Restricciones a las exportaciones de diésel desde Estados Unidos. Opciones e implicaciones.

Elies Furió Blasco y Matilde Alonso Pérez (Université Lyon, Francia)

¿Prohibir exportar diésel desde Estados Unidos?

A 25 de septiembre de 2026, Washington no ha prohibido exportar diésel: la Casa Blanca ha descartado una prohibición total, pero sigue estudiando restricciones parciales o «voluntarias». El episodio, sin embargo, evidencia un dilema de política económica que afecta de lleno a Europa y a España.

La secuencia de acontecimientos la siguiente: el martes 22, en la Asamblea General de la ONU, Trump dijo haber pedido internamente no exportar diésel, y el secretario del Tesoro, Scott Bessent, confirmó que se estudiaba si una prohibición total o parcial era viable. El miércoles 23, Politico publicó que se preparaba una prohibición de 90 días; horas después la Casa Blanca lo desmintió y el secretario de Energía, Chris Wright, rechazó la prohibición «plana» y habló de medidas voluntarias (OilPrice).

El detonante de todo ello es el precio de los carburantes, por la crisis de refino ligada a las guerras de Irán y Ucrania. El gasóleo en EE. UU. alcanzó una media de 6,53 $/galón el 22 de septiembre, casi 1 $ más que un mes antes y casi 3 $ más que un año antes. La presión política a favor de la medida llega de senadores republicanos de estados agrícolas, con el senador Chuck Grassley a la cabeza, y a seis semanas de las elecciones de mitad de mandato. Un problema de geopolítica con respuestas de política interna en Estados Unidos.

Opciones para restringir las exportaciones de diésel desde Estados Unidos

El gobierno de los Estados Unidos cuenta con instrumentos legales para restringir exportaciones de productos refinados; y, la cuestión no es si puede o no puede hacerlo, sino cuál es el útil legal que ofrece un mayor alivio doméstico sin romper el refino ni el mercado mundial. La Energy Policy and Conservation Act de 1975 (EPCA, sección 103) faculta al presidente para restringir, por reglamento (Decreto presidencial), exportaciones de petróleo y productos, con exenciones por propósito, tipo de comprador o país de destino (Comité de Energía del Senado). La ley de 2015, que levantó la prohibición de exportar crudo, permite reimponer restricciones hasta un año por emergencia nacional o seguridad nacional, y la IEEPA podría aplicarse a los refinados (Bordoff y Nerurkar, CGEP).

Opción

Instrumento

Efecto doméstico esperado

Riesgo principal

Prohibición total

EPCA s. 103 / IEEPA

Caída local del precio mayorista en la Costa del Golfo

Recorte de destilación y subida de gasolina y queroseno

Prohibición temporal (90 días)

Mismo marco, con fecha de caducidad

Alivio antes de noviembre

Almacenamiento especulativo a la espera de la reapertura

Licencias o cuotas por destino

Exenciones de la EPCA por país

Retener volumen sin cortar a aliados

Discrecionalidad y represalias selectivas

Acuerdos «voluntarios» con refineras

Presión política (moral suasion)

Desvío de cargamentos al mercado interior

Eficacia incierta y poco verificable

Medidas de oferta

Exención de la Jones Act, flexibilidad regulatoria

Mejor reparto costa a costa

Efecto limitado: la Jones Act está suspendida desde marzo sin bajar precios

Rebaja fiscal al consumidor

Suspensión del impuesto federal sobre carburantes

Alivio visible en surtidor

Coste fiscal; sostiene la demanda en plena escasez

 

Falta una opción clásica en otros países: un arancel a la exportación. En EE.UU. está vetado por la Cláusula de Exportación de la Constitución (art. I, secc. 9), lo que empuja el debate hacia instrumentos cuantitativos, más distorsionadores que un precio.

Los precedentes no son alentadores. Grassley invocó los embargos agrícolas de los años setenta; el de la soja en 1973 es el caso de manual de cómo un proveedor fiable empuja a sus clientes a diversificarse. La administración Biden estudió limitar exportaciones de gasolina, en 2022, y no lo hizo; Rusia prohibió exportar diésel durante dos meses en 2023, pero lo hizo como excedentaria neta y con otro modelo de mercado.

Implicaciones para Estados Unidos: ¿alivio local, coste general?

Para EE.UU., una prohibición abarataría el diésel en la Costa del Golfo durante unas semanas, pero probablemente encarecería la gasolina y el queroseno y dañaría la inversión en refino. El punto de partida es un mercado ya tensionado: el 23 de septiembre, el diésel costaba 6,52 $/galón frente a 3,69, un año antes, y la gasolina 4,47 frente a 3,17 (OilPrice / Morgan Stanley). El diésel cotizaba en torno a 207 $/barril, más de 100 $ por encima del crudo (CNBC): un margen extraordinario de refino que es precisamente lo que atrae el producto hacia la exportación.

Producción conjunta. Diésel, gasolina y queroseno salen del mismo gran surtidor. En una refinería de petróleo, la gasolina y el diésel se obtienen simultáneamente a partir del mismo crudo y de procesos relacionados. Por eso se consideran productos conjuntos o coproductos de la refinación, junto con otros como GLP, turbosina/jet, fuelóleo y asfalto. Según Morgan Stanley, con la exportación cerrada, las refinerías agotarían su capacidad de almacenamiento de diésel en pocas semanas y tendrían que reducir su utilización, lo que recortaría también la gasolina. Es el resultado clásico de los productos conjuntos: restringir la salida de uno reduce la rentabilidad marginal de todo el proceso.

Geografía y restricciones a la distribución. El excedente quedaría atrapado en la Costa del Golfo, porque no hay oleoductos suficientes hacia las costas Este y Oeste (CNN, Brouillette). El agricultor de Iowa que reclama la medida no es necesariamente quien vería bajar su precio: el beneficio sería regional y desigual.

Incidencia distributiva. A corto plazo, la medida transfiere renta de las refineras (y de los consumidores extranjeros) hacia los compradores domésticos próximos a las refinerías, con una pérdida de eficiencia por el volumen que deja de producirse. Los mercados ya lo descontaron: las acciones de Valero, Marathon Petroleum y Phillips 66 cayeron tras la noticia de Politico (CNBC).

Credibilidad e inversión. El exsecretario de Energía Dan Brouillette advierte de que una prohibición enviaría una mala señal a quien invierta en ampliar refinerías o en construir la primera gran refinería nueva desde 1977. Patrick De Haan (GasBuddy) añade que EE. UU. perdería su papel de reserva mundial de diésel y que los importadores se diversificarían (OilPrice). Es un problema de inconsistencia temporal en el sentido de Kydland y Prescott: la tentación de intervenir hoy erosiona la inversión que reduciría los precios mañana.

Economía política. El beneficio (precio del gasóleo agrícola) está concentrado y es visible; el coste (gasolina, queroseno, reputación comercial) es difuso y diferido. Es el esquema de acción colectiva de Olson, amplificado por el calendario electoral de noviembre.

Europa: el importador marginal

Europa es la región más expuesta. En 2026, EE.UU. ha aportado alrededor de un tercio de las importaciones europeas de diésel, y cerca de la mitad en agosto (The Guardian, vía AOL). No hay escasez física inminente, pero sí un riesgo serio de precio: los compradores europeos tendrían que pujar contra Asia por los pocos cargamentos disponibles de Oriente Medio e India.

Vulnerabilidad Europea

La «dieselización» del parque desde los años noventa dejó a la UE estructuralmente con insuficiencias de gasóleo y exceso en gasolina. Hasta 2022, Rusia cubría la mitad de sus importaciones marítimas de diésel; tras el embargo de 2023, esa cuota cayó por debajo del 1% y la sustituyeron EE.UU. y Oriente Medio (EIA). En 2026, fallan a la vez las dos fuentes de aprovisionamiento: el Golfo por la guerra con Irán y Rusia, que además ha prohibido exportar diésel desde julio hasta al menos finales de septiembre (Reuters, vía MarketScreener). La dieselización europea se ha reducido, pero ¿suficientemente para minimizar el impacto?

Magnitud del impacto

EE.UU. exportó un récord de 1,6 millones de barriles diarios de diésel en agosto, frente a cerca de 1 millón en febrero; entre sus principales compradores figuran Francia y el Reino Unido. Citi advierte de que incluso una prohibición parcial podría provocar desabastecimiento en Europa, y el economista Philip Verleger estima que, por la baja elasticidad de la demanda, los precios mundiales podrían llegar a duplicarse (Reuters). Para Europa, no existe un proveedor sustitutivo en el corto plazo. ¿Cuán corto es el corto plazo para no provocar efectos?

Transmisión macroeconómica

El gasóleo entra en la inflación por el coste de transporte de casi todo, no solo por el surtidor y por la vía energética de levantar persianas de las empresas y activar los procesos productivos. La inflación recoge, pronto o tarde, estos efectos. De modo que, un nuevo choque energético complicaría al BCE justo cuando la actividad resiste: el PMI compuesto de la eurozona subió a 53,1 en septiembre (Reuters, vía Asharq Al-Awsat). El dilema clásico de un choque de oferta: endurecer la política monetaria frena la demanda, pero no crea ni un solo barril para sofocar la causa.

Respuesta de Bruselas

La Comisión expresó su «preocupación», advirtió de que cualquier disrupción perjudicaría a ambas partes y pidió consultas previas entre socios; hay contactos de alto nivel en curso (The Guardian, vía AOL). Sus posibilidades reales son tres: i) negociar una exención por destino (la EPCA la permite), ii) liberar reservas de emergencia coordinadas y iii) acelerar el abastecimiento desde India y Asia, el proveedor de ajuste de la región.

España, ¿menos expuesta que sus vecinos?, ¿inmune?

España seguramente notaría una restricción estadounidense sobre todo en el precio, y no tanto en forma de escasez cuantitativa. La capacidad de refino español suaviza el impacto (¿en cuánto?), pero el gasóleo es su primer producto importado y EE.UU. es uno de sus orígenes principales. A ello se añade el riesgo político propio, abierto en los últimos tiempos.

¿Dependencia de suministro?

Entre enero y julio de 2026 España importó unos 4,1 millones de toneladas de gasóleos, el 35% de todas sus importaciones de productos petrolíferos. EE.UU. aportó en torno al 11% del total de productos importados, con un máximo del 18% en junio (CORES; cuotas de cálculo propio). La serie es muy volátil de un mes a otro, lo que indica un suministro por cargamentos puntuales y no un flujo continuo. Ello debería conducir a pensar que es fácil de interrumpible. Pero, en el contexto geopolítico actual, ¿es posible afirmar de una fuente de suministro que es prescindible?

Figura 1. Fuente: CORES, importaciones por grupos de productos y países (actualizado el 14-09-2026); cuotas de elaboración propia.

Efecto sobre el precio

El gasóleo cotizaba en España a 1,918 €/l según el último Boletín Petrolero de la UE, un 4,58% más en una semana y cerca del máximo de julio de 2022 (2,1 €); sigue por debajo de la media europea (El Debate). Como el precio español se forma sobre las cotizaciones internacionales, un encarecimiento del diésel en Europa llegaría al surtidor con unas semanas de retraso, con o sin barcos estadounidenses en puertos españoles.

La ayuda pública puede mermar el efecto sobre el precio. La ayuda pública actual para el precio del diésel profesional (transportistas, agricultores y ganaderos) en España ofrece una bonificación de 0,20 euros por litro durante el mes de septiembre de 2026; y, finales de mes, finaliza el paquete de ayudas. Parte de la patronal, solicita extender la ayuda a 40 céntimos y, otra parte, una reducción del 50% del precio.

Sectores expuestos

El transporte por carretera traslada el coste a sus clientes mediante la cláusula de revisión por gasóleo de la Orden FOM/1882/2012, modificada por el Real Decreto-ley 9/2026 (Ministerio de Transportes). La agricultura y la pesca lo sufren sin ese mecanismo, y el efecto final aparece en la cesta de la compra vía logística, entre otros mecanismos de traslación de precios.

Refino.

El reverso: las refinerías instaladas en España ganarían margen si el diésel europeo se encareciera. Es previsible que se reabra el debate sobre gravar los beneficios extraordinarios, con el precedente del gravamen temporal energético de la Ley 38/2022, aplicado en 2023 y 2024.

En la Teoría económica, es beneficio extraordinario es aquel que excede el costo de oportunidad del capital invertido; es decir, la diferencia entre el beneficio contable y el beneficio normal que el empresario obtendría en su mejor alternativa de inversión. Una definición complementaria lo describe como «un enriquecimiento considerado superior a la norma y debido a circunstancias externas que hacen ganar dinero a una empresa sin que esta haya modificado su forma de operar ni sus decisiones estratégicas».

Riesgo político específico

La EPCA permite exenciones por país de destino, de modo que un régimen selectivo podría eximir a unos socios y no a otros. España parte de una posición delicada: en marzo Trump amenazó con cortar todo el comercio con España tras la negativa a usar Rota y Morón contra Irán (NPR). No hay indicios de que eso forme parte del debate actual sobre el diésel, pero la política comercial es competencia exclusiva de la UE, y cualquier trato discriminatorio se dirimiría en Bruselas, no en Madrid.

Qué escenarios posibles y qué vigilar

La conclusión paradójica es que la medida que más alivio promete en EE.UU. es la que más probablemente acabe encareciendo el combustible allí y en Europa. Por las declaraciones oficiales, el escenario central es el de presión sin prohibición, pero la política electoral mantiene abiertas las otras dos vías hasta noviembre.

Escenario

Estados Unidos

Europa

España

Presión y medidas «voluntarias» (central, según Wright)

Alivio marginal; refino intacto

Tensión de precios, sin ruptura de suministro

Precio alto, sin escasez

Restricción parcial o temporal (90 días, por destino)

Diésel algo más barato en el Golfo; gasolina al alza si caen los procesamientos

Riesgo de desabastecimiento según Citi; puja con Asia por el producto indio

Traslado rápido al surtidor; riesgo de trato discriminatorio

Prohibición total

Recorte de refino y subida de gasolina y queroseno

Choque de precios de primer orden; presión sobre el BCE

Golpe al transporte, al campo y a la inflación; márgenes extraordinarios del refino

 

Los elementos a tener en cuenta en los próximos días:

  • Si Rusia prorroga más allá de septiembre su prohibición de exportar diésel.
  • Los datos semanales de la EIA sobre existencias y exportaciones de destilados.
  • Cualquier regla de la BIS (Departamento de Comercio) o del Federal Register que concrete licencias o exenciones por destino.
  • El margen del gasóleo en el noroeste de Europa y el Mediterráneo, que anticipa el precio en surtidor.
  • El tráfico por Ormuz y cualquier avance en las negociaciones con Irán: es el único factor que resolvería el problema de fondo.

Fuentes

Consultadas el 25 de septiembre de 2026. Las cifras de cuota de España son de elaboración propia sobre los datos de CORES; las fuentes marcadas «vía» reproducen información de agencia o prensa cuyo original no fue accesible.

Marco teórico de referencia

  • Kydland, F. y Prescott, E. (1977), «Rules Rather than Discretion», Journal of Political Economy 85(3);
  • Olson, M. (1965), The Logic of Collective Action, Harvard University Press.
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Los riesgos de cola de la inflación vistos desde el Nuevo Keynesianismo y desde el Postkeynesianismo. Un documento con dos lecturas.

Elies Furió Blasco & Matilde Alonso Pérez (Universidad de Lyon, Francia)

En una entrada anterior analizamos el documento de trabajo del Banco de España sobre riesgos de cola de la inflación. Incorporamos algunas consideraciones sobre aspectos internos al propio trabajo y su metodología. Eran una crítica interna, formulada en el mismo lenguaje en que el documento está escrito, y por eso mismo limitada. En la realización de una crítica interna puede señalarse que un trabajo no cumple satisfactoriamente con las reglas de su propio juego; sin embargo, no puede señalar qué queda fuera del juego.

Esta entrada hace lo segundo. Lee el mismo documento dos veces, desde los dos lenguajes económicos que han organizado la controversia sobre la inflación reciente, y pregunta qué hace ver cada uno y qué deja en sombra. El ejercicio no busca arbitrar en el sentido de una elección excluyente. Busca mostrar que lo que parece una discusión sobre datos es, en una proporción considerable, una discusión sobre qué cuenta como el objeto a explicar.

El documento, en dos párrafos

De Polis, Fernández-Gallardo y Rosas estiman el efecto de una perturbación de oferta de petróleo no sobre la inflación media, sino sobre distintos puntos de su distribución condicional, en Estados Unidos, la zona del euro y el Reino Unido. La perturbación procede de Känzig y se identifica mediante las sorpresas de los futuros del crudo en torno a los anuncios de la OPEP; se calibra de modo que el precio real del petróleo suba un 10 % en el impacto.

El hallazgo del trabajo puede presentarse así: en el impacto suben los tres cuantiles a la vez, de modo que la distribución se desplaza sin cambiar de forma; doce meses después, la mediana y el cuantil 10 han revertido pero el cuantil 90 sigue entre medio punto y siete décimas por encima. La distribución ha adquirido asimetría positiva. De ahí concluyen que el objeto relevante de la política monetaria es la distribución completa de la inflación futura y no su tendencia central, y que ante un balance de riesgos inclinado al alza cabe un endurecimiento preventivo.

Primera lectura: el lenguaje del Nuevo Keynesianismo

Conviene empezar reconociendo lo evidente: este documento es un ejemplar excelente de su lenguaje, y lo es precisamente porque lo enriquece desde dentro.

