Por qué España crece más que Alemania, por qué Japón acaba de vivir su mayor giro monetario en treinta años, y por qué China sigue siendo la gran incógnita estadística del año.
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Elies Furió Blasco & Matilde Alonso Pérez
Hay años en los que la economía mundial se mueve más o menos al unísono (una recesión sincronizada, un boom generalizado) y hay años en los que cada bloque parece vivir en su propia película. 2026 es claramente de los segundos. El Fondo Monetario Internacional lleva meses insistiendo en la misma idea con una imagen bastante gráfica: el mundo se mueve «a contracorriente entre la guerra y la tecnología». No es una metáfora vacía. Por un lado, la guerra en Oriente Medio y el bloqueo intermitente del estrecho de Ormuz han vuelto a poner el petróleo en el centro del tablero; la última vez fue 2022. Por otro, el ciclo de inversión en Inteligencia Artificial sigue empujando con fuerza suficiente como para sostener el crecimiento allí donde se ha sabido montar en esa ola. El resultado es un mundo que crece dado que una previsión del 3% para 2026 no es una crisis, pero que crece de forma muy desigual, y con una inflación que, para sorpresa de muchos, ha dejado de bajar.
El hilo que lo explica casi todo: de dónde sale el petróleo caro
Conviene empezar por el dato más simple y a la vez más determinante de todo el año: el precio del Brent. En diciembre de 2025 cotizaba en torno a 59 dólares el barril. En abril de 2026, con el estrecho de Ormuz prácticamente cerrado al tráfico petrolero, llegó a tocar casi 121 dólares intradía, aunque el crudo físico, el llamado «Dated Brent», llegó a superar los 140. Un alto el fuego de dos semanas hizo que los precios se desplomaran un 20% en un solo día. Y a finales de agosto, justo cuando parecía que la tensión remitía, Estados Unidos e Irán volvieron a intercambiar ataques y el Brent recuperó los 90 dólares. Ese vaivén de más del 100% en apenas nueve meses no es ruido estadístico: es la variable que explica buena parte de por qué Europa lo está pasando peor que Estados Unidos este año.
El FMI ha revisado al alza su previsión de inflación mundial tres veces seguidas en 2026: del 3,8% en enero al 4,7% en julio, y la referencia evidente es el shock energético.
La razón de fondo es sencilla y la explica bien un ejercicio de simulación del Peterson Institute for International Economics: en un escenario de petróleo sostenido en 120 dólares, la región de Oriente Medio y el norte de África pierde el 12,4% de su PIB respecto a la senda sin guerra; las economías asiáticas importadoras netas de energía como Vietnam, India o Tailandia pierden en torno a un 3%…; y, los Estados Unidos apenas nota un 1,2%. Ahí está la primera clave para entender por qué este ciclo divide tan claramente a ganadores y perdedores: no es cuestión de tamaño de la economía, sino de exposición neta y de factura energética.
Estados Unidos y China: dos velocidades, y una de ellas sin velocímetro fiable
Estados Unidos llega a este shock en una posición relativamente cómoda. El FMI mantiene su previsión de crecimiento en el 2,3% para 2026; la Reserva Federal ha ido revisando al alza sus propias estimaciones a lo largo del año, y el paro sigue rondando el 4,4%. El pero, y es un pero importante, es que la inflación no termina de ceder: la Fed sitúa la inflación subyacente en el 2,7%, muy por encima de su objetivo del 2%; con el añadido de que la propia Reserva Federal atraviesa un momento institucional inusual: su nuevo presidente, Kevin Warsh, ha puesto en marcha cinco grupos de trabajo para revisar el marco de política monetaria justo cuando la Casa Blanca presiona abiertamente para que se acelere el recorte de tipos. Se trata de una clase de fricción que los mercados de bonos, más tarde o más temprano, terminan cobrando en forma de prima de riesgo.
Mientras tanto, China sigue siendo el gran ejercicio de fe estadística del año. Pekín mantiene un discurso de crecimiento cercano al 5%. Pero los analistas independientes como Rhodium Group sitúan el crecimiento real de 2025 por debajo del 3%, y varias firmas de análisis de riesgo estiman que, descontado el componente de estímulo financiado con deuda, el crecimiento efectivo de 2026 podría rondar ese mismo 3% o incluso menos. Entretanto, el país encadena ya diez trimestres seguidos de presión deflacionaria. Se trata de la racha de caída de precios más larga desde su transición a economía de mercado hace casi medio siglo. La inversión inmobiliaria se ha desplomado entre un 50% y un 80% desde su máximo, y el paro juvenil roza el 17%. No hace falta suscribir la tesis catastrofista para reconocer que la brecha entre la cifra oficial y la que calculan los analistas independientes es, en sí misma, uno de los datos más relevantes del año: cuando dos fuentes serias discrepan en más de dos puntos porcentuales sobre el tamaño de la segunda economía del mundo, ese desacuerdo es una señal de alarma sobre la calidad de la información con la que se está tomando toda clase de decisiones, desde inversión privada hasta política comercial.
