Elies Furió Blasco y Matilde Alonso Pérez
Université de Lyon
12 de septiembre de 2026
Hay una manera perezosa de hablar de la economía francesa que consiste en enumerar cifras alarmantes y concluir que el país va hacia una crisis. Y hay otra, igualmente perezosa, que consiste en recordar que Francia tiene un Estado sólido, bancos capitalizados y un mercado de deuda profundo, y concluir que no pasa nada. Las dos esquivan la pregunta interesante, que no es cuánto debe Francia sino por qué no corrige un desequilibrio cuya solución técnica conoce todo el mundo.
¿Cuál es el problema al que debemos enfrentarnos?
Conviene empezar por lo que Francia no tiene. No tiene un desequilibrio exterior agregado: el saldo por cuenta corriente de 2025 fue de 11.600 millones de euros negativos, un 0,4 % del PIB. No tiene un sector privado sobreendeudado: con un déficit público del 5,1 % y un saldo exterior del 0,4 % negativo, la identidad contable de los balances sectoriales obliga a que el sector privado presente una capacidad de financiación cercana a cuatro puntos y medio de PIB. Y no tiene, según la propia agencia que acaba de revisarla, un problema bancario: Fitch destacó en agosto la solidez del sector bancario y la diversificación de la base inversora.
Lo que sí tiene es un desequilibrio fiscal concentrado y persistente. El déficit público fue del 5,1 % del PIB en 2025, el segundo más alto de la zona del euro, y la deuda alcanzó el 117,5 % del PIB en el primer trimestre de 2026, 3.536.100 millones de euros. El gasto público es el 57,2 % del PIB y la presión fiscal el 43,6 %, ambos al alza.
Un detalle que merece atención: la mejora del déficit en 2025 vino de los ingresos, que crecieron un 3,9 %, mientras el gasto crecía un 2,5 %. Es decir, la consolidación se hizo subiendo la presión fiscal ocho décimas en un solo ejercicio, en un país que ya estaba entre los que más recaudan de la OCDE. Y el gobierno ha excluido nuevas subidas generales de impuestos para 2027. Si el margen por la vía de los ingresos está agotado y el gasto no baja, la aritmética no tiene muchas salidas.
Tres puntos de PIB y ningún voto
Este es el asunto crucial: Estabilizar una deuda del 117,5 % del PIB con un diferencial de un punto entre el coste de la deuda y el crecimiento nominal exige un superávit primario de alrededor del 1,2 % del PIB. Francia tiene hoy un déficit primario de unos dos puntos. El esfuerzo es, por tanto, de unos tres puntos de producto repartidos en varios ejercicios.
Tres puntos de PIB no es una cifra extraordinaria. Bélgica, Irlanda, Canadá y los países escandinavos han hecho consolidaciones de escala igual o mayor sin crisis. Nadie discute seriamente el orden de magnitud. Lo que no existe es una mayoría capaz de votarlo.
El ajuste francés es aritméticamente posible y políticamente indisponible. Esa disyunción, y no el tamaño de las cifras, es lo que hay que explicar.
La cronología es importante para entender la situación. Desde la disolución de junio de 2024 ningún gobierno ha tenido mayoría. Barnier duró 99 días, Bayrou 270 y cayó el 8 de septiembre de 2025. El presupuesto de 2026 se adoptó en febrero tras el fracaso de dos mociones de censura y recurriendo al procedimiento que permite aprobar sin voto, con concesiones al Partido Socialista que incluyeron suspender la reforma de las pensiones y renunciar a subidas generales de impuestos. En septiembre de 2026, a semanas de presentar el presupuesto de 2027, el gobierno todavía no había fijado objetivo de déficit.
Esto no es anécdota política, es macroeconomía. Existe una literatura formal que lo describe con precisión. El modelo de guerra de desgaste de Alesina y Drazen predice que, cuando el coste del ajuste debe repartirse entre grupos con capacidad de veto y ninguno conoce la resistencia de los demás, el equilibrio consiste en esperar hasta que el deterioro haga que aguantar cueste más que ceder. Roubini y Sachs documentaron que los gobiernos fragmentados y de vida corta tienen déficits sistemáticamente mayores. Tsebelis formalizó el resultado general: más jugadores con veto y más distancia entre ellos significa menos capacidad de mover el statu quo, en la dirección que sea.