Léxico y problemática

El vocabulario del trabajo no deja lugar a dudas sobre su filiación: perturbación estructural identificada, cuantil condicional, fijación de precios dependiente del estado, umbral de revisión, pendiente de la curva de Phillips, tasa de sacrificio, regla de tipos con respuesta no lineal a la inflación, anclaje de expectativas. La problemática que organiza el texto es la problemática constitutiva de este lenguaje: cómo se determina la inflación en presencia de rigideces nominales y de un banco central que sigue una regla, y cómo debe esa regla responder.

La innovación del trabajo es interna a ese lenguaje y no es menor. Sustituye la tendencia central por la distribución condicional completa como objeto de la política. Es un enriquecimiento genuino: el lenguaje gana capacidad para decir algo que antes no podía decir, a saber, que una perturbación puede dejar intacto el escenario central y alterar sustancialmente el balance de riesgos. Quien crea que los lenguajes científicos son estructuras rígidas debería mirar este documento: es un lenguaje trabajando en su propio desarrollo.

Lo que el lenguaje ilumina

Tres cosas, con nitidez. Primero, la separación entre desplazamiento y deformación de la distribución, que en su formulación agregada es una distinción limpia y verificable. Segundo, la conexión inmediata con un instrumento operativo: si el balance de riesgos se inclina, la regla de tipos puede incorporar ese sesgo, y los autores citan la formulación de una regla cuyo coeficiente de respuesta crece con el cuadrado de la desviación de inflación. Tercero, la microfundamentación: los costes de menú generan una región de inacción, y cuando las presiones de coste se acumulan más empresas cruzan el umbral, la curva se empina y responder cuesta menos producto por punto de desinflación.

Su anomalía interna

Y, sin embargo, el propio documento reconoce que ese mecanismo no basta. Una curva de Phillips más inclinada explica la amplificación contemporánea, no la persistencia del cuantil 90 un año después. Los autores lo dicen con todas las letras y desplazan la carga explicativa hacia la formación de expectativas, sin medirlas.

Ese punto merece atención, porque en el análisis de un lenguaje científico las anomalías reconocidas son más informativas que los éxitos. Aquí hay un hecho estilizado, la persistencia de la cola derecha, que el núcleo del lenguaje no genera y que se atribuye a un mecanismo auxiliar no contrastado. Retengamos la anomalía para volver luego sobre ella.

Segunda lectura: el lenguaje del Postkeynesianismo

Cambiemos de lenguaje. La problemática constitutiva es ahora otra: cómo se reparte el producto entre los grupos sociales y cómo ese reparto se dirime a través de los precios. El léxico también: margen sobre coste medio normal, poder de mercado, conflicto distributivo, precios sistémicamente significativos, inflación de vendedores.

El objeto identificado es la decisión de un cartel

La primera observación es la más incómoda, y nace del propio diseño de identificación. Lo que el documento llama perturbación exógena de oferta se construye midiendo cómo reaccionan los futuros del crudo a los comunicados de la OPEP, una organización que agrupa a una fracción muy elevada de la producción mundial de crudo y cuya función declarada es fijar techos de producción y cuotas por país.

En el primer lenguaje (neokeynesiano), ese suceso es una noticia exógena sobre la oferta futura: un elemento del entorno al que la economía responde. En el segundo (postkeynesiano), es una decisión estratégica de fijación adoptada por un oligopolio con poder de mercado: un acto de un agente, no un rasgo del entorno. Los dos lenguajes describen el mismo comunicado de prensa y nombran cosas distintas. El diseño econométrico es impecable en cualquiera de los dos; lo que cambia es qué se considera explicado cuando se ha estimado la respuesta: El instrumento del estudio son los anuncios de un cartel. Un lenguaje los trata como choques del entorno; el otro, como decisiones de un actor. Ninguna estimación decide cuál de las dos descripciones es la pertinente.

Del pozo al surtidor: la cadena que el documento no mira

La segunda observación es empírica y tiene consecuencias. El trabajo mide la perturbación en el precio del crudo y el resultado en el índice de precios de consumo, y no dice nada de lo que ocurre entre ambos extremos: refino, distribución mayorista, estaciones de servicio, estructura de márgenes en cada eslabón.

Ese silencio es significativo porque existe una regularidad documentada desde hace décadas, conocida como cohetes y plumas: los precios minoristas de los carburantes suben deprisa cuando sube el crudo y bajan despacio cuando baja. Si esa asimetría opera en la cadena de transmisión, entonces una parte de lo que el documento identifica como cola derecha de la distribución de la inflación podría ser, sencillamente, la cola de una distribución de márgenes. La diferencia importa: en un caso el banco central se enfrenta a un problema de anclaje nominal, en el otro a un problema de estructura de mercado, y los instrumentos adecuados no son los mismos.

Conviene ser justo: el primer lenguaje puede incorporar esa asimetría, y de hecho lo hace bajo la etiqueta de traslación asimétrica o de fijación dependiente del estado. Lo que no hace es generarla desde sus reglas centrales de articulación, porque en su aparato el margen es un objeto derivado y, en condiciones normales, constante, cuyas desviaciones agregadas se procesan como residuos exógenos. Lo que en un lenguaje es un residuo del modelo, en el otro es el objeto primario.

El petróleo como precio sistémicamente significativo

La tercera observación reinterpreta el hallazgo central. En la formulación contemporánea de la inflación de vendedores, ciertos precios son sistémicamente significativos: su posición en la matriz de relaciones interindustriales hace que una variación en ellos se propague por la estructura de costes de toda la economía con retardos largos y desiguales. El crudo es el ejemplo canónico.

Desde ahí, que la cola derecha de la inflación permanezca elevada un año después de la perturbación no es una anomalía: es lo que cabe esperar de un precio situado aguas arriba de casi todo, cuya propagación recorre eslabones sucesivos a velocidades distintas, y cuyo encarecimiento ofrece, además, en sectores concentrados, una ocasión y una coartada para elevar márgenes que la opacidad informacional del consumidor sobre la estructura de costes vuelve viable.

La tercera trampa homófona: «distribución»

El documento sostiene que preservar la estabilidad de precios exige una perspectiva distributiva. La frase es literal y es correcta en su lenguaje. Pero la distribución de la que habla es la distribución condicional de un escalar agregado sobre los estados posibles del mundo: qué inflación media habrá si se materializa el escenario adverso en lugar del central. En el otro lenguaje, la palabra distribución designa otra cosa por completo: el reparto del producto entre salarios y beneficios, y entre hogares de distinto nivel de renta.

Ambas acepciones son legítimas y ambas tienen tradición. Lo que no es legítimo es deslizarse de una a otra sin advertirlo, y la expresión perspectiva distributiva invita a ese deslizamiento. Un lector no especializado que leyera el resumen del documento podría creer razonablemente que el trabajo dice algo sobre quién paga la inflación del petróleo. No dice nada sobre eso, ni pretende decirlo. Es la misma estructura homófona que afecta a los términos margen y expectativas: la palabra es la misma, la red conceptual en la que cobra sentido es divergente.

Los tres criterios aplicados a este documento

Reconocer dos lenguajes no obliga a la equidistancia. La comparación puede realizarse con criterios explícitos: comprensividad, o capacidad de reformular en términos propios lo que el otro dice; profundidad analítica, o finura de los mecanismos que permite distinguir bajo el fenómeno; y orientación para la acción, o capacidad de conectar instrumentos identificables con resultados identificables.

Los tres criterios ante el objeto «cola derecha de la inflación tras una perturbación petrolera»

CriterioLenguaje neokeynesianoLenguaje postkeynesiano
ComprensividadIntegra la traslación asimétrica como fijación dependiente del estado, y el margen como residuo. No genera la pregunta de quién fija el precio.Integra la cola derecha como comportamiento de márgenes en sectores concentrados. No genera el aparato de proyecciones por cuantiles ni el canal de expectativas.
ProfundidadDesciende al micro de la revisión de precios: coste de cambiar el precio, distribución de desfases, umbral de inacción.Desciende a los mecanismos sectoriales: concentración en refino y distribución, coordinación implícita, opacidad de costes ante el consumidor.
Orientación para la acciónInstrumento único y operativo: regla de tipos con respuesta al balance de riesgos, comunicación y anclaje. Traducible de inmediato a una decisión de consejo.Menú amplio: intervención sobre el precio estratégico, política de competencia, fiscalidad redistributiva. Más lento y más exigente institucionalmente.

Fuente: elaboración propia, siguiendo los criterios formalizados en el trabajo del autor sobre los lenguajes de la inflación.

El primer lenguaje es superior sobre la dimensión nominal y en operatividad inmediata; el segundo lo es sobre la dimensión distributiva y sectorial, y en amplitud del menú. La suma no compone una superioridad global de ninguno de los dos.

La anomalía como prueba

Volvamos ahora al punto que dejamos pendiente, porque es donde el ejercicio deja de ser una taxonomía y se vuelve informativo.

La persistencia del cuantil 90 doce meses después de la perturbación es, para el primer lenguaje, una anomalía: su núcleo no la genera y hay que explicarla con una hipótesis auxiliar, el desanclaje de expectativas, que el documento no contrasta y sobre la que la evidencia disponible, en el propio artículo del que procede el instrumento, apunta más bien en sentido contrario, ya que las expectativas de los previsores profesionales apenas se mueven.

Para el segundo lenguaje, esa misma persistencia no es una anomalía sino una implicación directa de su núcleo: márgenes que se elevan con rapidez y se revierten con lentitud, y un precio sistémicamente significativo cuya propagación por la estructura interindustrial es necesariamente lenta y desigual.

Esto no demuestra que el segundo lenguaje tenga razón. Un lenguaje que predice un hecho puede estar prediciéndolo por el mecanismo equivocado. Lo que sí muestra es algo metodológicamente relevante: el hecho estilizado que el documento considera su hallazgo principal ocupa posiciones opuestas en la arquitectura de los dos lenguajes. En uno es un residuo que obliga a añadir una hipótesis auxiliar; en el otro es una consecuencia del núcleo. Ese es, exactamente, el tipo de situación en que la controversia deja de ser decidible por acumulación de estimaciones agregadas y pasa a exigir un contraste diseñado a propósito.

El contraste que arbitraría

Y ese contraste es formulable, lo cual es la mejor noticia de toda esta discusión. Existe una descomposición contable, empleada por Bernanke y Blanchard y aplicada por el BCE a la zona del euro, que expresa la inflación del deflactor del producto como suma de tres contribuciones identificables: costes laborales unitarios, beneficios unitarios y precios de importación. No es una teoría: es una identidad derivada de la cuenta de explotación, y ambos lenguajes la aceptan como descripción.

La propuesta es directa. Aplíquense las proyecciones locales por cuantiles del documento, con el mismo instrumento y la misma muestra, no a la inflación agregada sino a cada uno de los tres componentes de esa descomposición. Si la cola derecha persistente de la inflación general se corresponde con una cola derecha persistente de la contribución de los beneficios unitarios, la lectura del segundo lenguaje queda reforzada. Si se corresponde con la contribución de los precios de importación y de los costes laborales, y la contribución de los beneficios revierte con la mediana, la lectura del primero queda reforzada.

El ejercicio es factible con datos públicos de contabilidad nacional trimestral, exige exactamente el mismo aparato econométrico que el documento ya emplea, y produciría un resultado que ninguno de los dos lenguajes podría descartar como ajeno a su problemática. Es, en el vocabulario de esta serie, un contraste conmensurable: aquello que hace que el pluralismo de lenguajes no degenere en relativismo.

Qué queda de todo esto

Tres cosas. La primera es que el documento del Banco de España es un buen trabajo del primer lenguaje y que sus silencios no son negligencias de los autores sino propiedades de la estructura conceptual en que trabajan. Reprocharle que no hable de márgenes en el refino es como reprochar a un mapa de carreteras que no indique el relieve geológico.

La segunda es que esos silencios tienen consecuencias prácticas, porque la recomendación de política se sigue del lenguaje y no solo de los datos. Un endurecimiento preventivo es la conclusión natural si el problema es el anclaje nominal. Si una parte del fenómeno es de estructura de mercado, ese instrumento actúa sobre la variable equivocada y recae, además, sobre los hogares que ya soportan la mayor parte del encarecimiento energético.

La tercera es que la elección entre ambas lecturas no está condenada a la retórica. Hay un contraste disponible, barato y aceptable para las dos comunidades. Mientras no se haga, lo que tenemos no es evidencia a favor de una tesis, sino un hallazgo agregado compatible con dos historias muy distintas sobre lo que ocurre bajo él.

Fuentes

De Polis, A., Fernández-Gallardo, Á. y Rosas, J. N. (2026), Oil supply shocks and inflation tail risks, Documentos de Trabajo n.º 2622, Banco de España. doi.org/10.53479/44148

Känzig, D. R. (2021), The macroeconomic effects of oil supply news: evidence from OPEC announcements, American Economic Review 111(4), 1092-1125. doi.org/10.1257/aer.20190964

Bernanke, B. S. y Blanchard, O. J. (2025), What caused the US pandemic-era inflation?, American Economic Journal: Macroeconomics 17(3), 1-35.

Weber, I. M. y Wasner, E. (2023), Sellers’ inflation, profits and conflict: why can large firms hike prices in an emergency?, Review of Keynesian Economics 11(2), 183-213.

Weber, I. M., Lara Jauregui, J., Teixeira, L. y Nassif Pires, L. (2024), Inflation in times of overlapping emergencies: systemically significant prices from an input-output perspective, Industrial and Corporate Change 33(2), 297-341.

Arce, Ó., Hahn, E. y Koester, G. (2023), How tit-for-tat inflation can make everyone poorer, The ECB Blog, 30 de marzo. ecb.europa.eu

Golosov, M. y Lucas, R. E. (2007), Menu costs and Phillips curves, Journal of Political Economy 115(2), 171-199. doi.org/10.1086/512625

Borenstein, S., Cameron, A. C. y Gilbert, R. (1997), Do gasoline prices respond asymmetrically to crude oil price changes?, Quarterly Journal of Economics 112(1), 305-339.

Kuhn, T. S. (1987), What are scientific revolutions?, en L. Krüger, L. J. Daston y M. Heidelberger (eds.), The Probabilistic Revolution, vol. 1, MIT Press, 7-22.

Furió Blasco, E. (2005), Los lenguajes de la Economía. Un recorrido por los marcos conceptuales de la Economía, edición digital, ISBN 84-689-3024-5. eumed.net/libros/2005/efb/

Los tres criterios de comparación asimétrica entre lenguajes que se aplican en esta entrada proceden de un artículo en preparación del autor sobre el episodio inflacionario 2021-2024.

Las opiniones expresadas en este blog son de carácter estrictamente académico y no constituyen asesoramiento financiero.

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(De nuevo) La inflación que importa no es la media. Riesgos de cola, oferta de petróleo y decisión monetaria

Elies Furió Blasco y Matilde Alonso Pérez (Université de Lyon)

Imagine que un banco central publica una previsión de inflación del 2,2 % para dentro de un año. Detrás de esa cifra pueden esconderse dos mundos muy distintos. En el primero, casi todos los escenarios posibles se agrupan entre el 1,8 % y el 2,6 %. En el segundo, la mayoría de los escenarios está por debajo del 2 %, pero existe una franja no despreciable de trayectorias que llegan al 4 %. La previsión central es idéntica. La decisión que conviene tomar, no.

Un documento de trabajo reciente del Banco de España, firmado por Andrea De Polis, Álvaro Fernández-Gallardo y José Nicolás Rosas, sostiene que esa diferencia no es una curiosidad estadística sino el resultado sistemático de las perturbaciones de oferta de petróleo. Merece la pena explicar con calma qué han hecho, porque el resultado toca uno de los principios más asentados de la política monetaria contemporánea. Y merece la pena explicar también por qué conviene no dar el resultado por cerrado.

Primera idea: mirar la distribución, no el promedio

Cuando estimamos el efecto de una perturbación sobre la inflación, lo habitual es preguntarse cuánto sube la inflación en promedio. Es una pregunta razonable pero incompleta, porque un promedio resume una distribución entera en un solo número y descarta todo lo demás.

La alternativa consiste en preguntar por los cuantiles de esa distribución. El cuantil 90 es el valor que solo superan uno de cada diez escenarios posibles: es, literalmente, el escenario adverso. El cuantil 10 es el escenario benigno. La mediana, o cuantil 50, es el escenario central. Si una perturbación empuja los tres a la vez y en la misma medida, la distribución se desplaza sin cambiar de forma y el promedio la resume bien. Si empuja el cuantil 90 mucho más que la mediana, la distribución se deforma: se vuelve asimétrica, con una cola derecha más larga y más gruesa. En ese caso el promedio ya no describe el riesgo al que se enfrenta quien decide.

Esta manera de razonar entró en la macroeconomía por la vía del crecimiento. Adrian, Boyarchenko y Giannone mostraron en 2019 que unas condiciones financieras tensas apenas mueven el crecimiento esperado, pero deterioran mucho la cola izquierda: no hacen menos probable el escenario normal, hacen mucho más probable el escenario malo. Lo llamaron crecimiento en riesgo. Trasladar la idea a los precios da lugar a la inflación en riesgo, y eso es lo que aplica el trabajo del Banco de España (De Polis, A., Fernández-Gallardo, Á. y Rosas, J. N., 2026).

