concreto. Si la escasez total de obleas persiste, los precios de ambos tipos de memoria pueden seguir subiendo a la vez.

Por qué una recesión general no bastaría

La última gran caída del precio de la memoria sí tuvo un origen macroeconómico. Los precios empezaron a bajar a finales de 2021 y se hundieron en 2022, cuando coincidieron la subida de tipos, la guerra de Ucrania y los confinamientos en China. Los precios de la DRAM y la NAND se redujeron a la mitad, SK Hynix recortó a la mitad su inversión y Micron redujo su plantilla en torno a un 10%. Los fabricantes bajaron sus tasas de utilización al 74–82%, y Samsung y SK Hynix perdieron más de 16.000 millones de dólares en su negocio de chips en 2023.

Aquel episodio operó, sin embargo, a través de un comprador distinto: fue la resaca de la sobreinversión en electrónica de consumo durante la pandemia, en un mercado dominado por teléfonos y ordenadores. En 2026 la demanda de consumo lleva meses debilitada (en abril, TrendForce constataba que el encarecimiento frenaba la renovación de ordenadores) y los precios han seguido subiendo. Una recesión general reduciría todavía más esa demanda, pero los fabricantes podrían reasignar la capacidad liberada a servidores. TrendForce ya anticipaba en 2025 que la respuesta del mercado de consumo sería una caída de volúmenes, no una corrección de precios.

La crisis que sí importaría

En este contexto, puede pensarse que el canal relevante es la inversión de los hiperescaladores. Según FactSet, Alphabet, Amazon, Meta, Microsoft y Oracle invertirán en conjunto más de 690.000 millones de dólares en sus ejercicios fiscales de 2026. La relación con la memoria es circular: Microsoft atribuye unos 25.000 millones de su inversión de 2026 a la inflación de los componentes, de modo que el encarecimiento de la memoria infla una parte de la inversión que lo sostiene.

La financiación de esa inversión muestra rasgos que Minsky (1986) reconocería. La deuda incremental ha pasado de cubrir el 9% de la inversión en 2024 al 32% a mediados de 2026; Alphabet completó en junio una ampliación de capital de 84.750 millones de dólares y Oracle prevé captar 40.000 millones. Estas empresas conservan flujos de caja enormes, por lo que el recurso a financiación externa no implica fragilidad financiera inmediata; aunque sí que hace depender la continuidad de la inversión de los mercados de capitales.

El mecanismo bajista más verosímil es contable. Según Silicon Analysts, las amortizaciones de los hiperescaladores crecen entre un 30% y un 40% anual y comprimirán mecánicamente sus márgenes; y ante una reducción de márgenes, los directores financieros suelen responder moderando la inversión, como hizo Amazon en 2022–2023. A ello se suma una restricción física: diversos análisis sitúan ya en la disponibilidad de energía, y no en los chips, el principal cuello de botella de los centros de datos.

Los indicadores de septiembre de 2026 no muestran todavía esa corrección. Las previsiones de inversión se han revisado repetidamente al alza, y para alcanzar el billón de dólares en 2027 bastaría con un crecimiento del 36,5%, menos de la mitad que en 2026. Micron sostiene que la escasez durará más allá de 2027, aunque los fabricantes tienen interés en transmitir expectativas de escasez persistente, que refuerzan su posición en la negociación de contratos a largo plazo.

La contribución de la innovación en el pasado y en el futuro

Durante medio siglo, la innovación abarató la memoria de forma casi automática. La ley de Wright (1936) establece que el coste unitario cae un porcentaje fijo cada vez que se duplica la producción acumulada. Para la DRAM, Irwin y Klenow (1994) estimaron con datos de siete generaciones de chips entre 1974 y 1992 una tasa de aprendizaje media del 20%. La densidad de la DRAM se duplicaba aproximadamente cada 18 meses.

Ese régimen se ha agotado. En la última década, la densidad total de la DRAM solo se ha duplicado, frente a aumentos del orden de cien veces por década en su época dorada; los condensadores de cada celda son ya estructuras tridimensionales con relaciones de aspecto próximas a 100:1. Una prepublicación técnica reciente sostiene que el coste por bit lleva más de una década estancado y que ese estancamiento, a diferencia de la subida de precios, responde a límites físicos y no al mercado.

La innovación no ha desaparecido, pero ha cambiado de función. Un nuevo nodo de fabricación puede producir alrededor de un 70% más de bits por oblea, aunque la transición reduce temporalmente la producción. Su efecto ya no es un abaratamiento continuo, sino un salto de oferta concentrado en el momento en que el nodo madura, que se suma a la dinámica de telaraña del sector.

El modelo de la telaraña (Kaldor, 1934; Ezekiel, 1938) describe mercados en los que la producción se decide con los precios de hoy, pero llega al mercado años después. Si el retraso es largo y la oferta responde con fuerza, el mercado oscila entre escasez y exceso. En la memoria, una fábrica nueva tarda entre dos y tres años en producir, la capacidad se añade en grandes bloques y, según SemiAnalysis, las transiciones de nodo continúan, aunque la demanda caiga, de modo que la oferta de bits sigue creciendo en plena fase bajista. En 2019, IC Insights estimaba que las ventas de DRAM caerían de 99.400 a unos 62.000 millones de dólares. La caída de 2022–2023 fue aún más profunda.

La capacidad que viene, y cuándo llega

La producción de obleas de DRAM crece hoy a un ritmo del 6–8% anual. Las nuevas fábricas de Samsung y SK Hynix no producirán a escala antes del segundo semestre de 2027; la primera fábrica nueva de Micron, en Idaho, empezará a producir DRAM a mediados de ese año, y su planta de Hiroshima apunta a 2028. En Corea, la primera fábrica de SK Hynix en Yongin recibirá equipos desde el segundo trimestre de 2027, y la nueva planta de Samsung en Pyeongtaek prevé producción masiva a finales de 2028. ASML entregará 56 escáneres EUV en 2027, de ellos 7 a Samsung y hasta 20 a SK Hynix para memoria.

Las fuentes no coinciden al describir la estrategia de los fabricantes. En marzo, TechPowerUp informaba de que no veían justificación para ampliar más allá de lo previsto. En agosto, la prensa financiera recogía planes muy ambiciosos: un aumento de producción del 50% en Samsung, unos 600 billones de wones de SK Hynix en Yongin con un calendario adelantado doce años, y 27.000 millones de dólares de inversión de Micron. La misma fuente afirma que la producción de 2027 está vendida en su totalidad y, a la vez, que los planes de expansión son excesivamente agresivos. La contradicción se disuelve si se separa la oferta de 2027, ya comprometida, de la capacidad que llegará desde 2028. El riesgo reside en esa capacidad, decidida en plena escasez, que madurará en un entorno de demanda desconocido, como advierte Morningstar.

Quedan dos fuerzas más. La primera es la entrada de nuevos competidores, la destrucción creativa de Schumpeter (1942). El fabricante chino CXMT ya suministra a algunos fabricantes de portátiles y está siendo probado por Apple, pero los controles de exportación estadounidenses y una baja localización de equipos pueden limitar su expansión. La segunda es la eficiencia en el uso de la memoria: cuantización, arquitecturas de mezcla de expertos, compresión. Aquí opera la paradoja que Jevons (1865) observó con el carbón y que la literatura posterior ha documentado ampliamente (Alcott, 2005): si la inferencia se abarata, se usa más, y la demanda total de memoria puede crecer en lugar de reducirse. Las técnicas de software frenan el crecimiento del uso de DRAM, pero no su coste por bit.

Cuándo y cómo una inflexión

Las previsiones convergen en situar el punto de inflexión entre finales de 2027 y 2028: IDC espera estabilización a mediados de 2027, Counterpoint sitúa el primer giro posible en el cuarto trimestre y el consejero delegado de Intel no prevé alivio antes de 2028; los propios fabricantes sitúan el fin de la escasez a finales de 2028. El historial de estas previsiones aconseja prudencia. En enero de 2026, un análisis que agregaba varias consultoras daba un 60% de probabilidad a que los precios empezaran a bajar en el tercer trimestre de 2026; seis meses después, ese trimestre pasaría a subidas de dos dígitos. En este mercado las previsiones fallan en ambas direcciones, porque la demanda depende de decisiones de inversión que se revisan cada trimestre.

Haciendo uso de la máxima cautela, pueden establecerse tres escenarios:

Escenarios para el precio de la DRAM de consumo

Escenario

Desencadenante

Precio de la DRAM de consumo

Horizonte

Central: meseta y normalización gradual

La nueva capacidad entra en producción mientras la inversión en IA crece a menor ritmo

Estabilización en niveles elevados en 2027 y descenso progresivo

2027–2028

Corrección de telaraña

Desaceleración de la inversión en IA (amortizaciones, financiación o energía) coincidente con la entrada de nuevas fábricas

Caída brusca, de magnitud comparable a la de 2022–2023

Finales de 2027 y 2028

Escasez prolongada

Aceleración sostenida de la inversión en IA y disciplina de capacidad

Precios elevados más allá de 2028

Desde 2029

El escenario central es el más probable con la información actual. El de corrección es menos probable, pero sería el de mayor efecto sobre los precios, y gana peso a medida que se acerca la entrada en producción de la nueva capacidad. Para seguir la evolución basta con cinco indicadores:

  • la variación trimestral de los precios de contrato de TrendForce (el primer trimestre en negativo marcaría el cambio de fase);
  • las previsiones de inversión de los hiperescaladores, junto con su crecimiento en la nube y sus obligaciones pendientes, que FactSet recomienda vigilar;
  • los inventarios de los fabricantes, hoy en mínimos y que en 2023 llegaron a cuatro meses de producción;
  • los anuncios de recortes de producción; y
  • el volumen de memoria de CXMT en productos occidentales.

Qué implica para el consumidor que necesita comprar

Hicks (1974) distinguía entre mercados de precios flexibles, que se ajustan a la oferta y la demanda, y mercados de precios fijos, donde el precio se forma sumando un margen al coste. La memoria pertenece a los primeros: sus contratos se renegocian cada trimestre. El portátil, a los segundos. De ahí se siguen dos consecuencias. La transmisión llega con retraso: TrendForce anticipa que los portátiles seguirán encareciéndose a medida que los componentes caros entren en los inventarios. Y es probablemente asimétrica: la literatura sobre transmisión de costes documenta que los precios finales suben deprisa y bajan despacio (Bacon, 1991), aunque no hay estimaciones específicas para la electrónica de consumo en este episodio. Para quien necesite hoy un equipo con mucha memoria, esperar seis o doce meses difícilmente abaratará la compra. Quien pueda esperar tiene en 2028 un horizonte razonable, con la incertidumbre de que la corrección llegue de forma gradual o brusca.

Nota sobre los datos.

Las cifras de precios e ingresos proceden de notas de prensa y resúmenes de TrendForce; los datos de empresas, de prensa financiera y boletines especializados, contrastados cuando ha sido posible; las previsiones y estimaciones de analistas se utilizan de forma cualitativa. Las cifras de inversión de los hiperescaladores difieren entre fuentes según el perímetro y el periodo de cómputo. Información cerrada el 21 de septiembre de 2026.

Referencias académicas citadas

  • Alcott, B. (2005). Jevons’ paradox. Ecological Economics, 54(1), 9–21.
  • Bacon, R. W. (1991). Rockets and feathers: the asymmetric speed of adjustment of UK retail gasoline prices to cost changes. Energy Economics, 13(3), 211–218.
  • Ezekiel, M. (1938). The cobweb theorem. The Quarterly Journal of Economics, 52(2), 255–280.
  • Hicks, J. R. (1974). The Crisis in Keynesian Economics. Oxford: Basil Blackwell.
  • Irwin, D. A. y Klenow, P. J. (1994). Learning-by-doing spillovers in the semiconductor industry. Journal of Political Economy, 102(6), 1200–1227. https://doi.org/10.1086/261968
  • Jevons, W. S. (1865). The Coal Question: An Inquiry Concerning the Progress of the Nation, and the Probable Exhaustion of Our Coal-Mines. Londres: Macmillan.
  • Kaldor, N. (1934). A classificatory note on the determinateness of equilibrium. The Review of Economic Studies, 1(2), 122–136.
  • Kalecki, M. (1954). Theory of Economic Dynamics: An Essay on Cyclical and Long-Run Changes in Capitalist Economy. Londres: George Allen & Unwin.
  • Minsky, H. P. (1986). Stabilizing an Unstable Economy. New Haven: Yale University Press.
  • Schumpeter, J. A. (1942). Capitalism, Socialism and Democracy. Nueva York: Harper & Brothers.
  • Wright, T. P. (1936). Factors affecting the cost of airplanes. Journal of the Aeronautical Sciences, 3(4), 122–128.
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Petróleo e inflación: ¿un riesgo que vive en la cola?

¿Oculta la respuesta media de la inflación a una perturbación petrolera un riesgo mayor para la estabilidad de precios? Es la pregunta que plantean Andrea De Polis, Álvaro Fernández-Gallardo y José Nicolás Rosas en un documento de trabajo publicado por el Banco de España en julio de 2026. La respuesta que ofrecen es afirmativa, y sus implicaciones para la política monetaria son de calado.

Qué hace el documento

Los autores utilizan las perturbaciones de noticias sobre oferta de petróleo identificadas por Diego Känzig a partir de la reacción de los futuros del crudo a los anuncios de la OPEP, un diseño que aísla cambios en las expectativas sobre la oferta futura de las variaciones del precio debidas a la coyuntura mundial. Con esas perturbaciones estiman, mediante proyecciones locales por cuantiles, cómo responden no ya la inflación media sino distintos puntos de su distribución: el escenario benigno (cuantil 10), el central (mediana) y el adverso (cuantil 90). El ejercicio cubre Estados Unidos, la zona del euro y el Reino Unido entre 1975 y 2025, para una perturbación que eleva un 10 % el precio real del crudo.