Y hay una capa que estos modelos anglosajones capturan peor, y que el trabajo de Amable y Palombarini sobre el bloque social francés que ilumina bien la situación: el problema no es solo parlamentario. Cada estrategia de ajuste posible, por el gasto social, por la fiscalidad del capital, por la del trabajo o por el gasto territorial, encuentra un bloque de veto suficiente. La fragmentación de la Asamblea es el síntoma. La ausencia de bloque social dominante es la causa. La predicción que se deriva de todo esto es incómoda pero clara: la restricción no se relaja antes de 2027, fecha de las elecciones presidenciales.
El equilibrio del funambulista
Volvamos a examinar el saldo exterior. El déficit comercial de bienes fue de 58.000 millones en 2025, y bajó desde los 61.400 del año anterior casi exclusivamente porque se abarató la factura energética, que pasó de 53.000 a 44.200 millones. En otras palabras, el saldo de bienes no energéticos empeoró, con retrocesos en agricultura, agroalimentario y otros productos industriales, parcialmente compensados por la recuperación aeronáutica.
El equilibrio exterior francés por cuenta corriente descansa sobre tres pilares: un excedente de servicios en el que el turismo aporta la mayor parte, las rentas que las multinacionales francesas obtienen de sus filiales en el extranjero, y una factura energética que depende del precio del petróleo. Ninguno de los tres es un factor de competitividad productiva. El primero es vulnerable a cualquier cosa que afecte a los flujos turísticos, el segundo a decisiones de localización y a la fiscalidad internacional, y el tercero a un conflicto en Oriente Medio que en 2026 ha vuelto a encarecer la energía.
No obstante, no puede afirmarse que Francia financia sus importaciones endeudándose con el exterior, o que el déficit comercial se convierte en deuda pública. No es así, y la identidad contable lo demuestra. El ahorro privado francés excede la inversión privada en unos cuatro puntos y medio de PIB, y es ese excedente interno, no el ahorro extranjero, la contrapartida dominante del déficit público. Lo que las cuentas exteriores revelan es un problema de especialización productiva, no de solvencia externa. Dos cuestiones que no deberían mezclarse, aunque existen análisis serios que confunden ambas cosas con demasiada frecuencia.
Un termómetro que mide una distancia, no un nivel
El diferencial OAT-Bund es el indicador de referencia del riesgo francés. El 4 de septiembre de 2026 estaba en 84,7 puntos básicos, con la OAT al 4,19 % y el Bund al 3,34 %, dentro de una banda que en el último año osciló entre 59 y 85 puntos. Visto así, parece una situación tensa pero estable.
Es una lectura incompleta, puesto que el diferencial mide una distancia, no un nivel, y la referencia respecto de la que se mide se ha movido mucho. El Bund a diez años está en torno al 3,4 %, su nivel más alto en quince años, por el giro fiscal alemán y el entorno de tipos del área. Francia puede, en consecuencia, mantener su prima de riesgo constante y ver dispararse su coste de financiación.
Y eso es exactamente lo que ha pasado. La OAT a diez años superó el 4 % el 23 de julio de 2026, por primera vez desde junio de 2009, con una subida de siete décimas en un año, mientras el diferencial se movía en una banda de veinticinco puntos básicos. El tramo a treinta años llegó al 4,73 % a mediados de julio, máximo desde 2008. Para un emisor que tiene que colocar un volumen récord de deuda, cada centésima son centenares de millones de euros. La carga de intereses del Estado pasa de 53.200 millones en 2024 a unos 67.000 millones en 2026, y ese aumento no depende de ninguna decisión presupuestaria futura.
Importa además no atribuir el movimiento a la política monetaria. El Banco Central Europeo mantuvo sus tipos sin cambios el 23 de julio de 2026, con la facilidad de depósito en el 2,00 %. Lo que sube es la prima por plazo en toda la zona, por oferta de papel soberano y por el fin de las compras netas del Eurosistema, más un componente específicamente francés.
El trasfondo teórico es conocido desde De Grauwe: un Estado que emite en una moneda que no controla está expuesto a equilibrios múltiples, salvo que exista un compromiso creíble del banco central de comprar en última instancia. Ese instrumento existe en la zona del euro, pero su activación está condicionada al cumplimiento de las reglas fiscales, lo que produce una circularidad conocida: protegería a un país que, por hipótesis, habría dejado de cumplir las condiciones para acceder a él. Los 85 puntos básicos actuales incorporan tres apuestas simultáneas: que el marco europeo sigue siendo vinculante, que el banco central es creíble y que habrá, en algún momento, un mínimo de disciplina presupuestaria. Es la tercera la que el mercado puede acabar poniendo a prueba.