Segunda idea: el precio del petróleo no es una perturbación

El precio del crudo puede subir por varias razones, algunas de ellas opuestas. Sube cuando la economía mundial se acelera y demanda más energía (inflación de demanda), y sube cuando la oferta se interrumpe o se espera que se interrumpa (inflación de costes o de oferta). En el primer caso, la subida del precio acompaña a una expansión; en el segundo, a una contracción. Si tomamos la variación del precio del petróleo como si fuera una perturbación exógena, estaremos mezclando ambos fenómenos y obtendremos una media sin significado económico. Lutz Kilian lo estableció con claridad en 2009: no todas las subidas del petróleo son iguales.

La solución que emplea el trabajo del Banco de España procede de Diego Känzig, y es elegante. La OPEP anuncia sus decisiones de producción en comunicados con fecha conocida. El mercado de futuros del crudo revisa sus expectativas en las horas que siguen a ese comunicado. Si medimos únicamente la variación del precio de los futuros en una ventana estrecha en torno al anuncio, el estado de la economía mundial es prácticamente idéntico antes y después; conclusión: ya estaba incorporado al precio. Sin embargo, aunque lo único que ha cambiado, en ese intervalo de tiempo, es la información sobre la oferta futura de petróleo; esa variación estrecha puede servir entonces como instrumento para aislar una perturbación de oferta genuina.

Ciertamente, lo que se identifica así no es una interrupción de la oferta actual sino una noticia sobre la oferta futura. Känzig lo documenta con nitidez: tras la perturbación, los inventarios mundiales suben (alguien se está aprovisionando ante la escasez esperada) y la producción solo cae con retardo. Es una perturbación de expectativas.

El hallazgo: la mediana vuelve, la cola no

Con esa perturbación identificada, los autores estiman la respuesta de los cuantiles 10, 50 y 90 de la inflación interanual en Estados Unidos, la zona del Euro y el Reino Unido, a horizontes de hasta veinticuatro meses, para una perturbación calibrada de modo que el precio real del crudo suba un 10 % en el impacto.

En el impacto, los tres cuantiles suben más o menos a la vez: la distribución se desplaza a la derecha sin cambiar de forma. El escenario central de inflación sube en torno a dos décimas y media. Hasta aquí, lo esperable y, por tanto, nada sorprendente.

Doce meses después, el cuadro cambia. La mediana ha vuelto a su nivel previo y el cuantil 10 también. El cuantil 90, en cambio, sigue entre medio punto y siete décimas por encima del punto de partida. La distribución ya no es la misma: ha adquirido asimetría positiva. Traducido a lo que interesa a un banco central, los autores calculan que la probabilidad de que la inflación supere el 2 % es diez puntos porcentuales mayor que en el escenario base, aun cuando el escenario central haya vuelto a la normalidad. El escenario central ha vuelto a su sitio. El escenario adverso, no. Y es el segundo, no el primero, el que determina si las expectativas se mantienen ancladas.

Por qué esto incomoda a la doctrina establecida

La prescripción convencional ante una perturbación de oferta se formuló en el artículo de Clarida, Galí y Gertler de 1999 y es hoy doctrina de manual: si la subida de precios es transitoria, el banco central debe mirar a través de ella. Endurecer la política ante un encarecimiento de la energía significa añadir una contracción de demanda a una contracción de oferta, es decir, agravar la caída de actividad para adelantar unos meses una desinflación que iba a producirse de todos modos.

El trabajo del Banco de España no niega la premisa: su propio resultado sobre la mediana confirma que el efecto central es transitorio. Lo que niega es la conclusión, por dos vías.

  1. La primera es teórica: si las empresas revisan precios solo cuando compensa pagar el coste de hacerlo, a medida que se acumulan presiones de coste más empresas cruzan ese umbral, la curva de Phillips se empina y responder con contundencia resulta menos costoso en términos de producción perdida.
  2. La segunda es el argumento del anclaje: si la presión al alza dura lo suficiente para incorporarse a las expectativas, el banco central habrá perdido el ancla antes de que la inflación realizada se generalice.

De ahí la propuesta, que los autores toman de un trabajo previo de De Polis, Melosi y Petrella, de un objetivo de inflación ajustado por riesgo, con endurecimiento preventivo cuando el balance de riesgos se inclina al alza.

Tres razones para no dar el asunto por cerrado

Del análisis anterior, es posible establecer tres objeciones que deberían tener presentes antes de aceptar la recomendación.

Se mide la inflación general, se concluye sobre efectos de segunda ronda

La variable estudiada es el índice general de precios, en el que la energía entra de forma mecánica con una ponderación de entre el 8 y el 10 % y es, con diferencia, el componente más volátil. Que una perturbación petrolera mueva la cola superior de ese índice es en buena medida aritmética del índice.

El propio Känzig descompuso el IPC estadounidense por componentes y el resultado es elocuente: al cabo de un año, alrededor del 35 % de la subida del crudo se traslada al componente energético, un 9 % a los bienes no duraderos y apenas un 2 % a los servicios y a los bienes duraderos. Los precios subyacentes no reaccionan de forma significativa a corto plazo. Si lo que preocupa son los efectos de segunda ronda, la variable que hay que mirar es la inflación subyacente o los salarios. El trabajo no reporta ninguna de las dos.

El canal de expectativas no se mide, y la evidencia disponible apunta en otra dirección

Los autores admiten que los costes de menú no explican la persistencia de la cola a doce meses, y trasladan la carga explicativa a las expectativas. Pero no las miden. Y la evidencia sobre cómo reaccionan las expectativas a exactamente esta perturbación está publicada, en el mismo artículo del que procede el instrumento: las expectativas de los hogares suben con fuerza y se disipan en pocos trimestres, mientras que las de los previsores profesionales apenas se mueven. Ese es el patrón contrario al que requiere un relato de desanclaje. Cabe argumentar que el episodio de 2021 a 2023 cambió la formación de expectativas, y es una hipótesis seria, pero entonces hay que estimarla, no invocarla.

La recomendación pondera una cola e ignora la otra

El mismo trabajo estima la respuesta de la producción industrial y encuentra el patrón clásico de crecimiento en riesgo: la cola izquierda de la actividad cae más y permanece deprimida más tiempo que la superior. A continuación, recomienda endurecer preventivamente, lo que profundizaría exactamente esa cola izquierda. Una gestión de riesgos coherente exige poner ambas colas en la misma función de pérdida y decir cuánta actividad se está dispuesto a sacrificar por cuánto riesgo nominal evitado. Ese cálculo no aparece.

A lo que se añade un problema metodológico: las funciones de respuesta estimadas incorporan ya la reacción histórica de los bancos centrales, que ante esta clase de perturbación fue muy tenue. La cola persistente que observamos es el resultado de una política que no apoyó contra ella. Deducir de ahí que la política debería apoyar más es un razonamiento que exige un modelo estructural, no una regresión.

Qué convencería

Cinco ejercicios que ayudarían a desarrollar conclusiones pertinentes: un contraste formal de la diferencia entre cuantiles; la réplica sobre inflación subyacente y salarios; los cuantiles de las expectativas de inflación a distintos horizontes; la separación de la perturbación en subidas y bajadas, para descartar que lo que se interpreta como riesgo de cola sea simplemente la asimetría de la traslación de los precios del crudo; y una partición muestral por régimen monetario, porque la muestra arranca en 1975 y el instrumento de alta frecuencia solo existe desde 1983.

La dirección conceptual del trabajo es la correcta: un banco central que vigila sólo la tendencia central descarta información relevante. Lo que todavía no está establecido es que la cola derecha se comporte como el trabajo sostiene, ni que la respuesta adecuada sea endurecer antes.

Fuentes

De Polis, A., Fernández-Gallardo, Á. y Rosas, J. N. (2026), Oil supply shocks and inflation tail risks, Documentos de Trabajo n.º 2622, Banco de España. doi.org/10.53479/44148

Känzig, D. R. (2021), The macroeconomic effects of oil supply news: evidence from OPEC announcements, American Economic Review 111(4). doi.org/10.1257/aer.20190964

Adrian, T., Boyarchenko, N. y Giannone, D. (2019), Vulnerable growth, American Economic Review 109(4). doi.org/10.1257/aer.20161923

Kilian, L. (2009), Not all oil price shocks are alike, American Economic Review 99(3). doi.org/10.1257/aer.99.3.1053

Clarida, R., Galí, J. y Gertler, M. (1999), The science of monetary policy: a New Keynesian perspective, Journal of Economic Literature 37(4). doi.org/10.1257/jel.37.4.1661

De Polis, A., Melosi, L. y Petrella, I. (2025), The taming of the skew: asymmetric inflation risk and monetary policy, ECB Working Paper 3028. doi.org/10.2866/2222868

Golosov, M. y Lucas, R. E. (2007), Menu costs and Phillips curves, Journal of Political Economy 115(2). doi.org/10.1086/512625

Las opiniones expresadas en este blog son de carácter estrictamente académico y no constituyen asesoramiento financiero.

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El precio de la memoria en el ciclo de inversión de la IA: ni la crisis económica ni la innovación bastarán para abaratarla

La DRAM de consumo se ha convertido en un subproducto de la inversión en centros de datos. Su abaratamiento dependerá de la maduración de nueva capacidad de fabricación y de la sostenibilidad financiera y física de esa inversión.

Elíes Furió Blasco, Université de  Lyon 

Entre el primer trimestre de 2023 y el primer trimestre de 2026, los ingresos trimestrales de la industria mundial de memoria DRAM pasaron de 9.663 millones de dólares a 97.000 millones, según las series de TrendForce. La comparación parte del mínimo cíclico de 2023, pero ningún episodio anterior de la historia del sector registra una multiplicación por diez en tres años. El consumidor lo percibe en productos concretos: la versión de 128 GB del Framework Desktop, un ordenador compacto pensado para ejecutar modelos de lenguaje en local, costaba 1.999 dólares en febrero de 2025 y 3.449 dólares en julio de 2026.

Ante la pregunta de cuándo bajarán esos precios, circulan dos respuestas. Una espera que una crisis económica general contraiga la demanda; la otra confía en que la innovación tecnológica vuelva a abaratar la producción, como ha hecho durante cinco décadas. Ambas descansan en supuestos que el ciclo actual de precios de la memoria ha dejado de cumplir. La primera supone que el consumidor final es el comprador que determina el precio. La segunda, que el escalado de los procesos de fabricación conserva su ritmo histórico.

Un choque de reasignación, no de escasez física

En el primer trimestre de 2026, los precios de contrato de la DRAM convencional aumentaron entre un 93% y un 98% respecto al trimestre anterior. La propia TrendForce había previsto en enero subidas del 55–60%: el error de previsión rondó los cuarenta puntos. Desde entonces, las subidas se han moderado sin invertirse: la consultora anticipaba un 13–18% para el tercer trimestre y, según fuentes secundarias, elevó al 3–8% su previsión para la DRAM de ordenadores personales en el cuarto trimestre. Su actualización de agosto describe un bloqueo entre compradores y vendedores y anticipa que la oferta destinada a ordenadores personales se reducirá, desplazada por la demanda de servidores.

El origen del choque no es una caída de la producción, sino un cambio en su destino de la misma. Los fabricantes han dedicado la capacidad nueva y los nodos avanzados a memoria de alto ancho de banda (HBM) y a módulos para servidores, sin construir capacidad adicional para memoria convencional. En palabras de Silicon Analysts, se ha producido una migración interna de la composición de productos. Los grandes proveedores de servicios en la nube (hiperescaladores) estadounidenses se aseguraron capacidad por adelantado, y el resto de compradores tienen que aceptar precios más altos.

La estructura del mercado facilita esa estrategia. Según datos de Counterpoint Research recogidos por la prensa financiera, en el segundo trimestre de 2026 Samsung controlaba el 39% del mercado, SK Hynix el 26% y Micron el 25%; las cuotas por ingresos que TrendForce estima para el primer trimestre son coherentes con esas cifras. Los márgenes lo reflejan: SK Hynix opera en memoria convencional con un margen operativo estimado próximo al 80%, el más alto de su historia, y Micron ha previsto un margen bruto cercano al 86% para el último trimestre de su ejercicio fiscal. Para el consumidor, TrendForce estimaba, en noviembre de 2025, que la memoria pasaría a representar más del 20% del coste de fabricación de un portátil y que su precio podría subir entre un 5% y un 15%.

Quién fija el precio de la memoria de consumo

Kalecki (1954) explicaba el precio de las industrias oligopolísticas como un margen sobre los costes directos, cuyo tamaño depende del «grado de monopolio». La memoria añade una particularidad: su grado de monopolio no es estable. En las fases bajistas del ciclo sectorial, tres fabricantes que controlan el 90% del mercado compiten como si fueran cientos y venden a precios cercanos al coste; en cambio, cuando la oferta está restringida en relación con las demandas, la misma estructura sostiene márgenes extraordinarios. Con el coste por bit prácticamente estancado, la duplicación del precio, en 2026 se ha traducido casi íntegramente en margen.

El mecanismo que conecta los centros de datos con el portátil de un particular es el coste de oportunidad de la oblea (wafer) de silicio. Cada oblea puede convertirse en memoria convencional o en HBM, y el fabricante la destina al producto que más ingresos netos le deja. Mientras la HBM sea más rentable, el precio de la memoria convencional tiene que subir hasta igualar esa rentabilidad alternativa. El consumidor ha dejado de ser el comprador marginal en la determinación de precios: el precio que paga lo fija la demanda de los centros de datos.

El precio de la memoria de consumo lo fija la rentabilidad alternativa de la oblea en los centros de datos, no la demanda de consumo.

El mecanismo tiene un límite interno, porque a medida que sube el precio de la memoria convencional se reduce la ventaja de la HBM. Los datos de 2026 lo muestran. Según TrendForce, el precio medio de SK Hynix, el fabricante más volcado en HBM, creció menos que el de sus rivales porque los precios de contrato de la HBM bajaron en 2026, mientras Samsung, con más peso de la memoria convencional, registró la mayor subida. Las estimaciones divulgativas que atribuyen a la HBM márgenes entre tres y cinco veces superiores reflejan probablemente la situación de 2024–2025, no la actual.

Una explicación del mecanismo

Cuando se dice que el mecanismo tiene un límite interno, se está queriendo significar que el mecanismo se frena a medida que actúa. El razonamiento tiene cuatro pasos.

  1. El punto de partida. Cada oblea puede destinarse a HBM o a memoria convencional, y el fabricante elige el uso que más ingresos netos le deja. En 2024–2025 la HBM era mucho más rentable por oblea, así que los fabricantes le fueron destinando cada vez más.
  2. El efecto. Al desviar obleas hacia la HBM, disminuye la oferta de memoria convencional y su precio sube. Este es el mecanismo que explica el encarecimiento de la memoria de consumo.
  3. El límite. Esa misma subida hace que cada oblea dedicada a memoria convencional rinda más, y la diferencia de rentabilidad entre ambos usos se estrecha. Cuando se iguala, el fabricante deja de tener motivo para seguir desviando obleas. El mecanismo no empuja el precio al alza sin fin: lo lleva hasta el nivel en que ambos usos rinden lo mismo.
  4. Un ejemplo con cifras puramente ilustrativas, no reales: una oblea convertida en HBM genera 30.000 dólares, y convertida en DDR5, 10.000. El fabricante desvía obleas a HBM. Si la DDR5 escasea y su precio se triplica, esa oblea pasa a generar también 30.000, y el incentivo desaparece. Si además el precio de la HBM baja, la igualdad se alcanza antes.
  5. La evidencia. Es lo que sugieren los datos de 2026. Los precios de contrato de la HBM bajaron mientras los de la memoria convencional se duplicaban. Samsung, con más peso de la memoria convencional, registró la mayor subida de precio medio de los tres grandes fabricantes. SK Hynix, el más volcado en HBM, creció menos.

No obstante, el límite no actúa de inmediato, en el corto plazo. La HBM se vende con contratos plurianuales, y parte de su capacidad de apilado y encapsulado no puede reconvertirse fácilmente, así que la reasignación en sentido inverso llega con retraso. Asimismo, el límite solo afecta a este mecanismo concreto. Si la escasez total de obleas persiste, los precios de ambos tipos de memoria pueden seguir subiendo a la vez.

Por qué una recesión general no bastaría

La última gran caída del precio de la memoria sí tuvo un origen macroeconómico. Los precios empezaron a bajar a finales de 2021 y se hundieron en 2022, cuando coincidieron la subida de tipos, la guerra de Ucrania y los confinamientos en China. Los precios de la DRAM y la NAND se redujeron a la mitad, SK Hynix recortó a la mitad su inversión y Micron redujo su plantilla en torno a un 10%. Los fabricantes bajaron sus tasas de utilización al 74–82%, y Samsung y SK Hynix perdieron más de 16.000 millones de dólares en su negocio de chips en 2023.

Aquel episodio operó, sin embargo, a través de un comprador distinto: fue la resaca de la sobreinversión en electrónica de consumo durante la pandemia, en un mercado dominado por teléfonos y ordenadores. En 2026 la demanda de consumo lleva meses debilitada (en abril, TrendForce constataba que el encarecimiento frenaba la renovación de ordenadores) y los precios han seguido subiendo. Una recesión general reduciría todavía más esa demanda, pero los fabricantes podrían reasignar la capacidad liberada a servidores. TrendForce ya anticipaba en 2025 que la respuesta del mercado de consumo sería una caída de volúmenes, no una corrección de precios.