El resultado es una disociación temporal. En el impacto, los tres cuantiles suben a la vez: la distribución se desplaza sin cambiar de forma. Un año después, la mediana y el cuantil inferior han revertido, pero el cuantil 90 sigue entre medio punto y siete décimas por encima del escenario base. La distribución ha adquirido asimetría positiva, y según los autores la probabilidad de superar el objetivo del 2 % aumenta en diez puntos.

Por qué importa

La doctrina establecida, formulada por Clarida, Galí y Gertler en 1999, prescribe mirar a través de las perturbaciones de oferta transitorias. El documento no niega que el efecto central sea transitorio; su propia mediana lo confirma. Lo que sostiene es que el escenario adverso persiste, y que si esa persistencia se incorpora a las expectativas el banco central puede perder el ancla antes de que la inflación realizada se generalice. De ahí su recomendación: vigilar la distribución completa y no solo la tendencia central, y admitir un endurecimiento preventivo cuando el balance de riesgos se inclina al alza.

La dirección conceptual es correcta: un banco central que solo mira la media descarta información. La cuestión es si la evidencia presentada sostiene la recomendación.

Tres reservas

La primera es el índice elegido. El trabajo estudia la inflación general, en la que la energía pesa poco, pero concentra casi toda la volatilidad. Según el propio Känzig, al cabo de un año se traslada al componente energético en torno al 35 % de la subida del crudo, frente a un 2 % en los servicios. Afirmar efectos de segunda ronda exigiría mirar la inflación subyacente, los salarios o las expectativas, y el documento no reporta ninguna de las tres.

La segunda es que la asimetría entre cuantiles se afirma por inspección visual de las bandas, pero nunca se contrasta formalmente.

La tercera afecta a la recomendación. El documento estima también la respuesta de la producción industrial y encuentra que su cola izquierda cae más y dura más. Un endurecimiento preventivo profundizaría precisamente esa cola, y el trabajo no pondera ambos riesgos en una misma función de pérdida. Además, las respuestas estimadas incorporan ya la reacción histórica de los bancos centrales: deducir de ellas que la política debería reaccionar más exige un contrafactual estructural que el documento no realiza.

Cabía sospechar que la cola persistente reflejara simplemente que las subidas del crudo se trasladan más que las bajadas. La respuesta está en los datos que cabría mirar. Los datos no lo confirman: a partir de los doce meses, la respuesta a perturbaciones favorables y desfavorables es igualmente nula.

Un balance

El documento propone un programa de investigación valioso: tratar la distribución de la inflación, y no solo su media, como objeto de la política monetaria. Lo que todavía no establece con solidez es que las perturbaciones petroleras deformen esa distribución de manera persistente, ni que la respuesta adecuada sea endurecer antes. Entre el hallazgo y la recomendación quedan contrastes por hacer.

Fuentes

De Polis, A., Fernández-Gallardo, Á. y Rosas, J. N. (2026), Oil supply shocks and inflation tail risks, Documentos de Trabajo n.º 2622, Banco de España. doi.org/10.53479/44148

Känzig, D. R. (2021), The macroeconomic effects of oil supply news: evidence from OPEC announcements, American Economic Review 111(4), 1092-1125. doi.org/10.1257/aer.20190964

Känzig, D. R., Oil supply news shocks: data vintages, añada 2025M06, licencia CC BY 4.0. github.com/dkaenzig/oilsupplynews

Clarida, R., Galí, J. y Gertler, M. (1999), The science of monetary policy: a New Keynesian perspective, Journal of Economic Literature 37(4), 1661-1707. doi.org/10.1257/jel.37.4.1661

De Polis, A., Melosi, L. y Petrella, I. (2025), The taming of the skew: asymmetric inflation risk and monetary policy, ECB Working Paper 3028. doi.org/10.2866/2222868

Las opiniones expresadas en este blog son de carácter estrictamente académico y no constituyen asesoramiento financiero.

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Francia, 2015-2026. El ajuste que todo el mundo sabe hacer y nadie puede votar: un desequilibrio concentrado y una restricción institucional

Elies Furió Blasco y Matilde Alonso Pérez

Université de Lyon

12 de septiembre de 2026

Hay una manera perezosa de hablar de la economía francesa que consiste en enumerar cifras alarmantes y concluir que el país va hacia una crisis. Y hay otra, igualmente perezosa, que consiste en recordar que Francia tiene un Estado sólido, bancos capitalizados y un mercado de deuda profundo, y concluir que no pasa nada. Las dos esquivan la pregunta interesante, que no es cuánto debe Francia sino por qué no corrige un desequilibrio cuya solución técnica conoce todo el mundo.

¿Cuál es el problema al que debemos enfrentarnos?

Conviene empezar por lo que Francia no tiene. No tiene un desequilibrio exterior agregado: el saldo por cuenta corriente de 2025 fue de 11.600 millones de euros negativos, un 0,4 % del PIB. No tiene un sector privado sobreendeudado: con un déficit público del 5,1 % y un saldo exterior del 0,4 % negativo, la identidad contable de los balances sectoriales obliga a que el sector privado presente una capacidad de financiación cercana a cuatro puntos y medio de PIB. Y no tiene, según la propia agencia que acaba de revisarla, un problema bancario: Fitch destacó en agosto la solidez del sector bancario y la diversificación de la base inversora.

Lo que sí tiene es un desequilibrio fiscal concentrado y persistente. El déficit público fue del 5,1 % del PIB en 2025, el segundo más alto de la zona del euro, y la deuda alcanzó el 117,5 % del PIB en el primer trimestre de 2026, 3.536.100 millones de euros. El gasto público es el 57,2 % del PIB y la presión fiscal el 43,6 %, ambos al alza.

Un detalle que merece atención: la mejora del déficit en 2025 vino de los ingresos, que crecieron un 3,9 %, mientras el gasto crecía un 2,5 %. Es decir, la consolidación se hizo subiendo la presión fiscal ocho décimas en un solo ejercicio, en un país que ya estaba entre los que más recaudan de la OCDE. Y el gobierno ha excluido nuevas subidas generales de impuestos para 2027. Si el margen por la vía de los ingresos está agotado y el gasto no baja, la aritmética no tiene muchas salidas.

Tres puntos de PIB y ningún voto

Este es el asunto crucial: Estabilizar una deuda del 117,5 % del PIB con un diferencial de un punto entre el coste de la deuda y el crecimiento nominal exige un superávit primario de alrededor del 1,2 % del PIB. Francia tiene hoy un déficit primario de unos dos puntos. El esfuerzo es, por tanto, de unos tres puntos de producto repartidos en varios ejercicios.

Tres puntos de PIB no es una cifra extraordinaria. Bélgica, Irlanda, Canadá y los países escandinavos han hecho consolidaciones de escala igual o mayor sin crisis. Nadie discute seriamente el orden de magnitud. Lo que no existe es una mayoría capaz de votarlo.

El ajuste francés es aritméticamente posible y políticamente indisponible. Esa disyunción, y no el tamaño de las cifras, es lo que hay que explicar.

La cronología es importante para entender la situación. Desde la disolución de junio de 2024 ningún gobierno ha tenido mayoría. Barnier duró 99 días, Bayrou 270 y cayó el 8 de septiembre de 2025. El presupuesto de 2026 se adoptó en febrero tras el fracaso de dos mociones de censura y recurriendo al procedimiento que permite aprobar sin voto, con concesiones al Partido Socialista que incluyeron suspender la reforma de las pensiones y renunciar a subidas generales de impuestos. En septiembre de 2026, a semanas de presentar el presupuesto de 2027, el gobierno todavía no había fijado objetivo de déficit.

Esto no es anécdota política, es macroeconomía. Existe una literatura formal que lo describe con precisión. El modelo de guerra de desgaste de Alesina y Drazen predice que, cuando el coste del ajuste debe repartirse entre grupos con capacidad de veto y ninguno conoce la resistencia de los demás, el equilibrio consiste en esperar hasta que el deterioro haga que aguantar cueste más que ceder. Roubini y Sachs documentaron que los gobiernos fragmentados y de vida corta tienen déficits sistemáticamente mayores. Tsebelis formalizó el resultado general: más jugadores con veto y más distancia entre ellos significa menos capacidad de mover el statu quo, en la dirección que sea.

Y hay una capa que estos modelos anglosajones capturan peor, y que el trabajo de Amable y Palombarini sobre el bloque social francés que ilumina bien la situación: el problema no es solo parlamentario. Cada estrategia de ajuste posible, por el gasto social, por la fiscalidad del capital, por la del trabajo o por el gasto territorial, encuentra un bloque de veto suficiente. La fragmentación de la Asamblea es el síntoma. La ausencia de bloque social dominante es la causa. La predicción que se deriva de todo esto es incómoda pero clara: la restricción no se relaja antes de 2027, fecha de las elecciones presidenciales.

El equilibrio del funambulista

Volvamos a examinar el saldo exterior. El déficit comercial de bienes fue de 58.000 millones en 2025, y bajó desde los 61.400 del año anterior casi exclusivamente porque se abarató la factura energética, que pasó de 53.000 a 44.200 millones. En otras palabras, el saldo de bienes no energéticos empeoró, con retrocesos en agricultura, agroalimentario y otros productos industriales, parcialmente compensados por la recuperación aeronáutica.

El equilibrio exterior francés por cuenta corriente descansa sobre tres pilares: un excedente de servicios en el que el turismo aporta la mayor parte, las rentas que las multinacionales francesas obtienen de sus filiales en el extranjero, y una factura energética que depende del precio del petróleo. Ninguno de los tres es un factor de competitividad productiva. El primero es vulnerable a cualquier cosa que afecte a los flujos turísticos, el segundo a decisiones de localización y a la fiscalidad internacional, y el tercero a un conflicto en Oriente Medio que en 2026 ha vuelto a encarecer la energía.

No obstante, no puede afirmarse que Francia financia sus importaciones endeudándose con el exterior, o que el déficit comercial se convierte en deuda pública. No es así, y la identidad contable lo demuestra. El ahorro privado francés excede la inversión privada en unos cuatro puntos y medio de PIB, y es ese excedente interno, no el ahorro extranjero, la contrapartida dominante del déficit público. Lo que las cuentas exteriores revelan es un problema de especialización productiva, no de solvencia externa. Dos cuestiones que no deberían mezclarse, aunque existen análisis serios que confunden ambas cosas con demasiada frecuencia.

Un termómetro que mide una distancia, no un nivel

El diferencial OAT-Bund es el indicador de referencia del riesgo francés. El 4 de septiembre de 2026 estaba en 84,7 puntos básicos, con la OAT al 4,19 % y el Bund al 3,34 %, dentro de una banda que en el último año osciló entre 59 y 85 puntos. Visto así, parece una situación tensa pero estable.

Es una lectura incompleta, puesto que el diferencial mide una distancia, no un nivel, y la referencia respecto de la que se mide se ha movido mucho. El Bund a diez años está en torno al 3,4 %, su nivel más alto en quince años, por el giro fiscal alemán y el entorno de tipos del área. Francia puede, en consecuencia, mantener su prima de riesgo constante y ver dispararse su coste de financiación.

Y eso es exactamente lo que ha pasado. La OAT a diez años superó el 4 % el 23 de julio de 2026, por primera vez desde junio de 2009, con una subida de siete décimas en un año, mientras el diferencial se movía en una banda de veinticinco puntos básicos. El tramo a treinta años llegó al 4,73 % a mediados de julio, máximo desde 2008. Para un emisor que tiene que colocar un volumen récord de deuda, cada centésima son centenares de millones de euros. La carga de intereses del Estado pasa de 53.200 millones en 2024 a unos 67.000 millones en 2026, y ese aumento no depende de ninguna decisión presupuestaria futura.

Importa además no atribuir el movimiento a la política monetaria. El Banco Central Europeo mantuvo sus tipos sin cambios el 23 de julio de 2026, con la facilidad de depósito en el 2,00 %. Lo que sube es la prima por plazo en toda la zona, por oferta de papel soberano y por el fin de las compras netas del Eurosistema, más un componente específicamente francés.

El trasfondo teórico es conocido desde De Grauwe: un Estado que emite en una moneda que no controla está expuesto a equilibrios múltiples, salvo que exista un compromiso creíble del banco central de comprar en última instancia. Ese instrumento existe en la zona del euro, pero su activación está condicionada al cumplimiento de las reglas fiscales, lo que produce una circularidad conocida: protegería a un país que, por hipótesis, habría dejado de cumplir las condiciones para acceder a él. Los 85 puntos básicos actuales incorporan tres apuestas simultáneas: que el marco europeo sigue siendo vinculante, que el banco central es creíble y que habrá, en algún momento, un mínimo de disciplina presupuestaria. Es la tercera la que el mercado puede acabar poniendo a prueba.

Dos indicadores adiciones a mirar con detalle

El paro llegó al 8,3 % en el segundo trimestre de 2026, máximo desde 2020, sexto trimestre consecutivo de subida, 2,7 millones de personas, 261.000 más que un año antes. El deterioro es real y la OCDE proyecta 8,7 % en 2027. Pero hay un matiz de medición que el propio Insee señala: la ley por el pleno empleo, en vigor desde enero de 2025, inscribe automáticamente en France Travail a los beneficiarios del RSA y a ciertos jóvenes, y esos colectivos explican cerca de la mitad de la subida de un trimestre concreto. Parte del alza no es destrucción de empleo, es cambio de perímetro. Reconocerlo no anula el deterioro subyacente; obliga a no comparar 2026 con 2023 como si midieran lo mismo.