Japón, o cómo se sale (mal que bien) de treinta años de deflación
Si hay un protagonista inesperado en 2026, ese es Japón. El Banco de Japón subió en junio su tipo de referencia hasta el 1%, el nivel más alto desde 1995, después de que la inflación subyacente amenazara con superar «claramente» el objetivo del 2% y de que el yen, debilitado, obligara a una intervención cambiaria coordinada con Washington a finales de julio. Las negociaciones salariales de primavera (el famoso shunto) han arrojado subidas medias del 5,3%, la tercera cifra consecutiva en ese entorno. Dicho de otro modo: el mecanismo de retroalimentación entre salarios y precios que el Banco de Japón llevaba treinta años intentando resucitar, por fin parece estar funcionando.
El problema es que salir de una trampa deflacionaria de tres décadas no es gratis. Japón sigue siendo, con diferencia, el país más endeudado del mundo desarrollado, con una deuda de entre el 204% y más del 230% del PIB según la fuente, una disparidad que dice mucho sobre lo resbaladizas que pueden ser estas comparaciones. Dicho nivel de deuda sólo es sostenible mientras los tipos de interés se mantengan bajos. El bono a diez años japonés ya cotiza en el entorno del 2,5%, su nivel más alto en años. La normalización monetaria japonesa, en otras palabras, es una buena noticia estructural gestionada sobre una cuerda floja fiscal, y será uno de los experimentos de política económica más vigilados del resto de la década.
Europa: la zona euro que no es una, sino cuatro historias distintas
El Banco Central Europeo subió tipos en junio por primera vez en tres años: la facilidad de depósito pasó del 2% al 2,25%. La justificación explícita fue el impacto de la guerra sobre los precios energéticos; y, ahora, el mercado ya da por hecha una nueva subida en septiembre. Pero reducir la eurozona a una sola cifra de crecimiento (el 0,9% que maneja el FMI) esconde más de lo que revela.
Alemania intenta por fin dejar atrás dos años de recesión, apoyada en un giro fiscal histórico hacia gasto en defensa e infraestructuras. El propio grado de desacuerdo entre previsores (el Bundesbank apunta a un 0,6% de crecimiento para 2026, mientras que Goldman Sachs o el DIW Berlín hablan de hasta el 1,7%), es en sí mismo un síntoma de la incertidumbre sobre si ese estímulo llegará a tiempo o se topará con cuellos de botella en construcción e infraestructuras.
Francia, por su parte, se ha convertido en el eslabón más frágil del núcleo europeo: creció un 0% en el primer trimestre, mucho peor que España, Alemania o Italia, y encadena rebajas de calificación crediticia, y arrastra un déficit del 5,1% del PIB en un contexto de bloqueo parlamentario que hace muy difícil corregirlo. Las expectativas de las elecciones presidenciales no contribuyen a mejorar el escenario previsible.
Y luego está la paradoja del sur. España crece al 2,3%, la cifra más alta entre las grandes economías del euro, apoyada en empleo, inmigración y turismo; el precio de la fortaleza en el crecimiento es una inflación que el Banco de España ha revisado al alza hasta el 3,6%. Italia, en cambio, se estanca en el entorno del 0,5% mientras que su deuda pública sigue una trayectoria ascendente hacia el 139% del PIB en 2027, la más elevada del euro después de Grecia. Deuda sobre PIB es siempre un cociente con dos determinantes. En definitiva, en una misma unión monetaria y con un mismo tipo de interés del BCE, conviven así cuatro ciclos casi contradictorios.
El resto del mundo: quién paga de verdad la factura
Para los mercados emergentes, 2026 ha sido el año en el que la ventaja que habían acumulado en 2025 se ha evaporado casi por completo. La combinación de petróleo caro y dólar refugio ha golpeado con fuerza a los grandes importadores netos de energía de Asia: India, Corea del Sur, Indonesia, Filipinas, Tailandia, Vietnam. No es un golpe homogéneo: los exportadores de materias primas, en particular en América Latina, se han beneficiado de la mejora en su relación de intercambio. Pero el patrón general parece confirmar en este ciclo, ser importador neto de energía es, con diferencia, el factor que más separa a quien está saliendo bien parado de quien no. Aunque siempre hay excepciones (duraderas o temporales): mírese España.
Pero ante todo cautela
Todo lo anterior debería leerse con una advertencia explícita: se escribe con el conflicto de Oriente Medio todavía activo y el precio del petróleo moviéndose semana a semana. Un acuerdo de paz duradero seguiría siendo, con diferencia, el catalizador más potente para que buena parte de este análisis quede desactualizado en cuestión de días, para bien. Es, si se quiere, la mejor noticia posible que este texto podría recibir a modo de réplica.