La crisis que sí importaría

En este contexto, puede pensarse que el canal relevante es la inversión de los hiperescaladores. Según FactSet, Alphabet, Amazon, Meta, Microsoft y Oracle invertirán en conjunto más de 690.000 millones de dólares en sus ejercicios fiscales de 2026. La relación con la memoria es circular: Microsoft atribuye unos 25.000 millones de su inversión de 2026 a la inflación de los componentes, de modo que el encarecimiento de la memoria infla una parte de la inversión que lo sostiene.

La financiación de esa inversión muestra rasgos que Minsky (1986) reconocería. La deuda incremental ha pasado de cubrir el 9% de la inversión en 2024 al 32% a mediados de 2026; Alphabet completó en junio una ampliación de capital de 84.750 millones de dólares y Oracle prevé captar 40.000 millones. Estas empresas conservan flujos de caja enormes, por lo que el recurso a financiación externa no implica fragilidad financiera inmediata; aunque sí que hace depender la continuidad de la inversión de los mercados de capitales.

El mecanismo bajista más verosímil es contable. Según Silicon Analysts, las amortizaciones de los hiperescaladores crecen entre un 30% y un 40% anual y comprimirán mecánicamente sus márgenes; y ante una reducción de márgenes, los directores financieros suelen responder moderando la inversión, como hizo Amazon en 2022–2023. A ello se suma una restricción física: diversos análisis sitúan ya en la disponibilidad de energía, y no en los chips, el principal cuello de botella de los centros de datos.

Los indicadores de septiembre de 2026 no muestran todavía esa corrección. Las previsiones de inversión se han revisado repetidamente al alza, y para alcanzar el billón de dólares en 2027 bastaría con un crecimiento del 36,5%, menos de la mitad que en 2026. Micron sostiene que la escasez durará más allá de 2027, aunque los fabricantes tienen interés en transmitir expectativas de escasez persistente, que refuerzan su posición en la negociación de contratos a largo plazo.

La contribución de la innovación en el pasado y en el futuro

Durante medio siglo, la innovación abarató la memoria de forma casi automática. La ley de Wright (1936) establece que el coste unitario cae un porcentaje fijo cada vez que se duplica la producción acumulada. Para la DRAM, Irwin y Klenow (1994) estimaron con datos de siete generaciones de chips entre 1974 y 1992 una tasa de aprendizaje media del 20%. La densidad de la DRAM se duplicaba aproximadamente cada 18 meses.

Ese régimen se ha agotado. En la última década, la densidad total de la DRAM solo se ha duplicado, frente a aumentos del orden de cien veces por década en su época dorada; los condensadores de cada celda son ya estructuras tridimensionales con relaciones de aspecto próximas a 100:1. Una prepublicación técnica reciente sostiene que el coste por bit lleva más de una década estancado y que ese estancamiento, a diferencia de la subida de precios, responde a límites físicos y no al mercado.

La innovación no ha desaparecido, pero ha cambiado de función. Un nuevo nodo de fabricación puede producir alrededor de un 70% más de bits por oblea, aunque la transición reduce temporalmente la producción. Su efecto ya no es un abaratamiento continuo, sino un salto de oferta concentrado en el momento en que el nodo madura, que se suma a la dinámica de telaraña del sector.

El modelo de la telaraña (Kaldor, 1934; Ezekiel, 1938) describe mercados en los que la producción se decide con los precios de hoy, pero llega al mercado años después. Si el retraso es largo y la oferta responde con fuerza, el mercado oscila entre escasez y exceso. En la memoria, una fábrica nueva tarda entre dos y tres años en producir, la capacidad se añade en grandes bloques y, según SemiAnalysis, las transiciones de nodo continúan, aunque la demanda caiga, de modo que la oferta de bits sigue creciendo en plena fase bajista. En 2019, IC Insights estimaba que las ventas de DRAM caerían de 99.400 a unos 62.000 millones de dólares. La caída de 2022–2023 fue aún más profunda.

La capacidad que viene, y cuándo llega

La producción de obleas de DRAM crece hoy a un ritmo del 6–8% anual. Las nuevas fábricas de Samsung y SK Hynix no producirán a escala antes del segundo semestre de 2027; la primera fábrica nueva de Micron, en Idaho, empezará a producir DRAM a mediados de ese año, y su planta de Hiroshima apunta a 2028. En Corea, la primera fábrica de SK Hynix en Yongin recibirá equipos desde el segundo trimestre de 2027, y la nueva planta de Samsung en Pyeongtaek prevé producción masiva a finales de 2028. ASML entregará 56 escáneres EUV en 2027, de ellos 7 a Samsung y hasta 20 a SK Hynix para memoria.

Las fuentes no coinciden al describir la estrategia de los fabricantes. En marzo, TechPowerUp informaba de que no veían justificación para ampliar más allá de lo previsto. En agosto, la prensa financiera recogía planes muy ambiciosos: un aumento de producción del 50% en Samsung, unos 600 billones de wones de SK Hynix en Yongin con un calendario adelantado doce años, y 27.000 millones de dólares de inversión de Micron. La misma fuente afirma que la producción de 2027 está vendida en su totalidad y, a la vez, que los planes de expansión son excesivamente agresivos. La contradicción se disuelve si se separa la oferta de 2027, ya comprometida, de la capacidad que llegará desde 2028. El riesgo reside en esa capacidad, decidida en plena escasez, que madurará en un entorno de demanda desconocido, como advierte Morningstar.

Quedan dos fuerzas más. La primera es la entrada de nuevos competidores, la destrucción creativa de Schumpeter (1942). El fabricante chino CXMT ya suministra a algunos fabricantes de portátiles y está siendo probado por Apple, pero los controles de exportación estadounidenses y una baja localización de equipos pueden limitar su expansión. La segunda es la eficiencia en el uso de la memoria: cuantización, arquitecturas de mezcla de expertos, compresión. Aquí opera la paradoja que Jevons (1865) observó con el carbón y que la literatura posterior ha documentado ampliamente (Alcott, 2005): si la inferencia se abarata, se usa más, y la demanda total de memoria puede crecer en lugar de reducirse. Las técnicas de software frenan el crecimiento del uso de DRAM, pero no su coste por bit.

Cuándo y cómo una inflexión

Las previsiones convergen en situar el punto de inflexión entre finales de 2027 y 2028: IDC espera estabilización a mediados de 2027, Counterpoint sitúa el primer giro posible en el cuarto trimestre y el consejero delegado de Intel no prevé alivio antes de 2028; los propios fabricantes sitúan el fin de la escasez a finales de 2028. El historial de estas previsiones aconseja prudencia. En enero de 2026, un análisis que agregaba varias consultoras daba un 60% de probabilidad a que los precios empezaran a bajar en el tercer trimestre de 2026; seis meses después, ese trimestre pasaría a subidas de dos dígitos. En este mercado las previsiones fallan en ambas direcciones, porque la demanda depende de decisiones de inversión que se revisan cada trimestre.

Haciendo uso de la máxima cautela, pueden establecerse tres escenarios:

Escenarios para el precio de la DRAM de consumo

Escenario

Desencadenante

Precio de la DRAM de consumo

Horizonte

Central: meseta y normalización gradual

La nueva capacidad entra en producción mientras la inversión en IA crece a menor ritmo

Estabilización en niveles elevados en 2027 y descenso progresivo

2027–2028

Corrección de telaraña

Desaceleración de la inversión en IA (amortizaciones, financiación o energía) coincidente con la entrada de nuevas fábricas

Caída brusca, de magnitud comparable a la de 2022–2023

Finales de 2027 y 2028

Escasez prolongada

Aceleración sostenida de la inversión en IA y disciplina de capacidad

Precios elevados más allá de 2028

Desde 2029

El escenario central es el más probable con la información actual. El de corrección es menos probable, pero sería el de mayor efecto sobre los precios, y gana peso a medida que se acerca la entrada en producción de la nueva capacidad. Para seguir la evolución basta con cinco indicadores:

  • la variación trimestral de los precios de contrato de TrendForce (el primer trimestre en negativo marcaría el cambio de fase);
  • las previsiones de inversión de los hiperescaladores, junto con su crecimiento en la nube y sus obligaciones pendientes, que FactSet recomienda vigilar;
  • los inventarios de los fabricantes, hoy en mínimos y que en 2023 llegaron a cuatro meses de producción;
  • los anuncios de recortes de producción; y
  • el volumen de memoria de CXMT en productos occidentales.

Qué implica para el consumidor que necesita comprar

Hicks (1974) distinguía entre mercados de precios flexibles, que se ajustan a la oferta y la demanda, y mercados de precios fijos, donde el precio se forma sumando un margen al coste. La memoria pertenece a los primeros: sus contratos se renegocian cada trimestre. El portátil, a los segundos. De ahí se siguen dos consecuencias. La transmisión llega con retraso: TrendForce anticipa que los portátiles seguirán encareciéndose a medida que los componentes caros entren en los inventarios. Y es probablemente asimétrica: la literatura sobre transmisión de costes documenta que los precios finales suben deprisa y bajan despacio (Bacon, 1991), aunque no hay estimaciones específicas para la electrónica de consumo en este episodio. Para quien necesite hoy un equipo con mucha memoria, esperar seis o doce meses difícilmente abaratará la compra. Quien pueda esperar tiene en 2028 un horizonte razonable, con la incertidumbre de que la corrección llegue de forma gradual o brusca.

Nota sobre los datos.

Las cifras de precios e ingresos proceden de notas de prensa y resúmenes de TrendForce; los datos de empresas, de prensa financiera y boletines especializados, contrastados cuando ha sido posible; las previsiones y estimaciones de analistas se utilizan de forma cualitativa. Las cifras de inversión de los hiperescaladores difieren entre fuentes según el perímetro y el periodo de cómputo. Información cerrada el 21 de septiembre de 2026.

Referencias académicas citadas

  • Alcott, B. (2005). Jevons’ paradox. Ecological Economics, 54(1), 9–21.
  • Bacon, R. W. (1991). Rockets and feathers: the asymmetric speed of adjustment of UK retail gasoline prices to cost changes. Energy Economics, 13(3), 211–218.
  • Ezekiel, M. (1938). The cobweb theorem. The Quarterly Journal of Economics, 52(2), 255–280.
  • Hicks, J. R. (1974). The Crisis in Keynesian Economics. Oxford: Basil Blackwell.
  • Irwin, D. A. y Klenow, P. J. (1994). Learning-by-doing spillovers in the semiconductor industry. Journal of Political Economy, 102(6), 1200–1227. https://doi.org/10.1086/261968
  • Jevons, W. S. (1865). The Coal Question: An Inquiry Concerning the Progress of the Nation, and the Probable Exhaustion of Our Coal-Mines. Londres: Macmillan.
  • Kaldor, N. (1934). A classificatory note on the determinateness of equilibrium. The Review of Economic Studies, 1(2), 122–136.
  • Kalecki, M. (1954). Theory of Economic Dynamics: An Essay on Cyclical and Long-Run Changes in Capitalist Economy. Londres: George Allen & Unwin.
  • Minsky, H. P. (1986). Stabilizing an Unstable Economy. New Haven: Yale University Press.
  • Schumpeter, J. A. (1942). Capitalism, Socialism and Democracy. Nueva York: Harper & Brothers.
  • Wright, T. P. (1936). Factors affecting the cost of airplanes. Journal of the Aeronautical Sciences, 3(4), 122–128.
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Petróleo e inflación: ¿un riesgo que vive en la cola?

¿Oculta la respuesta media de la inflación a una perturbación petrolera un riesgo mayor para la estabilidad de precios? Es la pregunta que plantean Andrea De Polis, Álvaro Fernández-Gallardo y José Nicolás Rosas en un documento de trabajo publicado por el Banco de España en julio de 2026. La respuesta que ofrecen es afirmativa, y sus implicaciones para la política monetaria son de calado.

Qué hace el documento

Los autores utilizan las perturbaciones de noticias sobre oferta de petróleo identificadas por Diego Känzig a partir de la reacción de los futuros del crudo a los anuncios de la OPEP, un diseño que aísla cambios en las expectativas sobre la oferta futura de las variaciones del precio debidas a la coyuntura mundial. Con esas perturbaciones estiman, mediante proyecciones locales por cuantiles, cómo responden no ya la inflación media sino distintos puntos de su distribución: el escenario benigno (cuantil 10), el central (mediana) y el adverso (cuantil 90). El ejercicio cubre Estados Unidos, la zona del euro y el Reino Unido entre 1975 y 2025, para una perturbación que eleva un 10 % el precio real del crudo.

El resultado es una disociación temporal. En el impacto, los tres cuantiles suben a la vez: la distribución se desplaza sin cambiar de forma. Un año después, la mediana y el cuantil inferior han revertido, pero el cuantil 90 sigue entre medio punto y siete décimas por encima del escenario base. La distribución ha adquirido asimetría positiva, y según los autores la probabilidad de superar el objetivo del 2 % aumenta en diez puntos.

Por qué importa

La doctrina establecida, formulada por Clarida, Galí y Gertler en 1999, prescribe mirar a través de las perturbaciones de oferta transitorias. El documento no niega que el efecto central sea transitorio; su propia mediana lo confirma. Lo que sostiene es que el escenario adverso persiste, y que si esa persistencia se incorpora a las expectativas el banco central puede perder el ancla antes de que la inflación realizada se generalice. De ahí su recomendación: vigilar la distribución completa y no solo la tendencia central, y admitir un endurecimiento preventivo cuando el balance de riesgos se inclina al alza.

La dirección conceptual es correcta: un banco central que solo mira la media descarta información. La cuestión es si la evidencia presentada sostiene la recomendación.

Tres reservas

La primera es el índice elegido. El trabajo estudia la inflación general, en la que la energía pesa poco, pero concentra casi toda la volatilidad. Según el propio Känzig, al cabo de un año se traslada al componente energético en torno al 35 % de la subida del crudo, frente a un 2 % en los servicios. Afirmar efectos de segunda ronda exigiría mirar la inflación subyacente, los salarios o las expectativas, y el documento no reporta ninguna de las tres.

La segunda es que la asimetría entre cuantiles se afirma por inspección visual de las bandas, pero nunca se contrasta formalmente.

La tercera afecta a la recomendación. El documento estima también la respuesta de la producción industrial y encuentra que su cola izquierda cae más y dura más. Un endurecimiento preventivo profundizaría precisamente esa cola, y el trabajo no pondera ambos riesgos en una misma función de pérdida. Además, las respuestas estimadas incorporan ya la reacción histórica de los bancos centrales: deducir de ellas que la política debería reaccionar más exige un contrafactual estructural que el documento no realiza.

Cabía sospechar que la cola persistente reflejara simplemente que las subidas del crudo se trasladan más que las bajadas. La respuesta está en los datos que cabría mirar. Los datos no lo confirman: a partir de los doce meses, la respuesta a perturbaciones favorables y desfavorables es igualmente nula.

Un balance

El documento propone un programa de investigación valioso: tratar la distribución de la inflación, y no solo su media, como objeto de la política monetaria. Lo que todavía no establece con solidez es que las perturbaciones petroleras deformen esa distribución de manera persistente, ni que la respuesta adecuada sea endurecer antes. Entre el hallazgo y la recomendación quedan contrastes por hacer.

Fuentes

De Polis, A., Fernández-Gallardo, Á. y Rosas, J. N. (2026), Oil supply shocks and inflation tail risks, Documentos de Trabajo n.º 2622, Banco de España. doi.org/10.53479/44148

Känzig, D. R. (2021), The macroeconomic effects of oil supply news: evidence from OPEC announcements, American Economic Review 111(4), 1092-1125. doi.org/10.1257/aer.20190964

Känzig, D. R., Oil supply news shocks: data vintages, añada 2025M06, licencia CC BY 4.0. github.com/dkaenzig/oilsupplynews

Clarida, R., Galí, J. y Gertler, M. (1999), The science of monetary policy: a New Keynesian perspective, Journal of Economic Literature 37(4), 1661-1707. doi.org/10.1257/jel.37.4.1661

De Polis, A., Melosi, L. y Petrella, I. (2025), The taming of the skew: asymmetric inflation risk and monetary policy, ECB Working Paper 3028. doi.org/10.2866/2222868

Las opiniones expresadas en este blog son de carácter estrictamente académico y no constituyen asesoramiento financiero.

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Francia, 2015-2026. El ajuste que todo el mundo sabe hacer y nadie puede votar: un desequilibrio concentrado y una restricción institucional

Elies Furió Blasco y Matilde Alonso Pérez

Université de Lyon

12 de septiembre de 2026

Hay una manera perezosa de hablar de la economía francesa que consiste en enumerar cifras alarmantes y concluir que el país va hacia una crisis. Y hay otra, igualmente perezosa, que consiste en recordar que Francia tiene un Estado sólido, bancos capitalizados y un mercado de deuda profundo, y concluir que no pasa nada. Las dos esquivan la pregunta interesante, que no es cuánto debe Francia sino por qué no corrige un desequilibrio cuya solución técnica conoce todo el mundo.

¿Cuál es el problema al que debemos enfrentarnos?

Conviene empezar por lo que Francia no tiene. No tiene un desequilibrio exterior agregado: el saldo por cuenta corriente de 2025 fue de 11.600 millones de euros negativos, un 0,4 % del PIB. No tiene un sector privado sobreendeudado: con un déficit público del 5,1 % y un saldo exterior del 0,4 % negativo, la identidad contable de los balances sectoriales obliga a que el sector privado presente una capacidad de financiación cercana a cuatro puntos y medio de PIB. Y no tiene, según la propia agencia que acaba de revisarla, un problema bancario: Fitch destacó en agosto la solidez del sector bancario y la diversificación de la base inversora.