El otro es el ahorro. La tasa de los hogares está en el 17,4 % de la renta disponible en el primer trimestre de 2026, tras tocar el 18,5 % a mediados de 2025, y los flujos siguen muy por encima de su media de largo plazo. Se suele leer como virtud de prudencia. Es también un desequilibrio, y de los incómodos, porque tiene dos caras contradictorias: resta demanda a una economía cuyo crecimiento es esencialmente de demanda interna, y al mismo tiempo constituye la base interna que permite financiar el déficit público sin depender del ahorro exterior. Quien propone movilizar ese ahorro hacia el consumo rara vez explicita que estaría reduciendo la demanda interna de deuda pública.

Crisis de la deuda versus tutela financiera

Fitch mantuvo el A+ con perspectiva estable el 28 de agosto, pero con avisos explícitos sobre deuda elevada, contexto político que complica la consolidación y potencial de crecimiento económico débil, y revisó al alza sus previsiones de déficit público: 5,2 % en 2026, 5,5 % en 2027 y 5,2 % en 2028. Nótese que la agencia espera que 2027 sea peor que 2026, es decir, que no anticipa consolidación alguna en el año electoral. Quedan las revisiones de Moody’s el 24 de octubre y de S&P el 28 de noviembre.

Una conclusión a la que puede llegarse es que el riesgo dominante no es una crisis de financiación. El marco institucional europeo está diseñado precisamente para evitar eso. El riesgo es un cambio de régimen: la instalación duradera en un nivel de prima de riesgo más alto y, con ella, una reducción permanente del margen presupuestario para cualquier otra cosa, incluidas la transición energética, la defensa y la educación. Francia no se enfrenta a un impago. Se enfrenta a una tutela prolongada.

El caso francés obliga a sacar del cajón herramientas que la macroeconomía estándar arrincona: modelos de guerra de desgaste, teoría de jugadores con veto, análisis de bloques sociales. No es un recurso a la sociología por falta de rigor económico. Es reconocer que, cuando la restricción operativa es institucional y no presupuestaria, la variable explicativa también lo es.

* * * 

Nota sobre los datos

Las magnitudes de finanzas públicas, empleo, precios, ahorro y cuentas exteriores proceden de fuentes institucionales enlazadas en el texto: Insee, Banque de France, Eurostat, OCDE y OFCE. Las cotizaciones y diferenciales proceden de agregadores financieros y de casas de análisis con posición potencial en los mercados descritos. Dos advertencias específicas. Primera: el OFCE anunció en 2025 que Francia había recuperado un excedente exterior corriente de 3.000 millones en 2024, mientras la Banque de France sitúa ese saldo en menos 9.300 millones; la divergencia procede muy probablemente de revisiones sucesivas, pero invierte el signo y conviene señalarla. Segunda: varias fuentes secundarias fechadas en 2026 siguen atribuyendo a Francia la calificación AA− de S&P y Fitch, cuando ambas la sitúan en A+ desde el otoño de 2025. Las cifras anteriores a 2024 citadas sin enlace son aproximaciones del autor.

Versión académica

Esta entrada resume y adapta el artículo «Los desequilibrios macroeconómicos de Francia, 2015-2026: el ajuste aritméticamente posible y políticamente indisponible» (Furió Blasco & Alonso Pérez 2026), que contiene el desarrollo formal del marco de balances sectoriales, las tablas de indicadores, la descomposición del saldo exterior, el cuadro del Procedimiento de Desequilibrios Macroeconómicos y el aparato bibliográfico completo.

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El desequilibrio ya no está donde lo buscamos: Estados Unidos, 2015-2026: once años de recomposición macroeconómica

Elies Furió Blasco & Matilde Alonso Pérez

Université de Lyon

12 de septiembre de 2026

Hay una forma cómoda de contar la macroeconomía estadounidense del último decenio: los desequilibrios de los años dos mil se corrigieron, la pandemia los reabrió y ahora se están cerrando otra vez. Es una versión de la historia cómoda y es falsa. Los desequilibrios estadounidenses no se han corregido entre 2015 y 2026. Han cambiado de sitio, de naturaleza y, sobre todo, de visibilidad estadística. Y lo tercero importa más que lo primero, porque varios de los indicadores con los que solemos diagnosticarlos han dejado de informar sobre aquello que pretenden medir.

Tres indicadores que en 2015 resumían el estado de la economía estadounidense han perdido contenido informativo en 2026. No porque se midan peor, sino porque su referencia se ha movido bajo ellos.

El déficit gemelo ha dejado de ser gemelo

Empecemos por el hecho más sólido. En 2015 el déficit federal estadounidense era del 2,4 % del PIB. En 2019, con la economía cerca del pleno empleo, ya se había duplicado. Y tras el paréntesis pandémico no regresó a su punto de partida sino a una banda próxima al 6 %, donde lleva instalado desde 2023. Para el ejercicio 2026, la Oficina Presupuestaria del Congreso proyecta un déficit de 1,9 billones de dólares, el 5,8 % del PIB, con la deuda en manos del público pasando del 99 % al 101 % del producto interior bruto y camino del 120 % en 2036, por encima del máximo de 1946.

Lo interesante no es el nivel sino la composición. El déficit primario, el que excluye intereses, es del 2,6 % del PIB y va bajando hasta el 2,1 % en 2036. Los intereses netos, en cambio, suben del 3,3 % al 4,6 %. Traducido: el deterioro de la próxima década no lo provoca ningún programa de gasto nuevo. Lo provoca el servicio de la deuda ya contraída, refinanciándose a los tipos posteriores a 2022. Es una factura emitida, no una decisión pendiente.

Eso delimita brutalmente el espacio de las soluciones. Un ajuste primario de un punto de PIB, que en el Congreso actual sería una operación política extraordinaria, no basta para estabilizar la ratio de deuda mientras el tipo implícito de la deuda supere el crecimiento nominal. Y ese diferencial, negativo entre 2015 y 2021, ha dejado de serlo.

Respecto a los aranceles, durante 2025 se vendieron como un ingreso estructural. No lo eran. El Tribunal Supremo los tumbó el 20 de febrero de 2026 en Learning Resources contra Trump, y el Penn Wharton Budget Model calcula devoluciones de hasta 175.000 millones de dólares y una caída a la mitad de la recaudación futura. El arancel medio efectivo pasó del 2,3 % en enero de 2025 a un máximo próximo al 17 %, y de vuelta al 6,7 % en julio de 2026. Que el nivel de protección de una economía de 31 billones oscile en un factor de siete en año y medio no es política comercial. Y la incertidumbre resultante es un impuesto sobre la inversión que no figura en ningún código tributario.

La corrección exterior que no existe

Aquí está el error de lectura más extendido del momento. Si uno mira la cuenta corriente, Estados Unidos parece estar corrigiéndose: el déficit bajó al 3,6 % del PIB en 2025 desde el 4,0 % de 2024, y el primer trimestre de 2026 se cerró en el 2,9 %. Conclusión aparente: el ajuste avanza.

Ahora pongamos al lado la otra serie. La posición de inversión internacional neta, es decir, lo que Estados Unidos tiene fuera menos lo que el resto del mundo tiene dentro, era de menos 27,6 billones de dólares al cierre del tercer trimestre de 2025 y de menos 21,3 billones al cierre del primero de 2026. Seis billones de mejora en dos trimestres. Alrededor de veinte puntos de PIB.

Ninguna cuenta corriente produce eso. El déficit acumulado de esos dos trimestres no llegó al medio billón. La mejora es íntegramente de valoración: los pasivos estadounidenses frente al exterior cayeron de 68,9 a 64,6 billones. Mientras tanto, las transacciones financieras netas de 2025 siguieron siendo de endeudamiento neto frente al resto del mundo, por 1,21 billones.

La posición exterior neta de Estados Unidos mejora precisamente cuando sus activos se deprecian. Es un indicador que se mueve en sentido contrario al riesgo que pretende medir.

El mecanismo se conoce desde los trabajos de Gourinchas y Rey sobre el privilegio exorbitante: los pasivos externos estadounidenses son, en buena medida, renta variable y los activos exteriores de residentes estadounidenses están denominados en divisa, de modo que la posición neta mejora cuando la bolsa americana se queda atrás y cuando el dólar se deprecia. Estados Unidos tiene contratado, por pura construcción contable, un seguro externo que se activa en los mismos escenarios que empobrecen a sus residentes. Es una ventaja real. También es un recordatorio de que ese seguro no reduce la exposición: la traslada.

Además, buena parte del movimiento del saldo comercial de 2025 fue anticipación de importaciones frente al calendario arancelario y su posterior reversión. El déficit por cuenta corriente del primer trimestre de 2025 fue del 5,9 % del PIB y el del segundo del 3,3 %. Dos puntos y medio de PIB en un trimestre no admiten lectura estructural de ningún tipo.

Un termómetro que ha cambiado de escala

La tasa de paro estadounidense estaba en el 4,2 % en julio de 2026. Y sin embargo la creación de empleo no ha sido óptima: 126.000 puestos en enero, menos 92.000 en febrero. ¿Cómo se concilian ambas cosas? Cuántos puestos que hay que crear cada mes para que el paro no se mueva. Los economistas de la Reserva Federal de Dallas lo sitúan cerca de cero, y puntualmente en negativo, a finales de 2025, frente a unos 250.000 en 2023. Los de San Luis manejan un intervalo de 15.000 a 87.000 para 2026, y Kansas City y Chicago llegan a lo mismo por caminos distintos.

La causa es demográfica y migratoria: Dallas estima una salida neta de inmigrantes no autorizados de 55.000 personas al mes en el segundo semestre de 2025, 548.000 en el año. El denominador del mercado laboral se ha encogido.

Piénsese en lo que eso significa para el diagnóstico. Un dato de 40.000 empleos, que en 2019 habría sido señal de enfriamiento, hoy puede ser compatible con un mercado tenso. Y al revés: la estabilidad de la tasa de paro ha dejado de ser prueba de solidez de la demanda de trabajo, porque puede reflejar solo la contracción simultánea de la oferta. No es un problema de medición. Es que la referencia se ha movido.

Con una derivada fiscal que casi nunca se menciona. El crecimiento potencial incorpora el crecimiento de la población activa, y ese crecimiento potencial es la variable con la que se compara el coste de la deuda. El giro migratorio y la sostenibilidad de la deuda pública no son asuntos separados: el primero empeora la aritmética del segundo.

Cuando el consumo depende del patrimonio y no del salario

El cuarto desequilibrio es distributivo, y aquí tenemos que manejar con precaución puesto que la cifra más citada es también la más frágil. Moody’s Analytics estima que el 20 % de hogares de mayor renta concentra cerca del 60 % de los desembolsos personales, con un crecimiento interanual del 6,5 % frente al 2,6 % del resto, este último por debajo de la inflación. De ahí sale el titular de la economía en forma de K; es decir, modelo en el que diferentes sectores, empresas o grupos sociales evolucionan en direcciones opuestas tras una crisis o cambio estructural.

Antes de usarla, hay que someterla a crítica. La Reserva Federal de Mineápolis ha revisado todas las fuentes disponibles y concluye que las distintas mediciones ofrecen patrones contradictorios, desde una K pronunciada hasta la ausencia de K, y que comparar entre ellas es engañoso porque miden objetos distintos. El propio autor de la estimación más difundida ha admitido que su metodología ha recibido críticas y que sus cifras podrían exagerar el fenómeno. Hay un conflicto entre fuentes primarias.

Lo que sí sostienen todas las series es un enunciado más modesto y más robusto: el consumo agregado depende cada vez más de hogares cuya propensión a gastar la determina la riqueza financiera e inmobiliaria, no la renta laboral corriente. Y eso tiene tres consecuencias. Primera, cambia la transmisión de la política monetaria, porque el canal de redistribución gana peso sobre el de sustitución intertemporal. Segunda, acopla el ciclo financiero al ciclo real por el lado de la demanda y no solo por el del crédito. Tercera, y más incómoda, deteriora la capacidad predictiva de todos los indicadores construidos sobre el hogar mediano, que ha dejado de ser representativo del gasto agregado.

En el otro brazo de la K, los datos sí son duros y verificables. La deuda de los hogares alcanzó 18,8 billones de dólares en el segundo trimestre de 2026, con un 4,7 % del saldo en alguna fase de morosidad y una morosidad grave del crédito estudiantil del 10,6 %. La Reserva Federal de Nueva York subraya que las nuevas entradas en mora de préstamos de automóvil y tarjetas siguen en niveles elevados pese a la estabilidad del agregado. Que la morosidad media sea moderada mientras los segmentos bajos se tensan es exactamente lo que cabe esperar de un ajuste bimodal.

Y en 2026 se ha superpuesto un factor regresivo adicional: el choque energético. Con la gasolina un 27,4 % más cara que hace un año, el golpe a la renta disponible real recae con mucha más fuerza sobre los deciles inferiores, en cuya cesta de la compra pesa más la energía. Esto es cierto con independencia de cuál sea la estimación correcta de la participación del decil superior en el consumo.

Tres choques a la vez, y ninguno de demanda

El IPC de agosto de 2026 fue del 3,4 % interanual, con la energía un 16,3 % por encima del año anterior y el fuelóleo un 52 %. La inflación subyacente, en cambio, fue del 2,4 %, aunque con un avance mensual del 0,3 %, una décima por encima de lo esperado. La composición no deja lugar a dudas: el diferencial viene del choque de oferta energética asociado al conflicto en Oriente Medio y a la interrupción del tráfico de crudo por el estrecho de Ormuz. El Fondo Monetario Internacional tituló su informe de estabilidad de abril precisamente en torno a ese conflicto.