Dos indicadores adiciones a mirar con detalle
El paro llegó al 8,3 % en el segundo trimestre de 2026, máximo desde 2020, sexto trimestre consecutivo de subida, 2,7 millones de personas, 261.000 más que un año antes. El deterioro es real y la OCDE proyecta 8,7 % en 2027. Pero hay un matiz de medición que el propio Insee señala: la ley por el pleno empleo, en vigor desde enero de 2025, inscribe automáticamente en France Travail a los beneficiarios del RSA y a ciertos jóvenes, y esos colectivos explican cerca de la mitad de la subida de un trimestre concreto. Parte del alza no es destrucción de empleo, es cambio de perímetro. Reconocerlo no anula el deterioro subyacente; obliga a no comparar 2026 con 2023 como si midieran lo mismo.
El otro es el ahorro. La tasa de los hogares está en el 17,4 % de la renta disponible en el primer trimestre de 2026, tras tocar el 18,5 % a mediados de 2025, y los flujos siguen muy por encima de su media de largo plazo. Se suele leer como virtud de prudencia. Es también un desequilibrio, y de los incómodos, porque tiene dos caras contradictorias: resta demanda a una economía cuyo crecimiento es esencialmente de demanda interna, y al mismo tiempo constituye la base interna que permite financiar el déficit público sin depender del ahorro exterior. Quien propone movilizar ese ahorro hacia el consumo rara vez explicita que estaría reduciendo la demanda interna de deuda pública.
Crisis de la deuda versus tutela financiera
Fitch mantuvo el A+ con perspectiva estable el 28 de agosto, pero con avisos explícitos sobre deuda elevada, contexto político que complica la consolidación y potencial de crecimiento económico débil, y revisó al alza sus previsiones de déficit público: 5,2 % en 2026, 5,5 % en 2027 y 5,2 % en 2028. Nótese que la agencia espera que 2027 sea peor que 2026, es decir, que no anticipa consolidación alguna en el año electoral. Quedan las revisiones de Moody’s el 24 de octubre y de S&P el 28 de noviembre.
Una conclusión a la que puede llegarse es que el riesgo dominante no es una crisis de financiación. El marco institucional europeo está diseñado precisamente para evitar eso. El riesgo es un cambio de régimen: la instalación duradera en un nivel de prima de riesgo más alto y, con ella, una reducción permanente del margen presupuestario para cualquier otra cosa, incluidas la transición energética, la defensa y la educación. Francia no se enfrenta a un impago. Se enfrenta a una tutela prolongada.
El caso francés obliga a sacar del cajón herramientas que la macroeconomía estándar arrincona: modelos de guerra de desgaste, teoría de jugadores con veto, análisis de bloques sociales. No es un recurso a la sociología por falta de rigor económico. Es reconocer que, cuando la restricción operativa es institucional y no presupuestaria, la variable explicativa también lo es.
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Nota sobre los datos
Las magnitudes de finanzas públicas, empleo, precios, ahorro y cuentas exteriores proceden de fuentes institucionales enlazadas en el texto: Insee, Banque de France, Eurostat, OCDE y OFCE. Las cotizaciones y diferenciales proceden de agregadores financieros y de casas de análisis con posición potencial en los mercados descritos. Dos advertencias específicas. Primera: el OFCE anunció en 2025 que Francia había recuperado un excedente exterior corriente de 3.000 millones en 2024, mientras la Banque de France sitúa ese saldo en menos 9.300 millones; la divergencia procede muy probablemente de revisiones sucesivas, pero invierte el signo y conviene señalarla. Segunda: varias fuentes secundarias fechadas en 2026 siguen atribuyendo a Francia la calificación AA− de S&P y Fitch, cuando ambas la sitúan en A+ desde el otoño de 2025. Las cifras anteriores a 2024 citadas sin enlace son aproximaciones del autor.
Versión académica
Esta entrada resume y adapta el artículo «Los desequilibrios macroeconómicos de Francia, 2015-2026: el ajuste aritméticamente posible y políticamente indisponible» (Furió Blasco & Alonso Pérez 2026), que contiene el desarrollo formal del marco de balances sectoriales, las tablas de indicadores, la descomposición del saldo exterior, el cuadro del Procedimiento de Desequilibrios Macroeconómicos y el aparato bibliográfico completo.