Lo que sí tiene es un desequilibrio fiscal concentrado y persistente. El déficit público fue del 5,1 % del PIB en 2025, el segundo más alto de la zona del euro, y la deuda alcanzó el 117,5 % del PIB en el primer trimestre de 2026, 3.536.100 millones de euros. El gasto público es el 57,2 % del PIB y la presión fiscal el 43,6 %, ambos al alza.

Un detalle que merece atención: la mejora del déficit en 2025 vino de los ingresos, que crecieron un 3,9 %, mientras el gasto crecía un 2,5 %. Es decir, la consolidación se hizo subiendo la presión fiscal ocho décimas en un solo ejercicio, en un país que ya estaba entre los que más recaudan de la OCDE. Y el gobierno ha excluido nuevas subidas generales de impuestos para 2027. Si el margen por la vía de los ingresos está agotado y el gasto no baja, la aritmética no tiene muchas salidas.

Tres puntos de PIB y ningún voto

Este es el asunto crucial: Estabilizar una deuda del 117,5 % del PIB con un diferencial de un punto entre el coste de la deuda y el crecimiento nominal exige un superávit primario de alrededor del 1,2 % del PIB. Francia tiene hoy un déficit primario de unos dos puntos. El esfuerzo es, por tanto, de unos tres puntos de producto repartidos en varios ejercicios.

Tres puntos de PIB no es una cifra extraordinaria. Bélgica, Irlanda, Canadá y los países escandinavos han hecho consolidaciones de escala igual o mayor sin crisis. Nadie discute seriamente el orden de magnitud. Lo que no existe es una mayoría capaz de votarlo.

El ajuste francés es aritméticamente posible y políticamente indisponible. Esa disyunción, y no el tamaño de las cifras, es lo que hay que explicar.

La cronología es importante para entender la situación. Desde la disolución de junio de 2024 ningún gobierno ha tenido mayoría. Barnier duró 99 días, Bayrou 270 y cayó el 8 de septiembre de 2025. El presupuesto de 2026 se adoptó en febrero tras el fracaso de dos mociones de censura y recurriendo al procedimiento que permite aprobar sin voto, con concesiones al Partido Socialista que incluyeron suspender la reforma de las pensiones y renunciar a subidas generales de impuestos. En septiembre de 2026, a semanas de presentar el presupuesto de 2027, el gobierno todavía no había fijado objetivo de déficit.

Esto no es anécdota política, es macroeconomía. Existe una literatura formal que lo describe con precisión. El modelo de guerra de desgaste de Alesina y Drazen predice que, cuando el coste del ajuste debe repartirse entre grupos con capacidad de veto y ninguno conoce la resistencia de los demás, el equilibrio consiste en esperar hasta que el deterioro haga que aguantar cueste más que ceder. Roubini y Sachs documentaron que los gobiernos fragmentados y de vida corta tienen déficits sistemáticamente mayores. Tsebelis formalizó el resultado general: más jugadores con veto y más distancia entre ellos significa menos capacidad de mover el statu quo, en la dirección que sea.

Y hay una capa que estos modelos anglosajones capturan peor, y que el trabajo de Amable y Palombarini sobre el bloque social francés que ilumina bien la situación: el problema no es solo parlamentario. Cada estrategia de ajuste posible, por el gasto social, por la fiscalidad del capital, por la del trabajo o por el gasto territorial, encuentra un bloque de veto suficiente. La fragmentación de la Asamblea es el síntoma. La ausencia de bloque social dominante es la causa. La predicción que se deriva de todo esto es incómoda pero clara: la restricción no se relaja antes de 2027, fecha de las elecciones presidenciales.

El equilibrio del funambulista

Volvamos a examinar el saldo exterior. El déficit comercial de bienes fue de 58.000 millones en 2025, y bajó desde los 61.400 del año anterior casi exclusivamente porque se abarató la factura energética, que pasó de 53.000 a 44.200 millones. En otras palabras, el saldo de bienes no energéticos empeoró, con retrocesos en agricultura, agroalimentario y otros productos industriales, parcialmente compensados por la recuperación aeronáutica.

El equilibrio exterior francés por cuenta corriente descansa sobre tres pilares: un excedente de servicios en el que el turismo aporta la mayor parte, las rentas que las multinacionales francesas obtienen de sus filiales en el extranjero, y una factura energética que depende del precio del petróleo. Ninguno de los tres es un factor de competitividad productiva. El primero es vulnerable a cualquier cosa que afecte a los flujos turísticos, el segundo a decisiones de localización y a la fiscalidad internacional, y el tercero a un conflicto en Oriente Medio que en 2026 ha vuelto a encarecer la energía.

No obstante, no puede afirmarse que Francia financia sus importaciones endeudándose con el exterior, o que el déficit comercial se convierte en deuda pública. No es así, y la identidad contable lo demuestra. El ahorro privado francés excede la inversión privada en unos cuatro puntos y medio de PIB, y es ese excedente interno, no el ahorro extranjero, la contrapartida dominante del déficit público. Lo que las cuentas exteriores revelan es un problema de especialización productiva, no de solvencia externa. Dos cuestiones que no deberían mezclarse, aunque existen análisis serios que confunden ambas cosas con demasiada frecuencia.

Un termómetro que mide una distancia, no un nivel

El diferencial OAT-Bund es el indicador de referencia del riesgo francés. El 4 de septiembre de 2026 estaba en 84,7 puntos básicos, con la OAT al 4,19 % y el Bund al 3,34 %, dentro de una banda que en el último año osciló entre 59 y 85 puntos. Visto así, parece una situación tensa pero estable.

Es una lectura incompleta, puesto que el diferencial mide una distancia, no un nivel, y la referencia respecto de la que se mide se ha movido mucho. El Bund a diez años está en torno al 3,4 %, su nivel más alto en quince años, por el giro fiscal alemán y el entorno de tipos del área. Francia puede, en consecuencia, mantener su prima de riesgo constante y ver dispararse su coste de financiación.

Y eso es exactamente lo que ha pasado. La OAT a diez años superó el 4 % el 23 de julio de 2026, por primera vez desde junio de 2009, con una subida de siete décimas en un año, mientras el diferencial se movía en una banda de veinticinco puntos básicos. El tramo a treinta años llegó al 4,73 % a mediados de julio, máximo desde 2008. Para un emisor que tiene que colocar un volumen récord de deuda, cada centésima son centenares de millones de euros. La carga de intereses del Estado pasa de 53.200 millones en 2024 a unos 67.000 millones en 2026, y ese aumento no depende de ninguna decisión presupuestaria futura.

Importa además no atribuir el movimiento a la política monetaria. El Banco Central Europeo mantuvo sus tipos sin cambios el 23 de julio de 2026, con la facilidad de depósito en el 2,00 %. Lo que sube es la prima por plazo en toda la zona, por oferta de papel soberano y por el fin de las compras netas del Eurosistema, más un componente específicamente francés.

El trasfondo teórico es conocido desde De Grauwe: un Estado que emite en una moneda que no controla está expuesto a equilibrios múltiples, salvo que exista un compromiso creíble del banco central de comprar en última instancia. Ese instrumento existe en la zona del euro, pero su activación está condicionada al cumplimiento de las reglas fiscales, lo que produce una circularidad conocida: protegería a un país que, por hipótesis, habría dejado de cumplir las condiciones para acceder a él. Los 85 puntos básicos actuales incorporan tres apuestas simultáneas: que el marco europeo sigue siendo vinculante, que el banco central es creíble y que habrá, en algún momento, un mínimo de disciplina presupuestaria. Es la tercera la que el mercado puede acabar poniendo a prueba.

Dos indicadores adiciones a mirar con detalle

El paro llegó al 8,3 % en el segundo trimestre de 2026, máximo desde 2020, sexto trimestre consecutivo de subida, 2,7 millones de personas, 261.000 más que un año antes. El deterioro es real y la OCDE proyecta 8,7 % en 2027. Pero hay un matiz de medición que el propio Insee señala: la ley por el pleno empleo, en vigor desde enero de 2025, inscribe automáticamente en France Travail a los beneficiarios del RSA y a ciertos jóvenes, y esos colectivos explican cerca de la mitad de la subida de un trimestre concreto. Parte del alza no es destrucción de empleo, es cambio de perímetro. Reconocerlo no anula el deterioro subyacente; obliga a no comparar 2026 con 2023 como si midieran lo mismo.

El otro es el ahorro. La tasa de los hogares está en el 17,4 % de la renta disponible en el primer trimestre de 2026, tras tocar el 18,5 % a mediados de 2025, y los flujos siguen muy por encima de su media de largo plazo. Se suele leer como virtud de prudencia. Es también un desequilibrio, y de los incómodos, porque tiene dos caras contradictorias: resta demanda a una economía cuyo crecimiento es esencialmente de demanda interna, y al mismo tiempo constituye la base interna que permite financiar el déficit público sin depender del ahorro exterior. Quien propone movilizar ese ahorro hacia el consumo rara vez explicita que estaría reduciendo la demanda interna de deuda pública.

Crisis de la deuda versus tutela financiera

Fitch mantuvo el A+ con perspectiva estable el 28 de agosto, pero con avisos explícitos sobre deuda elevada, contexto político que complica la consolidación y potencial de crecimiento económico débil, y revisó al alza sus previsiones de déficit público: 5,2 % en 2026, 5,5 % en 2027 y 5,2 % en 2028. Nótese que la agencia espera que 2027 sea peor que 2026, es decir, que no anticipa consolidación alguna en el año electoral. Quedan las revisiones de Moody’s el 24 de octubre y de S&P el 28 de noviembre.

Una conclusión a la que puede llegarse es que el riesgo dominante no es una crisis de financiación. El marco institucional europeo está diseñado precisamente para evitar eso. El riesgo es un cambio de régimen: la instalación duradera en un nivel de prima de riesgo más alto y, con ella, una reducción permanente del margen presupuestario para cualquier otra cosa, incluidas la transición energética, la defensa y la educación. Francia no se enfrenta a un impago. Se enfrenta a una tutela prolongada.

El caso francés obliga a sacar del cajón herramientas que la macroeconomía estándar arrincona: modelos de guerra de desgaste, teoría de jugadores con veto, análisis de bloques sociales. No es un recurso a la sociología por falta de rigor económico. Es reconocer que, cuando la restricción operativa es institucional y no presupuestaria, la variable explicativa también lo es.

* * * 

Nota sobre los datos

Las magnitudes de finanzas públicas, empleo, precios, ahorro y cuentas exteriores proceden de fuentes institucionales enlazadas en el texto: Insee, Banque de France, Eurostat, OCDE y OFCE. Las cotizaciones y diferenciales proceden de agregadores financieros y de casas de análisis con posición potencial en los mercados descritos. Dos advertencias específicas. Primera: el OFCE anunció en 2025 que Francia había recuperado un excedente exterior corriente de 3.000 millones en 2024, mientras la Banque de France sitúa ese saldo en menos 9.300 millones; la divergencia procede muy probablemente de revisiones sucesivas, pero invierte el signo y conviene señalarla. Segunda: varias fuentes secundarias fechadas en 2026 siguen atribuyendo a Francia la calificación AA− de S&P y Fitch, cuando ambas la sitúan en A+ desde el otoño de 2025. Las cifras anteriores a 2024 citadas sin enlace son aproximaciones del autor.

Versión académica

Esta entrada resume y adapta el artículo «Los desequilibrios macroeconómicos de Francia, 2015-2026: el ajuste aritméticamente posible y políticamente indisponible» (Furió Blasco & Alonso Pérez 2026), que contiene el desarrollo formal del marco de balances sectoriales, las tablas de indicadores, la descomposición del saldo exterior, el cuadro del Procedimiento de Desequilibrios Macroeconómicos y el aparato bibliográfico completo.

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El desequilibrio ya no está donde lo buscamos: Estados Unidos, 2015-2026: once años de recomposición macroeconómica

Elies Furió Blasco & Matilde Alonso Pérez

Université de Lyon

12 de septiembre de 2026

Hay una forma cómoda de contar la macroeconomía estadounidense del último decenio: los desequilibrios de los años dos mil se corrigieron, la pandemia los reabrió y ahora se están cerrando otra vez. Es una versión de la historia cómoda y es falsa. Los desequilibrios estadounidenses no se han corregido entre 2015 y 2026. Han cambiado de sitio, de naturaleza y, sobre todo, de visibilidad estadística. Y lo tercero importa más que lo primero, porque varios de los indicadores con los que solemos diagnosticarlos han dejado de informar sobre aquello que pretenden medir.

Tres indicadores que en 2015 resumían el estado de la economía estadounidense han perdido contenido informativo en 2026. No porque se midan peor, sino porque su referencia se ha movido bajo ellos.

El déficit gemelo ha dejado de ser gemelo

Empecemos por el hecho más sólido. En 2015 el déficit federal estadounidense era del 2,4 % del PIB. En 2019, con la economía cerca del pleno empleo, ya se había duplicado. Y tras el paréntesis pandémico no regresó a su punto de partida sino a una banda próxima al 6 %, donde lleva instalado desde 2023. Para el ejercicio 2026, la Oficina Presupuestaria del Congreso proyecta un déficit de 1,9 billones de dólares, el 5,8 % del PIB, con la deuda en manos del público pasando del 99 % al 101 % del producto interior bruto y camino del 120 % en 2036, por encima del máximo de 1946.

Lo interesante no es el nivel sino la composición. El déficit primario, el que excluye intereses, es del 2,6 % del PIB y va bajando hasta el 2,1 % en 2036. Los intereses netos, en cambio, suben del 3,3 % al 4,6 %. Traducido: el deterioro de la próxima década no lo provoca ningún programa de gasto nuevo. Lo provoca el servicio de la deuda ya contraída, refinanciándose a los tipos posteriores a 2022. Es una factura emitida, no una decisión pendiente.

Eso delimita brutalmente el espacio de las soluciones. Un ajuste primario de un punto de PIB, que en el Congreso actual sería una operación política extraordinaria, no basta para estabilizar la ratio de deuda mientras el tipo implícito de la deuda supere el crecimiento nominal. Y ese diferencial, negativo entre 2015 y 2021, ha dejado de serlo.

Respecto a los aranceles, durante 2025 se vendieron como un ingreso estructural. No lo eran. El Tribunal Supremo los tumbó el 20 de febrero de 2026 en Learning Resources contra Trump, y el Penn Wharton Budget Model calcula devoluciones de hasta 175.000 millones de dólares y una caída a la mitad de la recaudación futura. El arancel medio efectivo pasó del 2,3 % en enero de 2025 a un máximo próximo al 17 %, y de vuelta al 6,7 % en julio de 2026. Que el nivel de protección de una economía de 31 billones oscile en un factor de siete en año y medio no es política comercial. Y la incertidumbre resultante es un impuesto sobre la inversión que no figura en ningún código tributario.

La corrección exterior que no existe

Aquí está el error de lectura más extendido del momento. Si uno mira la cuenta corriente, Estados Unidos parece estar corrigiéndose: el déficit bajó al 3,6 % del PIB en 2025 desde el 4,0 % de 2024, y el primer trimestre de 2026 se cerró en el 2,9 %. Conclusión aparente: el ajuste avanza.

Ahora pongamos al lado la otra serie. La posición de inversión internacional neta, es decir, lo que Estados Unidos tiene fuera menos lo que el resto del mundo tiene dentro, era de menos 27,6 billones de dólares al cierre del tercer trimestre de 2025 y de menos 21,3 billones al cierre del primero de 2026. Seis billones de mejora en dos trimestres. Alrededor de veinte puntos de PIB.

Ninguna cuenta corriente produce eso. El déficit acumulado de esos dos trimestres no llegó al medio billón. La mejora es íntegramente de valoración: los pasivos estadounidenses frente al exterior cayeron de 68,9 a 64,6 billones. Mientras tanto, las transacciones financieras netas de 2025 siguieron siendo de endeudamiento neto frente al resto del mundo, por 1,21 billones.

La posición exterior neta de Estados Unidos mejora precisamente cuando sus activos se deprecian. Es un indicador que se mueve en sentido contrario al riesgo que pretende medir.

El mecanismo se conoce desde los trabajos de Gourinchas y Rey sobre el privilegio exorbitante: los pasivos externos estadounidenses son, en buena medida, renta variable y los activos exteriores de residentes estadounidenses están denominados en divisa, de modo que la posición neta mejora cuando la bolsa americana se queda atrás y cuando el dólar se deprecia. Estados Unidos tiene contratado, por pura construcción contable, un seguro externo que se activa en los mismos escenarios que empobrecen a sus residentes. Es una ventaja real. También es un recordatorio de que ese seguro no reduce la exposición: la traslada.

Además, buena parte del movimiento del saldo comercial de 2025 fue anticipación de importaciones frente al calendario arancelario y su posterior reversión. El déficit por cuenta corriente del primer trimestre de 2025 fue del 5,9 % del PIB y el del segundo del 3,3 %. Dos puntos y medio de PIB en un trimestre no admiten lectura estructural de ningún tipo.