Conviven en realidad tres choques con la misma dirección y distinta naturaleza: i) un choque de oferta energética de origen bélico, ii) un choque de precios de importación de origen arancelario en reversión parcial, y iii) un choque de demanda sectorial vinculado a la inversión en infraestructura de computación que presiona sobre semiconductores y sobre la demanda eléctrica. Ninguno de los tres es un choque de demanda agregada clásico, y cada uno pediría una respuesta distinta. Éste es el motivo por el que la inflación subyacente, diseñada para filtrar ruido transitorio, está hoy filtrando un choque persistente cuya duración depende de una variable geopolítica.

La política monetaria refleja esa incomodidad. Tras tres recortes en 2025, la Reserva Federal mantuvo el tipo en el 3,50-3,75 % en julio, con tres miembros pidiendo subida. Las proyecciones de junio elevaron la subyacente prevista para el cuarto trimestre de 2026 del 2,7 % al 3,3 %. En Jackson Hole, el presidente Warsh dijo que al banco central le quedaba trabajo por hacer. Y tras el dato del 11 de septiembre, los futuros asignaban cerca de un 90 % de probabilidad a una subida en la reunión del 15 y 16 de septiembre.

El punto donde todo se anuda: la prima por plazo

Si hubiera que vigilar una sola variable, sería ésta: la prima por plazo. El bono a diez años rondaba el 4,96 % el 11 de septiembre, el bono de treinta años el 5,21 % a finales de agosto, y el bono de dos años el 4,36 % (datos diarios de la Reserva Federal). Una curva con pendiente positiva pronunciada en pleno ciclo de expectativas de subida es un fenómeno que requiere una explicación: si el mercado creyera que la subida resuelve el problema, el tramo largo descontaría tipos futuros más bajos. Lo que hay, más bien, es una prima por plazo elevada: la compensación que se exige por renunciar hoy y esperar una duración mayor.

Y esa prima recoge simultáneamente tres cosas: i) la oferta de papel que genera un déficit del 5,8 % del PIB, ii) el riesgo inflacionario del choque energético, y iii) una incertidumbre institucional sobre la autoridad monetaria que no es cuantificable pero tampoco despreciable. Sea cual sea su origen, el efecto es idéntico y circular: sube el tipo de interés implícito de la deuda federal, empeora el diferencial entre coste y crecimiento, se amplía el déficit público por la vía de los intereses, aumenta la emisión y vuelve a presionar la prima. No hace falta suponer pánico ni irracionalidad. Basta la aritmética operando sobre un stock del 101 % del producto interior bruto.

Pero, la Reserva Federal terminó en diciembre de 2025 la reducción de su balance, que había bajado de 8,93 a unos 6,6 billones, y empezó a comprar letras del Tesoro. Sin embargo, eso no es expansión cuantitativa. Son compras de gestión de reservas, deliberadamente concentradas en el tramo corto para no tocar los tipos largos. Confundirlas lleva a conclusiones erróneas sobre la orientación de la política. Lo que sí es cierto, y es otra cosa, es que el fin de la reducción retira del mercado una oferta neta de duración que hasta ahora absorbía el sector privado.

¿Queda algo más?

Las diez mayores compañías del S&P 500 pesan más del 41 % del índice y un tercio de sus beneficios, la inversión prevista de los grandes proveedores de infraestructura de computación ronda los 700.000 millones de dólares en 2026, y el Consejo de Estabilidad Financiera sitúa el crédito privado entre 1,5 y 2 billones advirtiendo de su capacidad de amplificación. Sin duda, esto es una concentración. Además, la elasticidad del crecimiento agregado respecto de un puñado de decisiones privadas de inversión ha aumentado, y los canales que conectan ese puñado con el resto del sistema se han multiplicado. La inversión no residencial creció un 8,5 % anualizado en el segundo trimestre mientras el PIB crecía un 1,5 % (datos del BEA). Esa diferencia dice bastante sobre de qué depende hoy el crecimiento estadounidense.

Nada de lo anterior implica que el ajuste sea inminente ni que deba llegar por vía de crisis. Estados Unidos dispone de un margen que ninguna otra economía avanzada tiene. Pero ese margen no elimina la restricción presupuestaria intertemporal: la desplaza en el tiempo y cambia el modo en que se manifiesta. La pregunta pertinente no es si habrá ajuste, sino a través de qué precio se hará, quién pagará la factura y con cuánta antelación lo habremos visto venir.

En esencia

▪    Los desequilibrios estadounidenses no se han corregido entre 2015 y 2026: se han desplazado del sector exterior al sector público, y de los flujos a los acervos y las valoraciones.

▪    El déficit federal está instalado en torno al 6 % del PIB en fase expansiva, con déficit primario decreciente e intereses netos crecientes. El deterioro futuro es una factura ya emitida, no un programa de gasto.

▪    La mejora de la posición exterior neta es puro efecto de valoración: seis billones de dólares en dos trimestres, frente a menos de medio billón de flujo de cuenta corriente.

▪    La tasa de paro ha perdido contenido informativo porque el empleo de equilibrio se ha desplomado de unos 250.000 a un intervalo próximo a cero, por el giro migratorio.

▪    La inflación subyacente filtra hoy un choque de oferta persistente de origen bélico, no ruido transitorio. Conviven tres choques y ninguno es de demanda agregada.

▪    La variable a vigilar es la prima por plazo: enlaza el desequilibrio fiscal, el nominal y el financiero en un circuito que se retroalimenta sin necesidad de suponer pánico.

▪    Precaución con la cifra de la economía en K: las fuentes primarias se contradicen y la Reserva Federal de Mineápolis ha documentado la discrepancia. El enunciado robusto es que el consumo depende cada vez más del patrimonio y menos del salario.

Nota sobre los datos

Las magnitudes presupuestarias de 2026 y posteriores son proyecciones de la Oficina Presupuestaria del Congreso condicionadas a legislación vigente en una fecha de corte, no observaciones. Las series exteriores, presupuestarias y de precios proceden de fuentes institucionales primarias enlazadas en el texto. Los datos de mercado (rendimientos, probabilidades implícitas, estimaciones de inversión empresarial futura y participación del decil superior en el consumo) proceden de casas de análisis o de medios financieros con posición potencial en los mercados descritos, y se señalan como tales. Las cifras anteriores a 2024 citadas sin enlace son aproximaciones del autor a partir de series históricas.

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Mercados de obligaciones internacionales: oferta récord, tensión en los rendimientos y divergencia franco-española

1. Resumen

  • El mercado global de obligaciones atraviesa una paradoja aparente: la demanda absoluta de deuda —soberana, corporativa tecnológica y bancaria— es históricamente alta (sobresuscripciones de 4 veces o más en emisiones investment grade, diferenciales AT1 en mínimos históricos), pero los rendimientos suben con fuerza porque la oferta crece todavía más deprisa.
  • El bono estadounidense a 30 años tocó el 18 de agosto su nivel más alto en 19 años (5,33 %, máximo desde junio de 2007); el de 10 años se sitúa en el 4,73 %, arrastrados por la persistencia inflacionaria, el choque petrolero derivado de la tensión con Irán y una oleada sin precedentes de emisión corporativa ligada a la inteligencia artificial.
  • La deuda pública de EE.UU. superó los 40 billones de dólares en agosto de 2026: el 124-126 % del PIB según la métrica empleada (IMF/CBO), con un déficit fiscal 2026 proyectado en el 5,8 % del PIB — cifras que verificamos en el apartado 8.4 frente a fuentes primarias (Tesoro, IMF, CBO).
  • En la eurozona, Francia paga ya la mayor prima de riesgo de su historia frente a España; el bono francés a 10 años roza el 4 %, nivel no visto desde 2008-2009, mientras el español se mantiene alrededor del 3,6 %.
  • España mantiene un diferencial favorable, con coste de financiación contenido y demanda robusta en las subastas del Tesoro; Francia arrastra fragilidad fiscal estructural e inestabilidad parlamentaria recurrente.
  • El riesgo de fondo no es una «crisis de demanda» sino una recalificación global del riesgo soberano y de la prima por plazo (term premium), visible simultáneamente en EE.UU., Japón, Francia y Alemania — un fenómeno estructural, no idiosincrático de un solo emisor.

2. Panorama global: oferta récord y demanda robusta que no da abasto

El movimiento de fondo del verano de 2026 combina varias fuerzas que operan en la misma dirección alcista sobre los tipos de largo plazo. La emisión corporativa estadounidense de agosto superó los 145.000 millones de dólares, un récord para ese mes, mientras que la emisión investment grade agregada para el conjunto del año se proyecta entre 1,8 y 2,25 billones de dólares. A ello, se suma la persistencia de riesgos inflacionarios, unos déficits públicos elevados en varias economías avanzadas y un choque energético: el Brent ronda los 90-95 dólares por barril, en un contexto de tensión con Irán que reaviva el temor a un nuevo shock de precios.

La consecuencia es una correlación entre bonos y acciones que, según analistas citados por la prensa financiera, es la más negativa desde 1997: el mercado de renta fija se está guiando más por las expectativas de inflación que por las de crecimiento, lo que penaliza especialmente a los tramos largos de la curva.

2.1 El factor tecnológico: la deuda de la Inteligencia Artificial

El elemento más novedoso de este ciclo es la irrupción de las grandes tecnológicas como emisores masivos de deuda investment grade. Amazon, Alphabet, Meta, Microsoft y Oracle (los hyperscalers) emitieron, en conjunto, en torno a 121.000 millones de dólares en bonos corporativos en 2025, más de cuatro veces su media anual de 2020-2024. En lo que va de 2026, esa cifra ya se sitúa entre 220.000 y 225.000 millones de dólares hasta mediados de agosto. JPMorgan ha elevado su previsión de emisión de deuda del sector tecnológico, medios y telecomunicaciones para el conjunto de 2026 hasta 540.000 millones de dólares.

Estas emisiones se caracterizan por plazos muy largos, coherentes con la vida útil multidecenal de los centros de datos, lo que añade duración al mercado en un momento en que los inversores ya lidian con una prima por plazo estructuralmente al alza. La demanda relativa sigue siendo sólida —sobresuscripciones frecuentes de 4 veces o más— y el apalancamiento post-emisión de los hyperscalers se mantiene bajo (0,4-0,7 veces EBITDA), lo que sostiene su calidad crediticia. Aun así, el propio volumen de la oferta actúa ya como factor autónomo de presión sobre los rendimientos.

No obstante, una parte creciente de esta financiación —estimada en torno a 800.000 millones de dólares para centros de datos— discurre por canales de crédito privado y estructuras fuera de balance, con menor transparencia que la deuda pública cotizada.

2.2 El factor bancario: apetito histórico por deuda subordinada

En paralelo, el mercado de deuda bancaria, en particular los bonos AT1 o CoCos, vive un momento de demanda extraordinaria. Los diferenciales del índice global de CoCos de Bloomberg se han estrechado hasta situarse cerca de su mínimo histórico, y bancos como Banco Santander o NatWest han colocado emisiones AT1 con opción de amortización a diez años, frente a los cinco habituales, para fijar su coste de capital durante una década. Este tipo de emisiones «non-call 10» representa ya una cuarta parte de las nuevas emisiones en divisas principales este año.

También el segmento de cédulas hipotecarias (covered bonds) refleja este apetito: las colocaciones recientes han cerrado con demanda de más de tres veces el importe adjudicado y diferenciales en mínimos de sus respectivos programas.

3. Zona euro: la divergencia franco-española

La tabla siguiente recoge las diferencias entre las economías europeas.

  Emisor soberanoRdto. 10 años (~18-22 ago 26)Prima vs Bund (pb)Contexto reciente
Alemania (Bund)Referencia («suelo»)Rentabilidades en máximos desde 2011
España≈3,6 %Contenida; por debajo de Francia, ItaliaSindicación de enero 2026: demanda récord de 145.000 M€
Francia (OAT)≈3,9-4,0 %>30 pb sobre España (máx. histórico)Máximo desde 2008; crisis presupuestaria recurrente
Italia≈3,9 %Similar a Francia, pese a peor partida históricaMejoras de rating (Fitch, Moody’s, S&P) en 2025-26
EE.UU. (30 años)5,33 % (18 ago.)n/aMáximo desde junio 2007 (19 años); 10 años en 4,73 %

Elaboración propia a partir de fuentes citadas en el apartado 10. Los niveles de rendimiento son aproximados y corresponden a la sesión de referencia del 18-23 de agosto de 2026; el mercado de renta fija es dinámico.

3.1 Francia: prima de riesgo en máximos históricos frente a España

El bono francés a diez años ha llegado a rozar el 4 % de rentabilidad, un nivel no visto desde 2008-2009, y la prima de riesgo de Francia frente a España ha superado los 30 puntos básicos, un máximo histórico para ese diferencial. La causa es fundamentalmente fiscal y política: Francia arrastra un déficit estructural elevado y casi dos años de inestabilidad parlamentaria y gubernamental. El Gobierno de Sébastien Lecornu logró sacar adelante el presupuesto de 2026 recurriendo al artículo 49.3 de la Constitución, pero el objetivo de situar el déficit en el entorno del 5 % del PIB en 2026-2027 sigue siendo difícil de cumplir. Francia permanece bajo el procedimiento de déficit excesivo de la Unión Europea, lo que mantiene abierta la puerta a nuevas rebajas de calificación crediticia.

3.2 España: fundamentales que sostienen una prima contenida

España ha consolidado un «sorpasso» favorable frente a Francia: el bono español a diez años apenas ha sumado 60 puntos básicos desde finales de febrero de 2026, muy por debajo del repunte francés. El crecimiento económico interanual del 2,4 % en el primer trimestre, un déficit público del 3,1 % del PIB en 2025 con trayectoria descendente y el respaldo de la Comisión Europea a la senda de ajuste sostienen la confianza inversora. La sindicación del Tesoro de enero de 2026 alcanzó una demanda récord de 145.000 millones de euros.