Un termómetro que ha cambiado de escala

La tasa de paro estadounidense estaba en el 4,2 % en julio de 2026. Y sin embargo la creación de empleo no ha sido óptima: 126.000 puestos en enero, menos 92.000 en febrero. ¿Cómo se concilian ambas cosas? Cuántos puestos que hay que crear cada mes para que el paro no se mueva. Los economistas de la Reserva Federal de Dallas lo sitúan cerca de cero, y puntualmente en negativo, a finales de 2025, frente a unos 250.000 en 2023. Los de San Luis manejan un intervalo de 15.000 a 87.000 para 2026, y Kansas City y Chicago llegan a lo mismo por caminos distintos.

La causa es demográfica y migratoria: Dallas estima una salida neta de inmigrantes no autorizados de 55.000 personas al mes en el segundo semestre de 2025, 548.000 en el año. El denominador del mercado laboral se ha encogido.

Piénsese en lo que eso significa para el diagnóstico. Un dato de 40.000 empleos, que en 2019 habría sido señal de enfriamiento, hoy puede ser compatible con un mercado tenso. Y al revés: la estabilidad de la tasa de paro ha dejado de ser prueba de solidez de la demanda de trabajo, porque puede reflejar solo la contracción simultánea de la oferta. No es un problema de medición. Es que la referencia se ha movido.

Con una derivada fiscal que casi nunca se menciona. El crecimiento potencial incorpora el crecimiento de la población activa, y ese crecimiento potencial es la variable con la que se compara el coste de la deuda. El giro migratorio y la sostenibilidad de la deuda pública no son asuntos separados: el primero empeora la aritmética del segundo.

Cuando el consumo depende del patrimonio y no del salario

El cuarto desequilibrio es distributivo, y aquí tenemos que manejar con precaución puesto que la cifra más citada es también la más frágil. Moody’s Analytics estima que el 20 % de hogares de mayor renta concentra cerca del 60 % de los desembolsos personales, con un crecimiento interanual del 6,5 % frente al 2,6 % del resto, este último por debajo de la inflación. De ahí sale el titular de la economía en forma de K; es decir, modelo en el que diferentes sectores, empresas o grupos sociales evolucionan en direcciones opuestas tras una crisis o cambio estructural.

Antes de usarla, hay que someterla a crítica. La Reserva Federal de Mineápolis ha revisado todas las fuentes disponibles y concluye que las distintas mediciones ofrecen patrones contradictorios, desde una K pronunciada hasta la ausencia de K, y que comparar entre ellas es engañoso porque miden objetos distintos. El propio autor de la estimación más difundida ha admitido que su metodología ha recibido críticas y que sus cifras podrían exagerar el fenómeno. Hay un conflicto entre fuentes primarias.

Lo que sí sostienen todas las series es un enunciado más modesto y más robusto: el consumo agregado depende cada vez más de hogares cuya propensión a gastar la determina la riqueza financiera e inmobiliaria, no la renta laboral corriente. Y eso tiene tres consecuencias. Primera, cambia la transmisión de la política monetaria, porque el canal de redistribución gana peso sobre el de sustitución intertemporal. Segunda, acopla el ciclo financiero al ciclo real por el lado de la demanda y no solo por el del crédito. Tercera, y más incómoda, deteriora la capacidad predictiva de todos los indicadores construidos sobre el hogar mediano, que ha dejado de ser representativo del gasto agregado.

En el otro brazo de la K, los datos sí son duros y verificables. La deuda de los hogares alcanzó 18,8 billones de dólares en el segundo trimestre de 2026, con un 4,7 % del saldo en alguna fase de morosidad y una morosidad grave del crédito estudiantil del 10,6 %. La Reserva Federal de Nueva York subraya que las nuevas entradas en mora de préstamos de automóvil y tarjetas siguen en niveles elevados pese a la estabilidad del agregado. Que la morosidad media sea moderada mientras los segmentos bajos se tensan es exactamente lo que cabe esperar de un ajuste bimodal.

Y en 2026 se ha superpuesto un factor regresivo adicional: el choque energético. Con la gasolina un 27,4 % más cara que hace un año, el golpe a la renta disponible real recae con mucha más fuerza sobre los deciles inferiores, en cuya cesta de la compra pesa más la energía. Esto es cierto con independencia de cuál sea la estimación correcta de la participación del decil superior en el consumo.

Tres choques a la vez, y ninguno de demanda

El IPC de agosto de 2026 fue del 3,4 % interanual, con la energía un 16,3 % por encima del año anterior y el fuelóleo un 52 %. La inflación subyacente, en cambio, fue del 2,4 %, aunque con un avance mensual del 0,3 %, una décima por encima de lo esperado. La composición no deja lugar a dudas: el diferencial viene del choque de oferta energética asociado al conflicto en Oriente Medio y a la interrupción del tráfico de crudo por el estrecho de Ormuz. El Fondo Monetario Internacional tituló su informe de estabilidad de abril precisamente en torno a ese conflicto.

Conviven en realidad tres choques con la misma dirección y distinta naturaleza: i) un choque de oferta energética de origen bélico, ii) un choque de precios de importación de origen arancelario en reversión parcial, y iii) un choque de demanda sectorial vinculado a la inversión en infraestructura de computación que presiona sobre semiconductores y sobre la demanda eléctrica. Ninguno de los tres es un choque de demanda agregada clásico, y cada uno pediría una respuesta distinta. Éste es el motivo por el que la inflación subyacente, diseñada para filtrar ruido transitorio, está hoy filtrando un choque persistente cuya duración depende de una variable geopolítica.

La política monetaria refleja esa incomodidad. Tras tres recortes en 2025, la Reserva Federal mantuvo el tipo en el 3,50-3,75 % en julio, con tres miembros pidiendo subida. Las proyecciones de junio elevaron la subyacente prevista para el cuarto trimestre de 2026 del 2,7 % al 3,3 %. En Jackson Hole, el presidente Warsh dijo que al banco central le quedaba trabajo por hacer. Y tras el dato del 11 de septiembre, los futuros asignaban cerca de un 90 % de probabilidad a una subida en la reunión del 15 y 16 de septiembre.

El punto donde todo se anuda: la prima por plazo

Si hubiera que vigilar una sola variable, sería ésta: la prima por plazo. El bono a diez años rondaba el 4,96 % el 11 de septiembre, el bono de treinta años el 5,21 % a finales de agosto, y el bono de dos años el 4,36 % (datos diarios de la Reserva Federal). Una curva con pendiente positiva pronunciada en pleno ciclo de expectativas de subida es un fenómeno que requiere una explicación: si el mercado creyera que la subida resuelve el problema, el tramo largo descontaría tipos futuros más bajos. Lo que hay, más bien, es una prima por plazo elevada: la compensación que se exige por renunciar hoy y esperar una duración mayor.

Y esa prima recoge simultáneamente tres cosas: i) la oferta de papel que genera un déficit del 5,8 % del PIB, ii) el riesgo inflacionario del choque energético, y iii) una incertidumbre institucional sobre la autoridad monetaria que no es cuantificable pero tampoco despreciable. Sea cual sea su origen, el efecto es idéntico y circular: sube el tipo de interés implícito de la deuda federal, empeora el diferencial entre coste y crecimiento, se amplía el déficit público por la vía de los intereses, aumenta la emisión y vuelve a presionar la prima. No hace falta suponer pánico ni irracionalidad. Basta la aritmética operando sobre un stock del 101 % del producto interior bruto.

Pero, la Reserva Federal terminó en diciembre de 2025 la reducción de su balance, que había bajado de 8,93 a unos 6,6 billones, y empezó a comprar letras del Tesoro. Sin embargo, eso no es expansión cuantitativa. Son compras de gestión de reservas, deliberadamente concentradas en el tramo corto para no tocar los tipos largos. Confundirlas lleva a conclusiones erróneas sobre la orientación de la política. Lo que sí es cierto, y es otra cosa, es que el fin de la reducción retira del mercado una oferta neta de duración que hasta ahora absorbía el sector privado.

¿Queda algo más?

Las diez mayores compañías del S&P 500 pesan más del 41 % del índice y un tercio de sus beneficios, la inversión prevista de los grandes proveedores de infraestructura de computación ronda los 700.000 millones de dólares en 2026, y el Consejo de Estabilidad Financiera sitúa el crédito privado entre 1,5 y 2 billones advirtiendo de su capacidad de amplificación. Sin duda, esto es una concentración. Además, la elasticidad del crecimiento agregado respecto de un puñado de decisiones privadas de inversión ha aumentado, y los canales que conectan ese puñado con el resto del sistema se han multiplicado. La inversión no residencial creció un 8,5 % anualizado en el segundo trimestre mientras el PIB crecía un 1,5 % (datos del BEA). Esa diferencia dice bastante sobre de qué depende hoy el crecimiento estadounidense.

Nada de lo anterior implica que el ajuste sea inminente ni que deba llegar por vía de crisis. Estados Unidos dispone de un margen que ninguna otra economía avanzada tiene. Pero ese margen no elimina la restricción presupuestaria intertemporal: la desplaza en el tiempo y cambia el modo en que se manifiesta. La pregunta pertinente no es si habrá ajuste, sino a través de qué precio se hará, quién pagará la factura y con cuánta antelación lo habremos visto venir.

En esencia

▪    Los desequilibrios estadounidenses no se han corregido entre 2015 y 2026: se han desplazado del sector exterior al sector público, y de los flujos a los acervos y las valoraciones.

▪    El déficit federal está instalado en torno al 6 % del PIB en fase expansiva, con déficit primario decreciente e intereses netos crecientes. El deterioro futuro es una factura ya emitida, no un programa de gasto.

▪    La mejora de la posición exterior neta es puro efecto de valoración: seis billones de dólares en dos trimestres, frente a menos de medio billón de flujo de cuenta corriente.

▪    La tasa de paro ha perdido contenido informativo porque el empleo de equilibrio se ha desplomado de unos 250.000 a un intervalo próximo a cero, por el giro migratorio.

▪    La inflación subyacente filtra hoy un choque de oferta persistente de origen bélico, no ruido transitorio. Conviven tres choques y ninguno es de demanda agregada.

▪    La variable a vigilar es la prima por plazo: enlaza el desequilibrio fiscal, el nominal y el financiero en un circuito que se retroalimenta sin necesidad de suponer pánico.

▪    Precaución con la cifra de la economía en K: las fuentes primarias se contradicen y la Reserva Federal de Mineápolis ha documentado la discrepancia. El enunciado robusto es que el consumo depende cada vez más del patrimonio y menos del salario.

Nota sobre los datos

Las magnitudes presupuestarias de 2026 y posteriores son proyecciones de la Oficina Presupuestaria del Congreso condicionadas a legislación vigente en una fecha de corte, no observaciones. Las series exteriores, presupuestarias y de precios proceden de fuentes institucionales primarias enlazadas en el texto. Los datos de mercado (rendimientos, probabilidades implícitas, estimaciones de inversión empresarial futura y participación del decil superior en el consumo) proceden de casas de análisis o de medios financieros con posición potencial en los mercados descritos, y se señalan como tales. Las cifras anteriores a 2024 citadas sin enlace son aproximaciones del autor a partir de series históricas.

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Mercados de obligaciones internacionales: oferta récord, tensión en los rendimientos y divergencia franco-española

1. Resumen

  • El mercado global de obligaciones atraviesa una paradoja aparente: la demanda absoluta de deuda —soberana, corporativa tecnológica y bancaria— es históricamente alta (sobresuscripciones de 4 veces o más en emisiones investment grade, diferenciales AT1 en mínimos históricos), pero los rendimientos suben con fuerza porque la oferta crece todavía más deprisa.
  • El bono estadounidense a 30 años tocó el 18 de agosto su nivel más alto en 19 años (5,33 %, máximo desde junio de 2007); el de 10 años se sitúa en el 4,73 %, arrastrados por la persistencia inflacionaria, el choque petrolero derivado de la tensión con Irán y una oleada sin precedentes de emisión corporativa ligada a la inteligencia artificial.
  • La deuda pública de EE.UU. superó los 40 billones de dólares en agosto de 2026: el 124-126 % del PIB según la métrica empleada (IMF/CBO), con un déficit fiscal 2026 proyectado en el 5,8 % del PIB — cifras que verificamos en el apartado 8.4 frente a fuentes primarias (Tesoro, IMF, CBO).
  • En la eurozona, Francia paga ya la mayor prima de riesgo de su historia frente a España; el bono francés a 10 años roza el 4 %, nivel no visto desde 2008-2009, mientras el español se mantiene alrededor del 3,6 %.
  • España mantiene un diferencial favorable, con coste de financiación contenido y demanda robusta en las subastas del Tesoro; Francia arrastra fragilidad fiscal estructural e inestabilidad parlamentaria recurrente.
  • El riesgo de fondo no es una «crisis de demanda» sino una recalificación global del riesgo soberano y de la prima por plazo (term premium), visible simultáneamente en EE.UU., Japón, Francia y Alemania — un fenómeno estructural, no idiosincrático de un solo emisor.

2. Panorama global: oferta récord y demanda robusta que no da abasto

El movimiento de fondo del verano de 2026 combina varias fuerzas que operan en la misma dirección alcista sobre los tipos de largo plazo. La emisión corporativa estadounidense de agosto superó los 145.000 millones de dólares, un récord para ese mes, mientras que la emisión investment grade agregada para el conjunto del año se proyecta entre 1,8 y 2,25 billones de dólares. A ello, se suma la persistencia de riesgos inflacionarios, unos déficits públicos elevados en varias economías avanzadas y un choque energético: el Brent ronda los 90-95 dólares por barril, en un contexto de tensión con Irán que reaviva el temor a un nuevo shock de precios.

La consecuencia es una correlación entre bonos y acciones que, según analistas citados por la prensa financiera, es la más negativa desde 1997: el mercado de renta fija se está guiando más por las expectativas de inflación que por las de crecimiento, lo que penaliza especialmente a los tramos largos de la curva.

2.1 El factor tecnológico: la deuda de la Inteligencia Artificial

El elemento más novedoso de este ciclo es la irrupción de las grandes tecnológicas como emisores masivos de deuda investment grade. Amazon, Alphabet, Meta, Microsoft y Oracle (los hyperscalers) emitieron, en conjunto, en torno a 121.000 millones de dólares en bonos corporativos en 2025, más de cuatro veces su media anual de 2020-2024. En lo que va de 2026, esa cifra ya se sitúa entre 220.000 y 225.000 millones de dólares hasta mediados de agosto. JPMorgan ha elevado su previsión de emisión de deuda del sector tecnológico, medios y telecomunicaciones para el conjunto de 2026 hasta 540.000 millones de dólares.

Estas emisiones se caracterizan por plazos muy largos, coherentes con la vida útil multidecenal de los centros de datos, lo que añade duración al mercado en un momento en que los inversores ya lidian con una prima por plazo estructuralmente al alza. La demanda relativa sigue siendo sólida —sobresuscripciones frecuentes de 4 veces o más— y el apalancamiento post-emisión de los hyperscalers se mantiene bajo (0,4-0,7 veces EBITDA), lo que sostiene su calidad crediticia. Aun así, el propio volumen de la oferta actúa ya como factor autónomo de presión sobre los rendimientos.

No obstante, una parte creciente de esta financiación —estimada en torno a 800.000 millones de dólares para centros de datos— discurre por canales de crédito privado y estructuras fuera de balance, con menor transparencia que la deuda pública cotizada.

2.2 El factor bancario: apetito histórico por deuda subordinada

En paralelo, el mercado de deuda bancaria, en particular los bonos AT1 o CoCos, vive un momento de demanda extraordinaria. Los diferenciales del índice global de CoCos de Bloomberg se han estrechado hasta situarse cerca de su mínimo histórico, y bancos como Banco Santander o NatWest han colocado emisiones AT1 con opción de amortización a diez años, frente a los cinco habituales, para fijar su coste de capital durante una década. Este tipo de emisiones «non-call 10» representa ya una cuarta parte de las nuevas emisiones en divisas principales este año.

También el segmento de cédulas hipotecarias (covered bonds) refleja este apetito: las colocaciones recientes han cerrado con demanda de más de tres veces el importe adjudicado y diferenciales en mínimos de sus respectivos programas.

3. Zona euro: la divergencia franco-española

La tabla siguiente recoge las diferencias entre las economías europeas.

  Emisor soberanoRdto. 10 años (~18-22 ago 26)Prima vs Bund (pb)Contexto reciente
Alemania (Bund)Referencia («suelo»)—Rentabilidades en máximos desde 2011
España≈3,6 %Contenida; por debajo de Francia, ItaliaSindicación de enero 2026: demanda récord de 145.000 M€
Francia (OAT)≈3,9-4,0 %>30 pb sobre España (máx. histórico)Máximo desde 2008; crisis presupuestaria recurrente
Italia≈3,9 %Similar a Francia, pese a peor partida históricaMejoras de rating (Fitch, Moody’s, S&P) en 2025-26
EE.UU. (30 años)5,33 % (18 ago.)n/aMáximo desde junio 2007 (19 años); 10 años en 4,73 %

Elaboración propia a partir de fuentes citadas en el apartado 10. Los niveles de rendimiento son aproximados y corresponden a la sesión de referencia del 18-23 de agosto de 2026; el mercado de renta fija es dinámico.

3.1 Francia: prima de riesgo en máximos históricos frente a España

El bono francés a diez años ha llegado a rozar el 4 % de rentabilidad, un nivel no visto desde 2008-2009, y la prima de riesgo de Francia frente a España ha superado los 30 puntos básicos, un máximo histórico para ese diferencial. La causa es fundamentalmente fiscal y política: Francia arrastra un déficit estructural elevado y casi dos años de inestabilidad parlamentaria y gubernamental. El Gobierno de Sébastien Lecornu logró sacar adelante el presupuesto de 2026 recurriendo al artículo 49.3 de la Constitución, pero el objetivo de situar el déficit en el entorno del 5 % del PIB en 2026-2027 sigue siendo difícil de cumplir. Francia permanece bajo el procedimiento de déficit excesivo de la Unión Europea, lo que mantiene abierta la puerta a nuevas rebajas de calificación crediticia.

3.2 España: fundamentales que sostienen una prima contenida

España ha consolidado un «sorpasso» favorable frente a Francia: el bono español a diez años apenas ha sumado 60 puntos básicos desde finales de febrero de 2026, muy por debajo del repunte francés. El crecimiento económico interanual del 2,4 % en el primer trimestre, un déficit público del 3,1 % del PIB en 2025 con trayectoria descendente y el respaldo de la Comisión Europea a la senda de ajuste sostienen la confianza inversora. La sindicación del Tesoro de enero de 2026 alcanzó una demanda récord de 145.000 millones de euros.

4. Implicaciones para España

  • Coste de financiación soberana: prima de riesgo contenida frente a Francia e Italia, lo que abarata el coste marginal de emitir nueva deuda.
  • Sector bancario: el apetito extraordinario por deuda AT1 permite a entidades como Banco Santander fijar su coste de capital regulatorio a diez años en condiciones muy favorables, una circunstancia que, en modo alguno, debe considerarse como permanente.
  • Riesgo de contagio: un episodio de estrés en los Treasuries o en el Bund alemán se trasladaría, con menor intensidad a la deuda española; pero, no debe olvidarse que la traslación será real.
  • Vulnerabilidad estructural: el diferencial favorable frente a Francia es en parte un fenómeno relativo (Francia empeora más rápido de lo que España mejora) y, en absoluto, no debe interpretarse como inmunidad.

5. Implicaciones para Francia

  • Coste de financiación estructuralmente más caro, con deuda pública que supera ampliamente el 110 % del PIB y efecto bola de nieve sobre el déficit.
  • Riesgo político persistente: presupuesto 2026 aprobado sin mayoría real; elecciones municipales de marzo 2026 y presidenciales de 2027 mantienen la incertidumbre fiscal abierta.
  • Riesgo de rating bajo el procedimiento de déficit excesivo de la UE.
  • Los emisores franceses probablemente paguen una prima idiosincrásica creciente frente a comparables alemanes o españoles.

6. El mercado de deuda de EE.UU. La intervención del Tesoro y el papel de la Fed

Esta sección amplía la nota con varios elementos que conectan el episodio estadounidense de agosto de 2026 con el marco analítico ya desarrollado (canal de prima por plazo, distinción QT activo/pasivo, agenda estructural de Warsh): (i) la naturaleza exacta de la intervención del Tesoro; (ii) la línea de swap con el Banco de Japón; (iii) la cuestión de independencia de la Fed que se desprende de las expectativas del mercado sobre Jackson Hole; y (iv) el mecanismo contable concreto de financiación de las recompras.

6.1 Recompras del Tesoro: gestión de deuda, no política monetaria

El 20 de agosto el Tesoro estadounidense anunció que duplicaría el ritmo de sus recompras (buybacks) de deuda de largo plazo, apenas dos semanas después de haber fijado los objetivos trimestrales para esa misma operación. El movimiento sorprendió al mercado y produjo un descenso inmediato, pero limitado y reversible, de los tipos largos.

Conviene clasificar esta medida con precisión dentro de la taxonomía que ya usamos para distinguir actores y mandatos en el mercado de deuda soberana: la decisión no la toma el FOMC ni responde a un objetivo de política monetaria (inflación, empleo), sino a la gestión operativa de la cartera de deuda del Tesoro; con una función de suavizar la curva de rendimientos y facilitar la liquidez secundaria, no endurecer o relajar las condiciones financieras agregadas. Es, en sentido estricto, política de gestión de deuda (debt management), competencia fiscal, no monetaria.

Actor / instrumentoNaturaleza de la decisiónEjemplo en este episodio (ago. 2026)
Reserva Federal (FOMC)Política monetaria: QT activo/pasivo sobre su propio balanceRégimen de «reservas amplias» desde dic. 2025; sin QT activo declarado
Tesoro de EE.UU. (Bessent)Gestión de deuda / política fiscal: composición de la emisión, no su volumen agregadoDuplicación de recompras (buybacks) de deuda de largo plazo, anunciada sin previo aviso
Banco de Japón (vía swap line)Gestión de reservas extranjeras de un tercer país, facilitada por EE.UU.Línea de financiación en dólares para evitar venta de Treasuries al defender el yen

Esta distinción explica por qué el efecto ha sido efímero: el volumen de las nuevas recompras es inferior al de una subasta estándar del Tesoro, y las operaciones se financian emitiendo más deuda a corto plazo; es decir, no reducen la duración agregada en manos del mercado, solo la recomponen. Bajo el canal de prima por plazo que veníamos desarrollando, una intervención que no reduce la oferta neta de duración no puede comprimir de forma sostenida esa prima; de ahí que los tipos largos hayan vuelto a acercarse a los máximos previos al anuncio en cuestión de días. El mercado (Edmond de Rothschild, ING, Muzinich) ha leído la medida sobre todo como señal política de que Washington vigila el mercado de bonos, más que como palanca con capacidad de alterar de forma duradera los rendimientos.

La predicción se confirmó con un margen mayor del esperado: según datos de rendimiento de la Reserva Federal, el 30 años revirtió la totalidad del repunte inicial del anuncio del 19 de agosto en apenas 48 horas, antes incluso de que se ejecutara una sola operación de compra. El propio mecanismo duración-neutral que describimos explica el sentido del movimiento, pero de manera incompleta la velocidad: el mercado no se limitó a descontar la magnitud técnica limitada de la medida, sino que la interpretó directamente como intento de gestión de precios más que de liquidez, anticipando su ineficacia antes de que hubiera datos que la mostraran.

A esta lectura mecanicista se suma una crítica de Economía política que la complementa sin sustituirla: Stanley Druckenmiller (antiguo mentor de Bessent en el Quantum Fund de Soros) publicó el 25 de agosto un artículo de opinión en The Wall Street Journal calificando la medida de «gestión de precios» y no de gestión de liquidez, y advirtiendo de que «los gobiernos que defienden precios contrarios a los fundamentales siempre pierden». Su argumento retoma la doctrina del bond vigilante (acuñada por Ed Yardeni a principios de los ochenta y popularizada durante el episodio Clinton de 1993-94): el rendimiento del bono largo funciona como disciplinador presupuestario sustitutivo cuando la disciplina electoral o institucional falla. El matiz más relevante de su intervención no es el tópico habitual («el mercado está castigando el déficit»), sino más específico: con el 10 años cerca del crecimiento nominal, las condiciones financieras eran neutras, no restrictivas; el mercado apenas empezaba a ejercer esa función disciplinadora cuando el Tesoro intervino para acallarla, antes incluso de que se manifestara plenamente.

6.2 La línea de swap con el Banco de Japón: gestión de reservas extranjeras, no intervención cambiaria directa

A principios de agosto, y en el marco del acuerdo comercial con Japón, Bessent pactó una línea de financiación para que el Banco de Japón pueda defender el yen sin tener que vender Treasuries de su cartera de reservas. Encaja en la tercera categoría de nuestra taxonomía: es una decisión que EE.UU. facilita, pero que responde a la política de gestión de reservas de un tercer país, no a su propia política monetaria ni a intervención cambiaria bilateral directa sobre el yen.

El objetivo declarado es preventivo: Japón es uno de los mayores tenedores extranjeros de deuda estadounidense (en torno a 1,1 billones de dólares, aproximadamente el 12 % de las tenencias extranjeras totales a junio de 2026), y una venta de Treasuries por parte del BoJ para intervenir en el mercado de divisas actuaría, desde la perspectiva de EE.UU., como un choque de demanda externo negativo sobre su propio mercado de deuda. La swap line neutraliza ese canal de contagio sin que la Fed tenga que intervenir.

6.3 El mecanismo TGA: cómo se financian las recompras sin emisión neta inmediata

El apartado 8.1 explica por qué las recompras no comprimen de forma sostenida la prima por plazo: se financian con emisión de corto plazo, de modo que no reducen la duración agregada en manos del mercado. Conviene precisar el canal contable concreto que hace posible esa operación sin emisión neta inmediata.

El Tesoro mantiene en la Reserva Federal una cuenta corriente, la Treasury General Account (TGA), con un saldo cercano a un billón de dólares en agosto de 2026. Cuando el Tesoro utiliza el TGA para recomprar deuda de largo plazo en manos privadas, el saldo de esa cuenta, un pasivo de la Fed, disminuye en la misma cuantía en que aumentan las reservas bancarias, otro pasivo de la Fed. No hay creación neta de base monetaria: es una permuta entre dos pasivos del banco central, no una expansión de su balance. El efecto de liquidez sobre el sistema bancario es, sin embargo, real e inmediato: efectivo hasta entonces inmovilizado en la cuenta del Tesoro pasa a formar parte de las reservas del sistema.

Esta permuta de pasivos explica un efecto colateral que el análisis puramente centrado en la prima por plazo no captura por sí solo: para un banco que vende al Tesoro un bono largo, la operación sustituye en su balance un activo sensible a tipos por reservas líquidas en la Fed, reduciendo su riesgo de duración en el mismo momento en que aumenta su liquidez. Es un canal de transferencia de riesgo hacia el balance público, no de compresión de rendimientos; y, la medida opera sobre la distribución del riesgo de duración en el sistema, no sobre su volumen agregado ni, de forma sostenida, sobre su precio.

Aviso: este documento tiene finalidad informativa y de análisis de mercado; no constituye asesoramiento financiero, jurídico ni recomendación de inversión personalizada. Los niveles de rentabilidad y prima de riesgo citados corresponden a las fechas de referencia indicadas y están sujetos a variación diaria. El autor de esta nota no es un asesor financiero registrado.

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Cuando el Tesoro hace de banco central: la transmisión de las intervenciones de deuda pública a las hipotecas y al crédito empresarial

Cuando un hogar estadounidense pregunta hoy por qué su hipoteca a 30 años cuesta 6,77 % o una empresa mediana por qué su línea de crédito sindicado se encarece, la respuesta intuitiva suele apuntar a la Reserva Federal. Es una respuesta incompleta. Desde el verano de 2026, el Departamento del Tesoro, y no el banco central, se ha convertido en un actor activo y visible en la formación de los tipos de interés de largo plazo, mediante un programa ampliado de recompras de deuda (buybacks), una gestión inusualmente agresiva de su cuenta en la Reserva Federal (la Treasury General Account, TGA) y decisiones de composición de emisión que alteran la cantidad de duración que el sector privado debe absorber.

Apoyándose en el aparato conceptual de la Economía monetaria y de la estructura temporal de tipos de interés, se desarrolla a continuación una explicación de cómo estas decisiones del Tesoro se transmiten, siempre con distinta intensidad y por canales distintos, al tipo hipotecario y al coste del crédito empresarial. La tesis central es sencilla de enunciar y más compleja de verificar empíricamente: el Tesoro está ensayando, con instrumentos de gestión de deuda, algo que se parece funcionalmente a una operación de banca central, y los mercados, hasta ahora, se muestran solo parcialmente convencidos de su eficacia.

1. El armazón conceptual: cómo se fija el precio del crédito privado

Prácticamente todo instrumento de crédito en dólares se descompone, a efectos de pricing, en dos bloques:

tipo de interés del crédito privado = tipo de referencia libre de riesgo + prima (spread)

El primer bloque, el tipo libre de riesgo, se ancla en la curva de rendimientos del Tesoro estadounidense. La literatura de estructura temporal de tipos de interés descompone a su vez ese rendimiento en dos componentes:

rendimiento a n años ≈ expectativa media del tipo de corto plazo durante n años + prima por plazo (term premium)

El primer componente del rendimiento libre (en parte) de riesgo refleja la trayectoria esperada de la política monetaria de la Reserva Federal. El segundo, la prima por plazo, es la compensación que exige el inversor por mantener duración, y depende de factores de oferta y demanda de activos seguros: cuánta deuda de largo plazo debe absorber el sector privado, cuán líquida es esa deuda, y cuánta incertidumbre fiscal incorpora el mercado. Los modelos de “preferred habitat” (Vayanos y Vila, 2009; Greenwood y Vayanos, 2014) y el trabajo de Krishnamurthy y Vissing-Jorgensen (2012) sobre la demanda agregada de deuda del Tesoro establecen un resultado importante en este análisis: la composición y el volumen de la emisión neta de deuda pública no son neutrales para el nivel de los tipos de largo plazo, incluso aunque se mantuviese constante la trayectoria esperada de tipos de corto plazo de la Fed. El modelo ACM (Adrian, Crump y Moench, 2013) de la Fed de Nueva York es la referencia estándar para descomponer empíricamente ambos componentes.

Esto es lo que hace relevante, y no meramente anecdótico, que el Tesoro (el emisor, no el banco central) esté interviniendo activamente sobre la oferta neta de duración.

2. Qué está haciendo el Tesoro ahora mismo

El 5 de agosto de 2026, el Tesoro publicó su anuncio trimestral de refinanciación (Quarterly Refunding Announcement, QRA). Ofreció 125.000 millones de dólares en valores para refinanciar aproximadamente 96.300 millones en vencimientos, captando unos 28.700 millones de dólares de caja nueva del sector privado, con tamaños de subasta sin cambios: 58.000 millones a 3 años, 42.000 millones a 10 años y 25.000 millones en bonos a 30 años[1]. La estrategia declarada sigue privilegiando la financiación mediante letras del Tesoro (T-bills) de corto plazo: la emisión de letras a 4 semanas promedia en 2026, unos 94.000 millones de dólares por subasta, frente a 47.000 millones en 2016, consolidándose como el mayor instrumento de financiación del Tesoro en términos de volumen[2].

Lo verdaderamente novedoso ocurrió a mediados de agosto. Tras un repunte de los rendimientos de largo plazo (el bono a 30 años llegó a tocar 5,23 %, su nivel más alto desde 2007), el secretario Bessent anunció una ampliación sustancial del programa de recompras de bonos “off-the-run” (emisiones antiguas, menos líquidas) en el tramo largo, duplicando el tamaño mínimo de cada operación de 2.000 a al menos 4.000 millones de dólares, con operaciones de mayor tamaño en el tramo de 10 a 30 años a partir del 9-10 de septiembre[3]. Bessent bautizó la operación como “Treasury Twist”, en referencia deliberada a la Operation Twist de la Reserva Federal de 2011: comprar duración larga pagando con instrumentos de corto plazo, con el objetivo de aplanar la curva y comprimir los rendimientos largos sin necesariamente ampliar la emisión neta total.

El elemento más significativo, sin embargo, es cómo se está financiando esa operación. En lugar de anunciar más emisión de letras para pagar las recompras (lo que habría sido fiscalmente neutral en términos de duración neta absorbida por el mercado), el Tesoro ha dejado abierta la posibilidad de financiarlas con cargo a su saldo en la TGA, que se situaba en torno a 935.000-967.000 millones de dólares a finales de agosto, cifra que prácticamente duplica el objetivo declarado durante la administración anterior (550.000-600.000 millones)[4][5]. Si las recompras se financian con caja ya acumulada en lugar de con nueva emisión, la operación se acerca más a una verdadera contracción de la duración neta ofrecida al mercado (el equivalente fiscal de una intervención de banco central) que a una simple recomposición de la cartera de deuda existente.

3. El canal hacia el tipo hipotecario

El tipo hipotecario fijo a 30 años en Estados Unidos se fija, en la práctica, como el rendimiento del bono del Tesoro a 10 años más un diferencial (“spread primario-secundario”) que compensa el riesgo de prepago, la comisión de garantía y el margen del originador, y que depende de la liquidez del mercado de MBS de agencia (TBA). Este diferencial ha oscilado históricamente en torno a 150 puntos básicos en condiciones normales, pero se sitúa actualmente cerca de 190-200 puntos básicos, ésta es una cifra elevada respecto al patrón de largo plazo, pero muy próxima a su propia media de los últimos doce meses[6][7]. Esto es analíticamente importante: significa que el diferencial no está ampliándose por factores idiosincráticos del mercado hipotecario (tensión de liquidez, riesgo de prepago anómalo), sino que se mantiene estable, por lo que casi la totalidad del movimiento reciente del tipo hipotecario es traslación directa del movimiento del rendimiento a 10 años, no una prima adicional propia del segmento hipotecario.

Con el 10 años cerrando en torno a 4,78-4,80 % a principios de septiembre de 2026 y el tipo hipotecario fijo a 30 años en 6,74-6,77 %[8][9], la implicación es directa: si el Treasury Twist logra comprimir de forma sostenida el rendimiento a 10-30 años, el tipo hipotecario debería seguirlo de manera casi mecánica, dado que el spread no está mostrando tensión propia. Si, por el contrario, la operación no logra anclar expectativas de forma duradera, el tipo hipotecario seguirá cotizando esencialmente la trayectoria fiscal y de inflación que ya incorpora el 10 años, con independencia de las recompras.