4. Implicaciones para España

  • Coste de financiación soberana: prima de riesgo contenida frente a Francia e Italia, lo que abarata el coste marginal de emitir nueva deuda.
  • Sector bancario: el apetito extraordinario por deuda AT1 permite a entidades como Banco Santander fijar su coste de capital regulatorio a diez años en condiciones muy favorables, una circunstancia que, en modo alguno, debe considerarse como permanente.
  • Riesgo de contagio: un episodio de estrés en los Treasuries o en el Bund alemán se trasladaría, con menor intensidad a la deuda española; pero, no debe olvidarse que la traslación será real.
  • Vulnerabilidad estructural: el diferencial favorable frente a Francia es en parte un fenómeno relativo (Francia empeora más rápido de lo que España mejora) y, en absoluto, no debe interpretarse como inmunidad.

5. Implicaciones para Francia

  • Coste de financiación estructuralmente más caro, con deuda pública que supera ampliamente el 110 % del PIB y efecto bola de nieve sobre el déficit.
  • Riesgo político persistente: presupuesto 2026 aprobado sin mayoría real; elecciones municipales de marzo 2026 y presidenciales de 2027 mantienen la incertidumbre fiscal abierta.
  • Riesgo de rating bajo el procedimiento de déficit excesivo de la UE.
  • Los emisores franceses probablemente paguen una prima idiosincrásica creciente frente a comparables alemanes o españoles.

6. El mercado de deuda de EE.UU. La intervención del Tesoro y el papel de la Fed

Esta sección amplía la nota con varios elementos que conectan el episodio estadounidense de agosto de 2026 con el marco analítico ya desarrollado (canal de prima por plazo, distinción QT activo/pasivo, agenda estructural de Warsh): (i) la naturaleza exacta de la intervención del Tesoro; (ii) la línea de swap con el Banco de Japón; (iii) la cuestión de independencia de la Fed que se desprende de las expectativas del mercado sobre Jackson Hole; y (iv) el mecanismo contable concreto de financiación de las recompras.

6.1 Recompras del Tesoro: gestión de deuda, no política monetaria

El 20 de agosto el Tesoro estadounidense anunció que duplicaría el ritmo de sus recompras (buybacks) de deuda de largo plazo, apenas dos semanas después de haber fijado los objetivos trimestrales para esa misma operación. El movimiento sorprendió al mercado y produjo un descenso inmediato, pero limitado y reversible, de los tipos largos.

Conviene clasificar esta medida con precisión dentro de la taxonomía que ya usamos para distinguir actores y mandatos en el mercado de deuda soberana: la decisión no la toma el FOMC ni responde a un objetivo de política monetaria (inflación, empleo), sino a la gestión operativa de la cartera de deuda del Tesoro; con una función de suavizar la curva de rendimientos y facilitar la liquidez secundaria, no endurecer o relajar las condiciones financieras agregadas. Es, en sentido estricto, política de gestión de deuda (debt management), competencia fiscal, no monetaria.

Actor / instrumentoNaturaleza de la decisiónEjemplo en este episodio (ago. 2026)
Reserva Federal (FOMC)Política monetaria: QT activo/pasivo sobre su propio balanceRégimen de «reservas amplias» desde dic. 2025; sin QT activo declarado
Tesoro de EE.UU. (Bessent)Gestión de deuda / política fiscal: composición de la emisión, no su volumen agregadoDuplicación de recompras (buybacks) de deuda de largo plazo, anunciada sin previo aviso
Banco de Japón (vía swap line)Gestión de reservas extranjeras de un tercer país, facilitada por EE.UU.Línea de financiación en dólares para evitar venta de Treasuries al defender el yen

Esta distinción explica por qué el efecto ha sido efímero: el volumen de las nuevas recompras es inferior al de una subasta estándar del Tesoro, y las operaciones se financian emitiendo más deuda a corto plazo; es decir, no reducen la duración agregada en manos del mercado, solo la recomponen. Bajo el canal de prima por plazo que veníamos desarrollando, una intervención que no reduce la oferta neta de duración no puede comprimir de forma sostenida esa prima; de ahí que los tipos largos hayan vuelto a acercarse a los máximos previos al anuncio en cuestión de días. El mercado (Edmond de Rothschild, ING, Muzinich) ha leído la medida sobre todo como señal política de que Washington vigila el mercado de bonos, más que como palanca con capacidad de alterar de forma duradera los rendimientos.

La predicción se confirmó con un margen mayor del esperado: según datos de rendimiento de la Reserva Federal, el 30 años revirtió la totalidad del repunte inicial del anuncio del 19 de agosto en apenas 48 horas, antes incluso de que se ejecutara una sola operación de compra. El propio mecanismo duración-neutral que describimos explica el sentido del movimiento, pero de manera incompleta la velocidad: el mercado no se limitó a descontar la magnitud técnica limitada de la medida, sino que la interpretó directamente como intento de gestión de precios más que de liquidez, anticipando su ineficacia antes de que hubiera datos que la mostraran.

A esta lectura mecanicista se suma una crítica de Economía política que la complementa sin sustituirla: Stanley Druckenmiller (antiguo mentor de Bessent en el Quantum Fund de Soros) publicó el 25 de agosto un artículo de opinión en The Wall Street Journal calificando la medida de «gestión de precios» y no de gestión de liquidez, y advirtiendo de que «los gobiernos que defienden precios contrarios a los fundamentales siempre pierden». Su argumento retoma la doctrina del bond vigilante (acuñada por Ed Yardeni a principios de los ochenta y popularizada durante el episodio Clinton de 1993-94): el rendimiento del bono largo funciona como disciplinador presupuestario sustitutivo cuando la disciplina electoral o institucional falla. El matiz más relevante de su intervención no es el tópico habitual («el mercado está castigando el déficit»), sino más específico: con el 10 años cerca del crecimiento nominal, las condiciones financieras eran neutras, no restrictivas; el mercado apenas empezaba a ejercer esa función disciplinadora cuando el Tesoro intervino para acallarla, antes incluso de que se manifestara plenamente.

6.2 La línea de swap con el Banco de Japón: gestión de reservas extranjeras, no intervención cambiaria directa

A principios de agosto, y en el marco del acuerdo comercial con Japón, Bessent pactó una línea de financiación para que el Banco de Japón pueda defender el yen sin tener que vender Treasuries de su cartera de reservas. Encaja en la tercera categoría de nuestra taxonomía: es una decisión que EE.UU. facilita, pero que responde a la política de gestión de reservas de un tercer país, no a su propia política monetaria ni a intervención cambiaria bilateral directa sobre el yen.

El objetivo declarado es preventivo: Japón es uno de los mayores tenedores extranjeros de deuda estadounidense (en torno a 1,1 billones de dólares, aproximadamente el 12 % de las tenencias extranjeras totales a junio de 2026), y una venta de Treasuries por parte del BoJ para intervenir en el mercado de divisas actuaría, desde la perspectiva de EE.UU., como un choque de demanda externo negativo sobre su propio mercado de deuda. La swap line neutraliza ese canal de contagio sin que la Fed tenga que intervenir.

6.3 El mecanismo TGA: cómo se financian las recompras sin emisión neta inmediata

El apartado 8.1 explica por qué las recompras no comprimen de forma sostenida la prima por plazo: se financian con emisión de corto plazo, de modo que no reducen la duración agregada en manos del mercado. Conviene precisar el canal contable concreto que hace posible esa operación sin emisión neta inmediata.

El Tesoro mantiene en la Reserva Federal una cuenta corriente, la Treasury General Account (TGA), con un saldo cercano a un billón de dólares en agosto de 2026. Cuando el Tesoro utiliza el TGA para recomprar deuda de largo plazo en manos privadas, el saldo de esa cuenta, un pasivo de la Fed, disminuye en la misma cuantía en que aumentan las reservas bancarias, otro pasivo de la Fed. No hay creación neta de base monetaria: es una permuta entre dos pasivos del banco central, no una expansión de su balance. El efecto de liquidez sobre el sistema bancario es, sin embargo, real e inmediato: efectivo hasta entonces inmovilizado en la cuenta del Tesoro pasa a formar parte de las reservas del sistema.

Esta permuta de pasivos explica un efecto colateral que el análisis puramente centrado en la prima por plazo no captura por sí solo: para un banco que vende al Tesoro un bono largo, la operación sustituye en su balance un activo sensible a tipos por reservas líquidas en la Fed, reduciendo su riesgo de duración en el mismo momento en que aumenta su liquidez. Es un canal de transferencia de riesgo hacia el balance público, no de compresión de rendimientos; y, la medida opera sobre la distribución del riesgo de duración en el sistema, no sobre su volumen agregado ni, de forma sostenida, sobre su precio.

Aviso: este documento tiene finalidad informativa y de análisis de mercado; no constituye asesoramiento financiero, jurídico ni recomendación de inversión personalizada. Los niveles de rentabilidad y prima de riesgo citados corresponden a las fechas de referencia indicadas y están sujetos a variación diaria. El autor de esta nota no es un asesor financiero registrado.

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Cuando el Tesoro hace de banco central: la transmisión de las intervenciones de deuda pública a las hipotecas y al crédito empresarial

Cuando un hogar estadounidense pregunta hoy por qué su hipoteca a 30 años cuesta 6,77 % o una empresa mediana por qué su línea de crédito sindicado se encarece, la respuesta intuitiva suele apuntar a la Reserva Federal. Es una respuesta incompleta. Desde el verano de 2026, el Departamento del Tesoro, y no el banco central, se ha convertido en un actor activo y visible en la formación de los tipos de interés de largo plazo, mediante un programa ampliado de recompras de deuda (buybacks), una gestión inusualmente agresiva de su cuenta en la Reserva Federal (la Treasury General Account, TGA) y decisiones de composición de emisión que alteran la cantidad de duración que el sector privado debe absorber.

Apoyándose en el aparato conceptual de la Economía monetaria y de la estructura temporal de tipos de interés, se desarrolla a continuación una explicación de cómo estas decisiones del Tesoro se transmiten, siempre con distinta intensidad y por canales distintos, al tipo hipotecario y al coste del crédito empresarial. La tesis central es sencilla de enunciar y más compleja de verificar empíricamente: el Tesoro está ensayando, con instrumentos de gestión de deuda, algo que se parece funcionalmente a una operación de banca central, y los mercados, hasta ahora, se muestran solo parcialmente convencidos de su eficacia.

1. El armazón conceptual: cómo se fija el precio del crédito privado

Prácticamente todo instrumento de crédito en dólares se descompone, a efectos de pricing, en dos bloques:

tipo de interés del crédito privado = tipo de referencia libre de riesgo + prima (spread)

El primer bloque, el tipo libre de riesgo, se ancla en la curva de rendimientos del Tesoro estadounidense. La literatura de estructura temporal de tipos de interés descompone a su vez ese rendimiento en dos componentes:

rendimiento a n años ≈ expectativa media del tipo de corto plazo durante n años + prima por plazo (term premium)

El primer componente del rendimiento libre (en parte) de riesgo refleja la trayectoria esperada de la política monetaria de la Reserva Federal. El segundo, la prima por plazo, es la compensación que exige el inversor por mantener duración, y depende de factores de oferta y demanda de activos seguros: cuánta deuda de largo plazo debe absorber el sector privado, cuán líquida es esa deuda, y cuánta incertidumbre fiscal incorpora el mercado. Los modelos de “preferred habitat” (Vayanos y Vila, 2009; Greenwood y Vayanos, 2014) y el trabajo de Krishnamurthy y Vissing-Jorgensen (2012) sobre la demanda agregada de deuda del Tesoro establecen un resultado importante en este análisis: la composición y el volumen de la emisión neta de deuda pública no son neutrales para el nivel de los tipos de largo plazo, incluso aunque se mantuviese constante la trayectoria esperada de tipos de corto plazo de la Fed. El modelo ACM (Adrian, Crump y Moench, 2013) de la Fed de Nueva York es la referencia estándar para descomponer empíricamente ambos componentes.

Esto es lo que hace relevante, y no meramente anecdótico, que el Tesoro (el emisor, no el banco central) esté interviniendo activamente sobre la oferta neta de duración.

2. Qué está haciendo el Tesoro ahora mismo

El 5 de agosto de 2026, el Tesoro publicó su anuncio trimestral de refinanciación (Quarterly Refunding Announcement, QRA). Ofreció 125.000 millones de dólares en valores para refinanciar aproximadamente 96.300 millones en vencimientos, captando unos 28.700 millones de dólares de caja nueva del sector privado, con tamaños de subasta sin cambios: 58.000 millones a 3 años, 42.000 millones a 10 años y 25.000 millones en bonos a 30 años[1]. La estrategia declarada sigue privilegiando la financiación mediante letras del Tesoro (T-bills) de corto plazo: la emisión de letras a 4 semanas promedia en 2026, unos 94.000 millones de dólares por subasta, frente a 47.000 millones en 2016, consolidándose como el mayor instrumento de financiación del Tesoro en términos de volumen[2].

Lo verdaderamente novedoso ocurrió a mediados de agosto. Tras un repunte de los rendimientos de largo plazo (el bono a 30 años llegó a tocar 5,23 %, su nivel más alto desde 2007), el secretario Bessent anunció una ampliación sustancial del programa de recompras de bonos “off-the-run” (emisiones antiguas, menos líquidas) en el tramo largo, duplicando el tamaño mínimo de cada operación de 2.000 a al menos 4.000 millones de dólares, con operaciones de mayor tamaño en el tramo de 10 a 30 años a partir del 9-10 de septiembre[3]. Bessent bautizó la operación como “Treasury Twist”, en referencia deliberada a la Operation Twist de la Reserva Federal de 2011: comprar duración larga pagando con instrumentos de corto plazo, con el objetivo de aplanar la curva y comprimir los rendimientos largos sin necesariamente ampliar la emisión neta total.

El elemento más significativo, sin embargo, es cómo se está financiando esa operación. En lugar de anunciar más emisión de letras para pagar las recompras (lo que habría sido fiscalmente neutral en términos de duración neta absorbida por el mercado), el Tesoro ha dejado abierta la posibilidad de financiarlas con cargo a su saldo en la TGA, que se situaba en torno a 935.000-967.000 millones de dólares a finales de agosto, cifra que prácticamente duplica el objetivo declarado durante la administración anterior (550.000-600.000 millones)[4][5]. Si las recompras se financian con caja ya acumulada en lugar de con nueva emisión, la operación se acerca más a una verdadera contracción de la duración neta ofrecida al mercado (el equivalente fiscal de una intervención de banco central) que a una simple recomposición de la cartera de deuda existente.

3. El canal hacia el tipo hipotecario

El tipo hipotecario fijo a 30 años en Estados Unidos se fija, en la práctica, como el rendimiento del bono del Tesoro a 10 años más un diferencial (“spread primario-secundario”) que compensa el riesgo de prepago, la comisión de garantía y el margen del originador, y que depende de la liquidez del mercado de MBS de agencia (TBA). Este diferencial ha oscilado históricamente en torno a 150 puntos básicos en condiciones normales, pero se sitúa actualmente cerca de 190-200 puntos básicos, ésta es una cifra elevada respecto al patrón de largo plazo, pero muy próxima a su propia media de los últimos doce meses[6][7]. Esto es analíticamente importante: significa que el diferencial no está ampliándose por factores idiosincráticos del mercado hipotecario (tensión de liquidez, riesgo de prepago anómalo), sino que se mantiene estable, por lo que casi la totalidad del movimiento reciente del tipo hipotecario es traslación directa del movimiento del rendimiento a 10 años, no una prima adicional propia del segmento hipotecario.

Con el 10 años cerrando en torno a 4,78-4,80 % a principios de septiembre de 2026 y el tipo hipotecario fijo a 30 años en 6,74-6,77 %[8][9], la implicación es directa: si el Treasury Twist logra comprimir de forma sostenida el rendimiento a 10-30 años, el tipo hipotecario debería seguirlo de manera casi mecánica, dado que el spread no está mostrando tensión propia. Si, por el contrario, la operación no logra anclar expectativas de forma duradera, el tipo hipotecario seguirá cotizando esencialmente la trayectoria fiscal y de inflación que ya incorpora el 10 años, con independencia de las recompras.

Aquí conviene una precisión, en línea con la disciplina de distinguir instrumentos: ésta es una intervención del Tesoro sobre la oferta de duración soberana, distinta y separable de la política de reducción de balance de la Reserva Federal (QT) sobre su propia cartera de MBS de agencia, que opera por un canal de escasez específico sobre ese activo y que responde a la agenda (hasta el presente  predominantemente retórica) del presidente Warsh. Ambos factores presionan en la misma dirección general sobre el tipo hipotecario, pero por mecanismos distintos: uno actúa sobre la prima por plazo del activo libre de riesgo; el otro, sobre la prima de escasez específica del MBS.

4. El canal hacia el crédito empresarial

Aquí es necesario separar dos universos de financiación corporativa que responden a mecanismos distintos.

Bonos corporativos a tipo fijo (investment grade y high yield). Se valoran como el rendimiento del Tesoro de vencimiento comparable más un diferencial de crédito (option-adjusted spread, OAS), que compensa riesgo de impago, liquidez y, en menor medida, riesgo de tipo de interés residual. Si el Treasury Twist comprime el tramo largo de la curva soberana, el componente libre de riesgo de estos bonos baja en la misma magnitud; el diferencial de crédito, en cambio, no responde directamente a la gestión de deuda del Tesoro, sino a las condiciones idiosincráticas de solvencia corporativa y al apetito de riesgo agregado. La transmisión aquí es, por tanto, parcial y mecánica: solo afecta al primer bloque de la ecuación de pricing, no al segundo.

Crédito a tipo variable (préstamos sindicados, líneas bancarias, pagarés de empresa). Se fijan típicamente como SOFR más un diferencial. El SOFR es un tipo de repo garantizado con colateral del Tesoro, y su nivel depende de la abundancia o escasez de reservas bancarias y colateral disponible en el sistema. Y es precisamente aquí donde la gestión de la TGA, y no las recompras, se vuelve relevante. Cuando el Tesoro mantiene un saldo de caja inusualmente elevado en su cuenta de la Reserva Federal, esos fondos quedan retenidos como depósitos del Tesoro en lugar de recircular como reservas del sistema bancario; en igualdad de condiciones, esto drena reservas agregadas, tal y como describe el marco de análisis del propio sistema de la Reserva Federal para las fluctuaciones de la TGA (Vissing-Jorgensen, FEDS Notes, 2025)[10]. Un saldo de TGA que casi duplica el objetivo histórico (y que, según fuentes del propio Tesoro, se ha ido construyendo de forma deliberada para poder financiar las recompras sin emitir deuda adicional) constituye, en términos de balance agregado del sistema, un drenaje de reservas mayor y más persistente de lo habitual.

Bajo el régimen actual de “reservas amplias” de la Reserva Federal, ese drenaje se absorbe primero contra los saldos de la facilidad de recompra inversa a un día (ON RRP) antes de tocar reservas bancarias propiamente dichas; esto supone una amortiguación de la presión sobre el SOFR, pero en absoluto una eliminación de la misma. El canal se vuelve más apremiante en la medida en que los saldos de ON RRP se aproximen a su agotamiento, momento en el que el drenaje empezaría a transmitirse con mayor intensidad a reservas y, por tanto, a los tipos de repo de los que depende el SOFR.

En esencia, el crédito corporativo a tipo fijo se beneficia (o se perjudica) del Twist casi exclusivamente a través del tramo largo de la curva soberana; el crédito a tipo variable queda expuesto, además, a la gestión de caja del Tesoro a través del canal de reservas. Este es un mecanismo que hasta ahora se asociaba casi en exclusiva con el balance de la Reserva Federal, y que ahora comparte, de facto, con la autoridad fiscal.

5. Síntesis y cautelas empíricas

Dos precisiones son necesarias antes de sacar conclusiones normativas.

Primera: la reacción del mercado al anuncio de recompras ampliadas de agosto fue ambivalente: un repunte inicial de los precios de los bonos seguido de una reversión parcial cuando los analistas cuestionaron si la “potencia de fuego” anunciada era real[11]. Esta tibieza es coherente con la literatura empírica sobre operaciones de gestión de duración: las estimaciones del efecto de la Operation Twist de la Fed de 2011 sobre el rendimiento a 10 años se sitúan, según distintos estudios (D’Amico y King, 2013), en un rango modesto de apenas 10-20 puntos básicos. No hay razón a priori para esperar que una operación de tamaño más reducido, ejecutada por el Tesoro y no por el banco central, logre un efecto mayor sobre una curva presionada al alza por un déficit estructural persistente.

Segunda: drenar la TGA para financiar recompras reduce el colchón de caja disponible antes del próximo enfrentamiento por el techo de deuda, que distintas estimaciones sitúan en torno al invierno de 2026 o principios de 2027[12]. Si ese colchón se agota y obliga a “medidas extraordinarias”, la dinámica de reservas podría revertirse abruptamente, con efectos ambiguos sobre el SOFR y, por extensión, sobre el crédito corporativo a tipo variable.

De este conjunto, se desprende una observación de Economía política tan relevante como el mismo mecanismo técnico: el Tesoro está ejerciendo, con instrumentos de gestión de deuda, una influencia sobre la prima por plazo (tramo largo) y sobre las condiciones de reservas (tramo corto) que tradicionalmente correspondía a la política monetaria. Esto no equivale a dominancia fiscal en el sentido estricto del término puesto que no hay monetización directa ni renuncia explícita del objetivo de inflación por parte de la Fed, pero sí constituye una forma de intervención cuantitativa sobre la curva ejercida por la autoridad fiscal, cuyos efectos sobre el coste del crédito de los hogares y las empresas conviene distinguir cuidadosamente de los que emanan, en paralelo, del propio balance de la Reserva Federal.

Referencias

Fuentes primarias e institucionales (2026)

[1] U.S. Department of the Treasury, “Quarterly Refunding Statement of Deputy Assistant Secretary for Federal Finance Brian Smith”, 5 de agosto de 2026. home.treasury.gov/news/press-releases/sb0590

[2] Peter G. Peterson Foundation, “News from the Quarterly Treasury Refunding Statement”, julio de 2026. pgpf.org/article/news-from-the-quarterly-treasury-refunding-statement/

[3] CNBC, “Bessent could tap near $1 trillion Treasury General Account to fund bond buybacks, sources said”, 24 de agosto de 2026. cnbc.com/2026/08/24/bessent-1-trillion-treasury-general-account-bond-buybacks.html

[4] Advisor Perspectives / CNBC, “Bessent Eyes Treasury Cashpile for Debt Buybacks”, agosto de 2026. advisorperspectives.com/articles/2026/08/24/bessent-eyes-treasury-cashpile-debt-buybacks

[5] 24/7 Wall St., “Bessent Quietly Built a $950 Billion War Chest Sitting In An Account At The Fed”, agosto de 2026. 247wallst.com

[6] HousingWire, “30-Year Mortgage vs 10-Year Treasury Spread”. housingwire.com/30-year-mortgage-vs-10-year-treasury-spread/

[7] MortgageDaily, “Mortgage Rate Forecast: Week of September 7-11, 2026”. mortgagedaily.com/mortgage-rate-forecast/week-of-september-7-2026/

[8] MortgageDaily, “Mortgage Rates Today: 30-Year 6.77%  Sep 9, 2026”. mortgagedaily.com/rates/mortgage-rates-today-2026-09-09/

[9] StreetStats, “Mortgage Rates”. streetstats.finance/rates/mortgages

[10] Annette Vissing-Jorgensen, “Fluctuations in the Treasury General Account and their effect on the Fed’s balance sheet”, FEDS Notes, Federal Reserve Board, 6 de agosto de 2025. federalreserve.gov/econres/notes/feds-notes/fluctuations-in-the-treasury-general-account-and-their-effect-on-the-feds-balance-sheet-20250806.html

[11] 24/7 Wall St. / Yahoo Finance, cobertura de la reacción de mercado al anuncio de recompras, agosto de 2026 (véanse notas 4-5).

[12] CNBC / 24/7 Wall St., estimaciones sobre el techo de deuda, agosto de 2026 (véanse notas 3, 5).

Literatura académica de referencia

  • Adrian, T., Crump, R. K., y Moench, E. (2013). “Pricing the Term Structure with Linear Regressions.” Journal of Financial Economics, 110(1), 110-138.
  • Bernanke, B. (2015). “Why are interest rates so low, part 4: Term premiums.” Brookings Institution, Ben Bernanke’s Blog.
  • D’Amico, S., y King, T. B. (2013). “Flow and stock effects of large-scale treasury purchases: Evidence on the importance of local supply.” Journal of Financial Economics, 108(2), 425-448.
  • Greenwood, R., y Vayanos, D. (2014). “Bond Supply and Excess Bond Returns.” Review of Financial Studies, 27(3), 663-713.
  • Hancock, D., y Passmore, W. (2011). “Did the Federal Reserve’s MBS purchase program lower mortgage rates?” Journal of Monetary Economics, 58(5), 498-514.
  • Krishnamurthy, A., y Vissing-Jorgensen, A. (2012). “The Aggregate Demand for Treasury Debt.” Journal of Political Economy, 120(2), 233-267.
  • Vayanos, D., y Vila, J.-L. (2009/2021). “A Preferred-Habitat Model of the Term Structure of Interest Rates.” Review of Economic Studies, 88(1), 77.
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2026: el año en que el ciclo económico se partió

Elies Furió Blasco & Matilde Alonso Pérez (Université de Lyon)

Si algo define la coyuntura de 2026 es que ya no tiene sentido hablar de «el» ciclo económico mundial: hay, como mínimo, tres evoluciones diferentes de ciclo económico avanzando en paralelo. Estados Unidos y España crecen con fuerza (aunque su interconexión es otra cosa), el núcleo de la eurozona apenas se mueve, y China gestiona, con más orden del que sugieren los titulares, una desaceleración que ya dura varios trimestres. Esta entrada incorpora algo de instrumental teórico, gráficos y una mirada más de cerca a Francia, la política comercial estadounidense, la transición energética y la letra pequeña de la inversión en Inteligencia Artificial.

Un poco de teoría, sin fórmulas

Dos ideas ayudan a ordenar todo lo que sigue. La primera es la brecha de producción: la diferencia entre lo que una economía produce y lo que podría producir de forma sostenible sin generar inflación creciente. Una economía con brecha positiva (como parecen tener hoy Estados Unidos o España) tira de precios al alza; una con brecha negativa o con crecimiento potencial deprimido (como Alemania, que apenas ha crecido desde 2019) tiene margen ocioso. La segunda idea es la distinción entre choques de oferta y de demanda: un choque de oferta adverso, como el petróleo por la guerra con Irán, sube los precios y baja la producción a la vez (la temida combinación estanflacionaria); un choque de inversión, como el de la Inteligencia Artificial o el de la transición energética, tira primero de la demanda, y sólo más adelante, si cuaja, empuja también la oferta vía productividad. Con estas dos ideas en mente, el resto de la entrada se entiende mejor.