Aquí conviene una precisión, en línea con la disciplina de distinguir instrumentos: ésta es una intervención del Tesoro sobre la oferta de duración soberana, distinta y separable de la política de reducción de balance de la Reserva Federal (QT) sobre su propia cartera de MBS de agencia, que opera por un canal de escasez específico sobre ese activo y que responde a la agenda (hasta el presente  predominantemente retórica) del presidente Warsh. Ambos factores presionan en la misma dirección general sobre el tipo hipotecario, pero por mecanismos distintos: uno actúa sobre la prima por plazo del activo libre de riesgo; el otro, sobre la prima de escasez específica del MBS.

4. El canal hacia el crédito empresarial

Aquí es necesario separar dos universos de financiación corporativa que responden a mecanismos distintos.

Bonos corporativos a tipo fijo (investment grade y high yield). Se valoran como el rendimiento del Tesoro de vencimiento comparable más un diferencial de crédito (option-adjusted spread, OAS), que compensa riesgo de impago, liquidez y, en menor medida, riesgo de tipo de interés residual. Si el Treasury Twist comprime el tramo largo de la curva soberana, el componente libre de riesgo de estos bonos baja en la misma magnitud; el diferencial de crédito, en cambio, no responde directamente a la gestión de deuda del Tesoro, sino a las condiciones idiosincráticas de solvencia corporativa y al apetito de riesgo agregado. La transmisión aquí es, por tanto, parcial y mecánica: solo afecta al primer bloque de la ecuación de pricing, no al segundo.

Crédito a tipo variable (préstamos sindicados, líneas bancarias, pagarés de empresa). Se fijan típicamente como SOFR más un diferencial. El SOFR es un tipo de repo garantizado con colateral del Tesoro, y su nivel depende de la abundancia o escasez de reservas bancarias y colateral disponible en el sistema. Y es precisamente aquí donde la gestión de la TGA, y no las recompras, se vuelve relevante. Cuando el Tesoro mantiene un saldo de caja inusualmente elevado en su cuenta de la Reserva Federal, esos fondos quedan retenidos como depósitos del Tesoro en lugar de recircular como reservas del sistema bancario; en igualdad de condiciones, esto drena reservas agregadas, tal y como describe el marco de análisis del propio sistema de la Reserva Federal para las fluctuaciones de la TGA (Vissing-Jorgensen, FEDS Notes, 2025)[10]. Un saldo de TGA que casi duplica el objetivo histórico (y que, según fuentes del propio Tesoro, se ha ido construyendo de forma deliberada para poder financiar las recompras sin emitir deuda adicional) constituye, en términos de balance agregado del sistema, un drenaje de reservas mayor y más persistente de lo habitual.

Bajo el régimen actual de “reservas amplias” de la Reserva Federal, ese drenaje se absorbe primero contra los saldos de la facilidad de recompra inversa a un día (ON RRP) antes de tocar reservas bancarias propiamente dichas; esto supone una amortiguación de la presión sobre el SOFR, pero en absoluto una eliminación de la misma. El canal se vuelve más apremiante en la medida en que los saldos de ON RRP se aproximen a su agotamiento, momento en el que el drenaje empezaría a transmitirse con mayor intensidad a reservas y, por tanto, a los tipos de repo de los que depende el SOFR.

En esencia, el crédito corporativo a tipo fijo se beneficia (o se perjudica) del Twist casi exclusivamente a través del tramo largo de la curva soberana; el crédito a tipo variable queda expuesto, además, a la gestión de caja del Tesoro a través del canal de reservas. Este es un mecanismo que hasta ahora se asociaba casi en exclusiva con el balance de la Reserva Federal, y que ahora comparte, de facto, con la autoridad fiscal.

5. Síntesis y cautelas empíricas

Dos precisiones son necesarias antes de sacar conclusiones normativas.

Primera: la reacción del mercado al anuncio de recompras ampliadas de agosto fue ambivalente: un repunte inicial de los precios de los bonos seguido de una reversión parcial cuando los analistas cuestionaron si la “potencia de fuego” anunciada era real[11]. Esta tibieza es coherente con la literatura empírica sobre operaciones de gestión de duración: las estimaciones del efecto de la Operation Twist de la Fed de 2011 sobre el rendimiento a 10 años se sitúan, según distintos estudios (D’Amico y King, 2013), en un rango modesto de apenas 10-20 puntos básicos. No hay razón a priori para esperar que una operación de tamaño más reducido, ejecutada por el Tesoro y no por el banco central, logre un efecto mayor sobre una curva presionada al alza por un déficit estructural persistente.

Segunda: drenar la TGA para financiar recompras reduce el colchón de caja disponible antes del próximo enfrentamiento por el techo de deuda, que distintas estimaciones sitúan en torno al invierno de 2026 o principios de 2027[12]. Si ese colchón se agota y obliga a “medidas extraordinarias”, la dinámica de reservas podría revertirse abruptamente, con efectos ambiguos sobre el SOFR y, por extensión, sobre el crédito corporativo a tipo variable.

De este conjunto, se desprende una observación de Economía política tan relevante como el mismo mecanismo técnico: el Tesoro está ejerciendo, con instrumentos de gestión de deuda, una influencia sobre la prima por plazo (tramo largo) y sobre las condiciones de reservas (tramo corto) que tradicionalmente correspondía a la política monetaria. Esto no equivale a dominancia fiscal en el sentido estricto del término puesto que no hay monetización directa ni renuncia explícita del objetivo de inflación por parte de la Fed, pero sí constituye una forma de intervención cuantitativa sobre la curva ejercida por la autoridad fiscal, cuyos efectos sobre el coste del crédito de los hogares y las empresas conviene distinguir cuidadosamente de los que emanan, en paralelo, del propio balance de la Reserva Federal.

Referencias

Fuentes primarias e institucionales (2026)

[1] U.S. Department of the Treasury, “Quarterly Refunding Statement of Deputy Assistant Secretary for Federal Finance Brian Smith”, 5 de agosto de 2026. home.treasury.gov/news/press-releases/sb0590

[2] Peter G. Peterson Foundation, “News from the Quarterly Treasury Refunding Statement”, julio de 2026. pgpf.org/article/news-from-the-quarterly-treasury-refunding-statement/

[3] CNBC, “Bessent could tap near $1 trillion Treasury General Account to fund bond buybacks, sources said”, 24 de agosto de 2026. cnbc.com/2026/08/24/bessent-1-trillion-treasury-general-account-bond-buybacks.html

[4] Advisor Perspectives / CNBC, “Bessent Eyes Treasury Cashpile for Debt Buybacks”, agosto de 2026. advisorperspectives.com/articles/2026/08/24/bessent-eyes-treasury-cashpile-debt-buybacks

[5] 24/7 Wall St., “Bessent Quietly Built a $950 Billion War Chest Sitting In An Account At The Fed”, agosto de 2026. 247wallst.com

[6] HousingWire, “30-Year Mortgage vs 10-Year Treasury Spread”. housingwire.com/30-year-mortgage-vs-10-year-treasury-spread/

[7] MortgageDaily, “Mortgage Rate Forecast: Week of September 7-11, 2026”. mortgagedaily.com/mortgage-rate-forecast/week-of-september-7-2026/

[8] MortgageDaily, “Mortgage Rates Today: 30-Year 6.77%  Sep 9, 2026”. mortgagedaily.com/rates/mortgage-rates-today-2026-09-09/

[9] StreetStats, “Mortgage Rates”. streetstats.finance/rates/mortgages

[10] Annette Vissing-Jorgensen, “Fluctuations in the Treasury General Account and their effect on the Fed’s balance sheet”, FEDS Notes, Federal Reserve Board, 6 de agosto de 2025. federalreserve.gov/econres/notes/feds-notes/fluctuations-in-the-treasury-general-account-and-their-effect-on-the-feds-balance-sheet-20250806.html

[11] 24/7 Wall St. / Yahoo Finance, cobertura de la reacción de mercado al anuncio de recompras, agosto de 2026 (véanse notas 4-5).

[12] CNBC / 24/7 Wall St., estimaciones sobre el techo de deuda, agosto de 2026 (véanse notas 3, 5).

Literatura académica de referencia

  • Adrian, T., Crump, R. K., y Moench, E. (2013). “Pricing the Term Structure with Linear Regressions.” Journal of Financial Economics, 110(1), 110-138.
  • Bernanke, B. (2015). “Why are interest rates so low, part 4: Term premiums.” Brookings Institution, Ben Bernanke’s Blog.
  • D’Amico, S., y King, T. B. (2013). “Flow and stock effects of large-scale treasury purchases: Evidence on the importance of local supply.” Journal of Financial Economics, 108(2), 425-448.
  • Greenwood, R., y Vayanos, D. (2014). “Bond Supply and Excess Bond Returns.” Review of Financial Studies, 27(3), 663-713.
  • Hancock, D., y Passmore, W. (2011). “Did the Federal Reserve’s MBS purchase program lower mortgage rates?” Journal of Monetary Economics, 58(5), 498-514.
  • Krishnamurthy, A., y Vissing-Jorgensen, A. (2012). “The Aggregate Demand for Treasury Debt.” Journal of Political Economy, 120(2), 233-267.
  • Vayanos, D., y Vila, J.-L. (2009/2021). “A Preferred-Habitat Model of the Term Structure of Interest Rates.” Review of Economic Studies, 88(1), 77.
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2026: el año en que el ciclo económico se partió

Elies Furió Blasco & Matilde Alonso Pérez (Université de Lyon)

Si algo define la coyuntura de 2026 es que ya no tiene sentido hablar de «el» ciclo económico mundial: hay, como mínimo, tres evoluciones diferentes de ciclo económico avanzando en paralelo. Estados Unidos y España crecen con fuerza (aunque su interconexión es otra cosa), el núcleo de la eurozona apenas se mueve, y China gestiona, con más orden del que sugieren los titulares, una desaceleración que ya dura varios trimestres. Esta entrada incorpora algo de instrumental teórico, gráficos y una mirada más de cerca a Francia, la política comercial estadounidense, la transición energética y la letra pequeña de la inversión en Inteligencia Artificial.

Un poco de teoría, sin fórmulas

Dos ideas ayudan a ordenar todo lo que sigue. La primera es la brecha de producción: la diferencia entre lo que una economía produce y lo que podría producir de forma sostenible sin generar inflación creciente. Una economía con brecha positiva (como parecen tener hoy Estados Unidos o España) tira de precios al alza; una con brecha negativa o con crecimiento potencial deprimido (como Alemania, que apenas ha crecido desde 2019) tiene margen ocioso. La segunda idea es la distinción entre choques de oferta y de demanda: un choque de oferta adverso, como el petróleo por la guerra con Irán, sube los precios y baja la producción a la vez (la temida combinación estanflacionaria); un choque de inversión, como el de la Inteligencia Artificial o el de la transición energética, tira primero de la demanda, y sólo más adelante, si cuaja, empuja también la oferta vía productividad. Con estas dos ideas en mente, el resto de la entrada se entiende mejor.

El contraste que más llama la atención

Entre el primer y el segundo trimestre de 2026, Alemania pasó de crecer un 0,4 % a un 0,2 % intertrimestral, Italia hizo lo mismo (de 0,3 % a 0,2 %) y Francia directamente se quedó plana. Mientras tanto, España aceleró de un ya notable 0,6 % a un 0,7 %, con un crecimiento interanual del 2,7 %, muy por encima de la media de la eurozona. La propia OCDE atribuye la moderación alemana e italiana a factores de demanda interna, mientras que el INE destaca que España encadena ya veinticuatro trimestres consecutivos de crecimiento intertrimestral positivo, apoyada en el consumo de los hogares y la inversión en construcción.

PIB real, variación intertrimestral. Alemania, Francia, Italia y España. Fuentes: OCDE e INE.

Estados Unidos: aranceles, estímulo y una Fed que afloja

El caso estadounidense merece un vistazo aparte. El FMI calcula que los aranceles, que han disparado el arancel medio efectivo del 2,5 % a más del 15 % (el más alto desde la Segunda Guerra Mundial), funcionan como el libro de texto predice de un choque de oferta: algo más de inflación, algo menos de producto. Lo llamativo es que el crecimiento no se ha resentido: la ley fiscal conocida como One Big Beautiful Bill y la relajación de tipos de la Reserva Federal han compensado ese lastre, y el FMI señala además un crecimiento de la productividad amplio y robusto como sostén adicional. El Reino Unido, por su parte, aceleró del 0,2 % al 0,6 % intertrimestral entre el cuarto trimestre de 2025 y el primero de 2026, para moderarse de nuevo al 0,4 % en el segundo.

PIB real, variación intertrimestral. Estados Unidos y Reino Unido. Fuentes: OCDE y ONS.

Francia: por qué el mercado se encoge de hombros ante las rebajas

Desde septiembre de 2025, Fitch y S&P han rebajado la calificación de Francia, y aun así el diferencial entre la deuda francesa y la alemana a diez años se mueve en una banda de 65 a 85 puntos básicos (83,6 puntos básicos el 21 de agosto de 2026), muy lejos de los más de 225 puntos que llegó a alcanzar en la crisis de 2011. La explicación es tan técnica como reveladora: la regulación bancaria europea solo endurece de verdad los requisitos de capital cuando una rebaja cruza un umbral determinado (un «escalón de calidad crediticia»), y el mercado ya había anticipado buena parte del movimiento.

Lo más incómodo, sin embargo, no es el mercado, sino la aritmética de la sostenibilidad de la deuda. Francia mantiene un déficit primario cercano al 3,4 % del PIB hasta 2030, mientras que Italia, con una deuda mucho más alta en proporción al PIB (en torno al 135-139 %, frente a unos veinte puntos menos en Francia), ya se acerca al superávit primario necesario para estabilizar la suya. El nivel de deuda importa, pero la trayectoria y la voluntad de corregirla importan más. Y el cortafuegos del BCE, el Instrumento de Protección de la Transmisión, tiene una trampa de diseño para el caso francés: solo se activa si el ensanchamiento del diferencial no está justificado por el deterioro de los propios fundamentos fiscales, precisamente lo que le está ocurriendo a Francia.

China: desaceleración, no colapso

China creció un 4,3 % interanual en el segundo trimestre, frente al 5,0 % del primero: el ritmo más flojo desde mediados de 2024. La Oficina Nacional de Estadísticas señala que la construcción y la inversión privada siguen lastradas por el largo ajuste inmobiliario, mientras que las manufacturas y las exportaciones sostienen la actividad. Pekín ya ha reaccionado con un objetivo de déficit fiscal cercano al 4 % del PIB para este año. Japón, mientras tanto, sigue siendo el más irregular del grupo: repuntó al 0,5 % intertrimestral en el primer trimestre de 2026 y volvió a moderarse al 0,3 % en el segundo, con el consumo privado estancado.

PIB real, variación intertrimestral. China y Japón. Fuentes: NBS de China y OCDE.

La transición energética: el otro ciclo de inversión del que se habla menos

Junto al petróleo y la Inteligencia Artificial, hay un tercer factor que rara vez comparte titulares: la inversión mundial en energía limpia supera ya, por segundo año consecutivo, a la inversión en combustibles fósiles, y la Unión Europea aumentó su gasto en transición energética un 18 % en 2025. El Foro Económico Mundial apunta que en 2026 esta transición se plantea cada vez más como una carrera de política industrial y competitividad (baterías, hidrógeno, redes eléctricas), que como una cuestión estrictamente climática, con China invirtiendo casi tanto como Estados Unidos y la Unión Europea juntos. En España, de hecho, el despliegue renovable figura entre los factores que sostienen la fortaleza de la inversión: es, en la práctica, otro motor de demanda dentro del ciclo actual.

IA: ¿ya hay productividad, o todavía es solo inversión?

Aquí conviene ser precisos. Un estudio de la Reserva Federal de Kansas City muestra que la productividad laboral estadounidense lleva por encima de su tendencia pre-pandemia desde 2022, justo cuando despegó la IA generativa, aunque los propios autores describen esa relación como sugerente, no probada. El dato más fino llega de los datos oficiales de productividad del primer trimestre de 2026: mientras la producción por hora trabajada sigue acelerando, la productividad total de los factores (la que mide eficiencia real, no solo más capital) se desaceleró del 1,5 % al 0,8 % entre 2024 y 2025. Traducido: las empresas están invirtiendo mucho en IA, y eso ya empuja algo la productividad laboral, pero la ganancia de eficiencia genuina, la que hablaría de una mejora de competitividad duradera, todavía no se distingue con claridad en los datos agregados. En 2026, con lo que sabemos hoy, la IA sigue siendo sobre todo una historia de inversión.

¿Y ahora qué?

Quedan más preguntas abiertas que certezas: si la brecha entre inversión y productividad de la IA se cierra con una aceleración real de la eficiencia o con una corrección de expectativas; si el ciclo inversor de la transición energética amortiguará futuros choques petroleros o si la dependencia fósil de corto plazo limita ese efecto; si la disciplina fiscal que hoy exhibe Italia frente a Francia aguanta políticamente; y si el estancamiento franco-alemán es ya estructural o solo un fenómeno cíclico ligado a los costes energéticos. En buena medida, el hilo conductor sigue siendo el mismo: la disciplina fiscal y la composición del crecimiento, más o menos dependiente de la demanda interna, están marcando, más que nunca, quién crece y quién no dentro de Europa.

Nota: los datos de 2026 citados en esta entrada son provisionales («avance») y están sujetos a revisión por los institutos de estadística nacionales. Fuentes: OCDE, INE, NBS de China, FMI, ONS/House of Commons Library, Reserva Federal de Kansas City, Indeed Hiring Lab, Foro Económico Mundial y Consejo de la Unión Europea (consultadas en septiembre de 2026).

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