El contraste que más llama la atención

Entre el primer y el segundo trimestre de 2026, Alemania pasó de crecer un 0,4 % a un 0,2 % intertrimestral, Italia hizo lo mismo (de 0,3 % a 0,2 %) y Francia directamente se quedó plana. Mientras tanto, España aceleró de un ya notable 0,6 % a un 0,7 %, con un crecimiento interanual del 2,7 %, muy por encima de la media de la eurozona. La propia OCDE atribuye la moderación alemana e italiana a factores de demanda interna, mientras que el INE destaca que España encadena ya veinticuatro trimestres consecutivos de crecimiento intertrimestral positivo, apoyada en el consumo de los hogares y la inversión en construcción.

PIB real, variación intertrimestral. Alemania, Francia, Italia y España. Fuentes: OCDE e INE.

Estados Unidos: aranceles, estímulo y una Fed que afloja

El caso estadounidense merece un vistazo aparte. El FMI calcula que los aranceles, que han disparado el arancel medio efectivo del 2,5 % a más del 15 % (el más alto desde la Segunda Guerra Mundial), funcionan como el libro de texto predice de un choque de oferta: algo más de inflación, algo menos de producto. Lo llamativo es que el crecimiento no se ha resentido: la ley fiscal conocida como One Big Beautiful Bill y la relajación de tipos de la Reserva Federal han compensado ese lastre, y el FMI señala además un crecimiento de la productividad amplio y robusto como sostén adicional. El Reino Unido, por su parte, aceleró del 0,2 % al 0,6 % intertrimestral entre el cuarto trimestre de 2025 y el primero de 2026, para moderarse de nuevo al 0,4 % en el segundo.

PIB real, variación intertrimestral. Estados Unidos y Reino Unido. Fuentes: OCDE y ONS.

Francia: por qué el mercado se encoge de hombros ante las rebajas

Desde septiembre de 2025, Fitch y S&P han rebajado la calificación de Francia, y aun así el diferencial entre la deuda francesa y la alemana a diez años se mueve en una banda de 65 a 85 puntos básicos (83,6 puntos básicos el 21 de agosto de 2026), muy lejos de los más de 225 puntos que llegó a alcanzar en la crisis de 2011. La explicación es tan técnica como reveladora: la regulación bancaria europea solo endurece de verdad los requisitos de capital cuando una rebaja cruza un umbral determinado (un «escalón de calidad crediticia»), y el mercado ya había anticipado buena parte del movimiento.

Lo más incómodo, sin embargo, no es el mercado, sino la aritmética de la sostenibilidad de la deuda. Francia mantiene un déficit primario cercano al 3,4 % del PIB hasta 2030, mientras que Italia, con una deuda mucho más alta en proporción al PIB (en torno al 135-139 %, frente a unos veinte puntos menos en Francia), ya se acerca al superávit primario necesario para estabilizar la suya. El nivel de deuda importa, pero la trayectoria y la voluntad de corregirla importan más. Y el cortafuegos del BCE, el Instrumento de Protección de la Transmisión, tiene una trampa de diseño para el caso francés: solo se activa si el ensanchamiento del diferencial no está justificado por el deterioro de los propios fundamentos fiscales, precisamente lo que le está ocurriendo a Francia.

China: desaceleración, no colapso

China creció un 4,3 % interanual en el segundo trimestre, frente al 5,0 % del primero: el ritmo más flojo desde mediados de 2024. La Oficina Nacional de Estadísticas señala que la construcción y la inversión privada siguen lastradas por el largo ajuste inmobiliario, mientras que las manufacturas y las exportaciones sostienen la actividad. Pekín ya ha reaccionado con un objetivo de déficit fiscal cercano al 4 % del PIB para este año. Japón, mientras tanto, sigue siendo el más irregular del grupo: repuntó al 0,5 % intertrimestral en el primer trimestre de 2026 y volvió a moderarse al 0,3 % en el segundo, con el consumo privado estancado.

PIB real, variación intertrimestral. China y Japón. Fuentes: NBS de China y OCDE.

La transición energética: el otro ciclo de inversión del que se habla menos

Junto al petróleo y la Inteligencia Artificial, hay un tercer factor que rara vez comparte titulares: la inversión mundial en energía limpia supera ya, por segundo año consecutivo, a la inversión en combustibles fósiles, y la Unión Europea aumentó su gasto en transición energética un 18 % en 2025. El Foro Económico Mundial apunta que en 2026 esta transición se plantea cada vez más como una carrera de política industrial y competitividad (baterías, hidrógeno, redes eléctricas), que como una cuestión estrictamente climática, con China invirtiendo casi tanto como Estados Unidos y la Unión Europea juntos. En España, de hecho, el despliegue renovable figura entre los factores que sostienen la fortaleza de la inversión: es, en la práctica, otro motor de demanda dentro del ciclo actual.

IA: ¿ya hay productividad, o todavía es solo inversión?

Aquí conviene ser precisos. Un estudio de la Reserva Federal de Kansas City muestra que la productividad laboral estadounidense lleva por encima de su tendencia pre-pandemia desde 2022, justo cuando despegó la IA generativa, aunque los propios autores describen esa relación como sugerente, no probada. El dato más fino llega de los datos oficiales de productividad del primer trimestre de 2026: mientras la producción por hora trabajada sigue acelerando, la productividad total de los factores (la que mide eficiencia real, no solo más capital) se desaceleró del 1,5 % al 0,8 % entre 2024 y 2025. Traducido: las empresas están invirtiendo mucho en IA, y eso ya empuja algo la productividad laboral, pero la ganancia de eficiencia genuina, la que hablaría de una mejora de competitividad duradera, todavía no se distingue con claridad en los datos agregados. En 2026, con lo que sabemos hoy, la IA sigue siendo sobre todo una historia de inversión.

¿Y ahora qué?

Quedan más preguntas abiertas que certezas: si la brecha entre inversión y productividad de la IA se cierra con una aceleración real de la eficiencia o con una corrección de expectativas; si el ciclo inversor de la transición energética amortiguará futuros choques petroleros o si la dependencia fósil de corto plazo limita ese efecto; si la disciplina fiscal que hoy exhibe Italia frente a Francia aguanta políticamente; y si el estancamiento franco-alemán es ya estructural o solo un fenómeno cíclico ligado a los costes energéticos. En buena medida, el hilo conductor sigue siendo el mismo: la disciplina fiscal y la composición del crecimiento, más o menos dependiente de la demanda interna, están marcando, más que nunca, quién crece y quién no dentro de Europa.

Nota: los datos de 2026 citados en esta entrada son provisionales («avance») y están sujetos a revisión por los institutos de estadística nacionales. Fuentes: OCDE, INE, NBS de China, FMI, ONS/House of Commons Library, Reserva Federal de Kansas City, Indeed Hiring Lab, Foro Económico Mundial y Consejo de la Unión Europea (consultadas en septiembre de 2026).

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Guerra, petróleo y algoritmos: así se está partiendo en dos el ciclo económico mundial

Por qué España crece más que Alemania, por qué Japón acaba de vivir su mayor giro monetario en treinta años, y por qué China sigue siendo la gran incógnita estadística del año.

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Elies Furió Blasco & Matilde Alonso Pérez

Hay años en los que la economía mundial se mueve más o menos al unísono (una recesión sincronizada, un boom generalizado) y hay años en los que cada bloque parece vivir en su propia película. 2026 es claramente de los segundos. El Fondo Monetario Internacional lleva meses insistiendo en la misma idea con una imagen bastante gráfica: el mundo se mueve «a contracorriente entre la guerra y la tecnología». No es una metáfora vacía. Por un lado, la guerra en Oriente Medio y el bloqueo intermitente del estrecho de Ormuz han vuelto a poner el petróleo en el centro del tablero; la última vez fue 2022. Por otro, el ciclo de inversión en Inteligencia Artificial sigue empujando con fuerza suficiente como para sostener el crecimiento allí donde se ha sabido montar en esa ola. El resultado es un mundo que crece dado que una previsión del 3% para 2026 no es una crisis, pero que crece de forma muy desigual, y con una inflación que, para sorpresa de muchos, ha dejado de bajar.

El hilo que lo explica casi todo: de dónde sale el petróleo caro

Conviene empezar por el dato más simple y a la vez más determinante de todo el año: el precio del Brent. En diciembre de 2025 cotizaba en torno a 59 dólares el barril. En abril de 2026, con el estrecho de Ormuz prácticamente cerrado al tráfico petrolero, llegó a tocar casi 121 dólares intradía, aunque el crudo físico, el llamado «Dated Brent», llegó a superar los 140. Un alto el fuego de dos semanas hizo que los precios se desplomaran un 20% en un solo día. Y a finales de agosto, justo cuando parecía que la tensión remitía, Estados Unidos e Irán volvieron a intercambiar ataques y el Brent recuperó los 90 dólares. Ese vaivén de más del 100% en apenas nueve meses no es ruido estadístico: es la variable que explica buena parte de por qué Europa lo está pasando peor que Estados Unidos este año.

El FMI ha revisado al alza su previsión de inflación mundial tres veces seguidas en 2026: del 3,8% en enero al 4,7% en julio, y la referencia evidente es el shock energético.

La razón de fondo es sencilla y la explica bien un ejercicio de simulación del Peterson Institute for International Economics: en un escenario de petróleo sostenido en 120 dólares, la región de Oriente Medio y el norte de África pierde el 12,4% de su PIB respecto a la senda sin guerra; las economías asiáticas importadoras netas de energía como Vietnam, India o Tailandia pierden en torno a un 3%…; y, los Estados Unidos apenas nota un 1,2%. Ahí está la primera clave para entender por qué este ciclo divide tan claramente a ganadores y perdedores: no es cuestión de tamaño de la economía, sino de exposición neta y de factura energética.

Estados Unidos y China: dos velocidades, y una de ellas sin velocímetro fiable

Estados Unidos llega a este shock en una posición relativamente cómoda. El FMI mantiene su previsión de crecimiento en el 2,3% para 2026; la Reserva Federal ha ido revisando al alza sus propias estimaciones a lo largo del año, y el paro sigue rondando el 4,4%. El pero, y es un pero importante, es que la inflación no termina de ceder: la Fed sitúa la inflación subyacente en el 2,7%, muy por encima de su objetivo del 2%; con el añadido de que la propia Reserva Federal atraviesa un momento institucional inusual: su nuevo presidente, Kevin Warsh, ha puesto en marcha cinco grupos de trabajo para revisar el marco de política monetaria justo cuando la Casa Blanca presiona abiertamente para que se acelere el recorte de tipos. Se trata de una clase de fricción que los mercados de bonos, más tarde o más temprano, terminan cobrando en forma de prima de riesgo.

Mientras tanto, China sigue siendo el gran ejercicio de fe estadística del año. Pekín mantiene un discurso de crecimiento cercano al 5%. Pero los analistas independientes como Rhodium Group sitúan el crecimiento real de 2025 por debajo del 3%, y varias firmas de análisis de riesgo estiman que, descontado el componente de estímulo financiado con deuda, el crecimiento efectivo de 2026 podría rondar ese mismo 3% o incluso menos. Entretanto, el país encadena ya diez trimestres seguidos de presión deflacionaria. Se trata de la racha de caída de precios más larga desde su transición a economía de mercado hace casi medio siglo. La inversión inmobiliaria se ha desplomado entre un 50% y un 80% desde su máximo, y el paro juvenil roza el 17%. No hace falta suscribir la tesis catastrofista para reconocer que la brecha entre la cifra oficial y la que calculan los analistas independientes es, en sí misma, uno de los datos más relevantes del año: cuando dos fuentes serias discrepan en más de dos puntos porcentuales sobre el tamaño de la segunda economía del mundo, ese desacuerdo es una señal de alarma sobre la calidad de la información con la que se está tomando toda clase de decisiones, desde inversión privada hasta política comercial.

Japón, o cómo se sale (mal que bien) de treinta años de deflación

Si hay un protagonista inesperado en 2026, ese es Japón. El Banco de Japón subió en junio su tipo de referencia hasta el 1%, el nivel más alto desde 1995, después de que la inflación subyacente amenazara con superar «claramente» el objetivo del 2% y de que el yen, debilitado, obligara a una intervención cambiaria coordinada con Washington a finales de julio. Las negociaciones salariales de primavera (el famoso shunto) han arrojado subidas medias del 5,3%, la tercera cifra consecutiva en ese entorno. Dicho de otro modo: el mecanismo de retroalimentación entre salarios y precios que el Banco de Japón llevaba treinta años intentando resucitar, por fin parece estar funcionando.

El problema es que salir de una trampa deflacionaria de tres décadas no es gratis. Japón sigue siendo, con diferencia, el país más endeudado del mundo desarrollado, con una deuda de entre el 204% y más del 230% del PIB según la fuente, una disparidad que dice mucho sobre lo resbaladizas que pueden ser estas comparaciones. Dicho nivel de deuda sólo es sostenible mientras los tipos de interés se mantengan bajos. El bono a diez años japonés ya cotiza en el entorno del 2,5%, su nivel más alto en años. La normalización monetaria japonesa, en otras palabras, es una buena noticia estructural gestionada sobre una cuerda floja fiscal, y será uno de los experimentos de política económica más vigilados del resto de la década.

Europa: la zona euro que no es una, sino cuatro historias distintas

El Banco Central Europeo subió tipos en junio por primera vez en tres años: la facilidad de depósito pasó del 2% al 2,25%. La justificación explícita fue el impacto de la guerra sobre los precios energéticos; y, ahora, el mercado ya da por hecha una nueva subida en septiembre. Pero reducir la eurozona a una sola cifra de crecimiento (el 0,9% que maneja el FMI) esconde más de lo que revela.

Alemania intenta por fin dejar atrás dos años de recesión, apoyada en un giro fiscal histórico hacia gasto en defensa e infraestructuras. El propio grado de desacuerdo entre previsores (el Bundesbank apunta a un 0,6% de crecimiento para 2026, mientras que Goldman Sachs o el DIW Berlín hablan de hasta el 1,7%), es en sí mismo un síntoma de la incertidumbre sobre si ese estímulo llegará a tiempo o se topará con cuellos de botella en construcción e infraestructuras.

Francia, por su parte, se ha convertido en el eslabón más frágil del núcleo europeo: creció un 0% en el primer trimestre, mucho peor que España, Alemania o Italia, y encadena rebajas de calificación crediticia, y arrastra un déficit del 5,1% del PIB en un contexto de bloqueo parlamentario que hace muy difícil corregirlo. Las expectativas de las elecciones presidenciales no contribuyen a mejorar el escenario previsible.

Y luego está la paradoja del sur. España crece al 2,3%, la cifra más alta entre las grandes economías del euro, apoyada en empleo, inmigración y turismo; el precio de la fortaleza en el crecimiento es una inflación que el Banco de España ha revisado al alza hasta el 3,6%. Italia, en cambio, se estanca en el entorno del 0,5% mientras que su deuda pública sigue una trayectoria ascendente hacia el 139% del PIB en 2027, la más elevada del euro después de Grecia. Deuda sobre PIB es siempre un cociente con dos determinantes. En definitiva, en una misma unión monetaria y con un mismo tipo de interés del BCE, conviven así cuatro ciclos casi contradictorios.

El resto del mundo: quién paga de verdad la factura

Para los mercados emergentes, 2026 ha sido el año en el que la ventaja que habían acumulado en 2025 se ha evaporado casi por completo. La combinación de petróleo caro y dólar refugio ha golpeado con fuerza a los grandes importadores netos de energía de Asia: India, Corea del Sur, Indonesia, Filipinas, Tailandia, Vietnam. No es un golpe homogéneo: los exportadores de materias primas, en particular en América Latina, se han beneficiado de la mejora en su relación de intercambio. Pero el patrón general parece confirmar en este ciclo, ser importador neto de energía es, con diferencia, el factor que más separa a quien está saliendo bien parado de quien no. Aunque siempre hay excepciones (duraderas o temporales): mírese España.

Pero ante todo cautela

Todo lo anterior debería leerse con una advertencia explícita: se escribe con el conflicto de Oriente Medio todavía activo y el precio del petróleo moviéndose semana a semana. Un acuerdo de paz duradero seguiría siendo, con diferencia, el catalizador más potente para que buena parte de este análisis quede desactualizado en cuestión de días, para bien. Es, si se quiere, la mejor noticia posible que este texto podría recibir a modo de réplica.

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Warsh en Jackson Hole: cuando el cargo domina al nombramiento

Por qué el primer discurso del nuevo presidente de la Fed es un caso de manual de Economía política monetaria, y qué deja fuera el relato periodístico

Elies Furió Blasco y Matilde Alonso Pérez

El 28 de agosto de 2026, Kevin Warsh subió al atril de Jackson Hole con un problema de credibilidad que no era suyo, pero que ahora tiene que resolver: 65 meses de inflación por encima del objetivo, una guerra en Irán presionando el precio del petróleo, y un mercado de deuda soberana en máximos de rendimiento no vistos en casi dos décadas. Lo interesante no es que anunciara una subida de tipos: no lo hizo. El interés está todo lo que su discurso revela sobre cómo funciona (y a veces se resiste a funcionar) la independencia de un banco central.

El nombramiento no predice el comportamiento

Trump nombró a Warsh esperando lo contrario de lo que Powell le dio: tipos de interés más bajos, menos fricción. Warsh subió al atril y dijo, en sustancia, lo mismo que decía Powell: “no hay excusas”, “la estabilidad de precios no se garantiza por sí sola”. Esto no es una anomalía biográfica, es un resultado predicho por la teoría económica desde hace casi cincuenta años.

Kydland y Prescott (1977) y Barro y Gordon (1983) formalizaron el problema: un decisor con horizonte político corto tiene incentivos a sorprender con inflación para estimular el empleo, aunque el resultado de equilibrio (cuando el público lo anticipa) sea sólo más inflación sin más producto. La solución fue delegar en un “banquero central conservador” (Rogoff, 1985), deliberadamente más adverso a la inflación que la sociedad. Cukierman, Webb y Neyapti (1992) confirmaron empíricamente que más independencia legal correlaciona con menos inflación, y Alesina y Summers (1993) mostraron que ese resultado no cuesta crecimiento a largo plazo.

Lo que el episodio Warsh añade a esta literatura es un matiz sobre quién internaliza ese diseño institucional: no solo la ley, también la reputación del cargo. El mismo patrón, con algo más ambivalencia ciertamente, ya se observó en Nixon y Arthur Burns en 1971-72 (Abrams, 2006): un gobernador leal al presidente que aun así, en ciertos momentos, resistió la presión presidencial. El contraejemplo es Turquía: cuatro gobernadores destituidos desde 2019 por subir tipos, e inflación que pasó del 14% al 63%. Warsh, de momento, se ha alineado con el primer patrón, no con el segundo.

Por qué los mercados se movieron sin que él dijera tipos de interés

Warsh no pronunció la expresión “subida de tipos de interés”. Aun así, la probabilidad implícita en los futuros CME pasó del 35% al 57% en un solo día. Esto no es magia retórica: es el mecanismo que la literatura de comunicación de bancos centrales (Blinder et al., 2008) documenta con datos: el lenguaje del banquero central es un instrumento de política, distinto del tipo oficial, porque el mercado descuenta racionalmente la función de reacción implícita en el tono, no sólo los anuncios explícitos. Frases condicionales como “si la inflación no se dirige al objetivo a velocidad suficiente, tenemos trabajo por hacer” son forward guidance sin cifras: bastan para desplazar una distribución de probabilidad completa.

Lo que la cobertura periodística no cuenta: dos agendas, no una

Aquí está el punto que casi ningún titular periodistico capturó, y que es clave para no confundirse: el Warsh hawkish sobre tipos y el Warsh que quiere reducir el balance de la Fed persiguen objetivos distintos, y potencialmente contradictorios.

El QT clásico de 2022-2025, vender activos para enfriar la demanda agregada, terminó en diciembre de 2025, habiendo revertido sólo la mitad del crecimiento pandémico del balance. Desde entonces la Fed opera en modo “reservas amplias”: ni compra ni vende activamente. Lo que Warsh propone ahora es otra cosa: una reducción estructural e ideológica del balance, motivada por el argumento de que un balance abultado beneficia desproporcionadamente a los tenedores de activos financieros. No es un instrumento anticíclico contra la inflación; es una convicción sobre quién debe beneficiarse del abaratamiento del crédito. Y tiene un límite técnico: la propia Reserva Federal (FEDS 2026-019) calcula que sólo hay margen para reducir el balance entre 1,2 y 2,1 billones de dólares más antes de arriesgar tensión en el mercado de repos, como en septiembre de 2019.

Es decir: Warsh puede ser hawkish con los tipos de referencia y, al mismo tiempo, presionar para que la Fed tenga menos presencia en un mercado de deuda que ya está históricamente tensionado; esto son dos fuerzas que no necesariamente tiran en la misma dirección.

El telón de fondo: nadie controla en solitario el precio del dinero a largo plazo

Los máximos simultáneos en los bonos a 30 años de EE.UU. (5,3%), Alemania, Reino Unido y Francia no son casualidad de un solo banco central: apuntan a una revalorización global de la prima por plazo: el extra del precio que exige un inversor por mantener deuda larga en vez de renovar deuda corta (Kim-Wright, 2005; Adrian-Crump-Moench, 2013). Isabel Schnabel, del BCE, lo llama “bond glut”: QT monetario y expansión fiscal empujando en la misma dirección sin que nadie coordine las dos fuerzas. A eso se suma una demanda de capital sin precedentes por cuatro frentes simultáneos (infraestructura de IA, reindustrialización, defensa, transición energética), siendo el CAPEX de inteligencia artificial, la adquisición de activos a largo plazo el que más presiona porque eleva a la vez el tipo libre de riesgo y los diferenciales de crédito corporativo.

El episodio de las recompras de deuda del Tesoro de Bessent en 2026 es un buen recordatorio empírico de los límites de cualquier intervención unilateral: los rendimientos revirtieron por completo en 48 horas. Nadie, ni la Fed ni el Tesoro por separado, fija en solitario el precio del dinero a largo plazo.

La prueba real llega el 16 de septiembre

El discurso de Jackson Hole fue, sobre todo, un depósito de credibilidad: Warsh apostó su reputación personal a un objetivo del 2%, en el lenguaje casi calcado de su predecesor, mientras gestiona en paralelo una agenda sobre el balance con una lógica distinta. La reunión del FOMC del 16 de septiembre, después del dato de inflación de agosto (11 de septiembre), dirá si ese compromiso retórico se traduce en decisiones, o si, como en el caso Nixon-Burns, la tensión entre la lealtad al cargo y el origen del nombramiento termina resolviéndose de otra manera.

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Francia, marzo 2026: el rebote de la inflación y lo que nos dice el marco neokeynesiano

Elies Furió y Matilde Alonso (Universidad de Lyon)

 

En una entrada anterior analizamos los datos provisionales de la inflación de Francia en el mes de marzo. En esta ocasión prolongaremos el análisis con los resultados definitivos del Índice de Precios al Consumo (IPC) de Francia correspondientes a marzo de 2026. El titular es llamativo: la inflación interanual salta del +0,9 % en febrero al +1,7 % en un solo mes. ¿Debería preocuparnos? La respuesta, como casi siempre en economía, es: depende de qué estemos mirando.

El shock energético como perturbación de oferta

El primer ejercicio que debemos hacer antes de interpretar cualquier dato de inflación es descomponer el IPC en sus componentes. Cuando lo hacemos para marzo de 2026, el diagnóstico es inmediato: el rebote lo explica casi en su totalidad la energía.

Los precios energéticos aumentaron un +7,4 % interanual, frente al -2,9 % registrado en febrero. Los productos petrolíferos son el epicentro: el gasóleo se encareció un +23,5 % interanual y los combustibles líquidos un +40,9 %. Se trata de un movimiento brusco, de carácter claramente exógeno, que en el lenguaje de los modelos neokeyneyanos catalogamos como un shock de costes de oferta (cost-push shock).

¿Qué implica esto desde el punto de vista teórico? En el modelo de la Nueva Curva de Phillips (New Keynesian Phillips Curve, NKPC), la inflación corriente depende de las expectativas de inflación futura y de la brecha de producción (output gap). Un shock de oferta energético eleva el nivel de precios de forma transitoria sin que ello implique necesariamente un cambio en la dinámica inflacionista subyacente. Dicho de otro modo: el dato del +1,7 % no refleja que la economía francesa esté «recalentada».

La inflación subyacente: la señal que importa

Si el IPC total incluye ruido, la inflación subyacente (ISJ) es la señal. Al excluir los componentes volátiles —energía y alimentos frescos— y corregir de variaciones estacionales, obtenemos una imagen más fiel de las presiones de demanda y de los efectos de segunda vuelta.

En marzo de 2026, la ISJ se situó en +1,1 % interanual, subiendo apenas dos décimas desde el +0,9 % de febrero. Este dato merece dos lecturas simultáneas:

Por un lado, las buenas noticias. La inflación subyacente permanece cómodamente por debajo del objetivo del BCE (2 %). Las expectativas inflacionistas siguen, por el momento, ancladas. No hay indicios de una espiral precio-salario generalizada.

Por otro lado, la señal de cautela. Los servicios —que representan más del 50 % de la cesta del IPC— aceleran ligeramente hasta el +1,7 % interanual. Aquí es donde el marco neokeyneyano llama a mayor atención: los servicios son el sector con mayor contenido de trabajo y, por tanto, el vector más directo de transmisión de presiones salariales a precios. Su rigidez nominal a la baja (downward nominal rigidity) implica que, una vez instalada la inercia inflacionista en este componente, es costoso revertirla.

El IPCH supera el umbral del 2 %: implicaciones para el BCE

El Índice de Precios al Consumo Harmonizado (IPCH), que es la referencia para la política monetaria del BCE, se situó en +2,0 % interanual en marzo, frente al +1,1 % de febrero. Este dato importa políticamente: el BCE fija su objetivo de estabilidad de precios «cerca, pero por debajo, del 2 %», aunque desde la revisión estratégica de 2021 admite una banda simétrica en torno al 2 %.

Cruzar ese umbral —aunque sea por un mes y por razones energéticas— complica la comunicación del banco central. Si el BCE relaja su postura monetaria de forma agresiva en un contexto en el que el IPCH está justo en el objetivo y la ISJ sigue al alza, arriesga credibilidad. Si mantiene una posición restrictiva ante un shock de oferta transitorio, deprime innecesariamente la demanda. Este es el dilema clásico de la política monetaria ante perturbaciones de oferta, que Clarida, Galí y Gertler formalizaron en el modelo DSGE neokeyneyano estándar.

Conclusión: inflación de chequera, no de sobrecalentamiento

El dato de marzo 2026 eleva la factura energética de los hogares franceses, pero no señala un sobrecalentamiento macroeconómico. La inflación subyacente moderada, la deflación en productos manufacturados (-0,5 % interanual) y la desaceleración alimentaria son señales de contención.

El riesgo real no está en el nivel actual, sino en la persistencia de la rigidez en servicios y en la velocidad a la que el shock energético se filtra hacia los costes de producción. Los próximos datos del IPCH de abril —previstos para el 30 de abril— serán determinantes para evaluar si estamos ante un rebote puntual o ante el inicio de una dinámica más persistente.

En el ínterin, el BCE tiene motivos para no precipitarse en ninguna dirección.

 

Fuente: INSEE, Informations Rapides n° 90, 15 avril 2026. IPC résultats définitifs, mars 2026.

Las opiniones expresadas en este blog son de carácter estrictamente académico y no constituyen asesoramiento financiero.

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